miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario

¿Realismo o claudicación?

Si realismo significa aceptar como un dogma de fe el desastre tramado por el neoliberalismo para hacerse el amo del cotarro, hay que dejar urgentemente de ser "realistas" en esa cuerda, so pena de acabar como esclavos del poder financiero y pseudopolítico.

Si claudicación significa renunciar a la vía de los derechos y la justicia en favor de un régimen inhumano, es una obligación ética y cívica oponerse con todos los medios y energía a tal desbarate de la democracia y del Estado de Derecho que nos deja a merced de los mercaderes de la indecencia.

Es de una cobardía y de una estupidez supinas obedecer ciegamente a quienes están poniendo la soga en el cuello de los ciudadanos y tragarse veredictos lapidarios como el de Holanda, que de verdad socialdemócrata tiene lo que Rajoy de excepcional, Rita Barberá de honesta y transparente, Cospedal de admirable y Ana Botella de inteligente. Nada.

Lo que falla no son los dineros ni las finanzas; falla la ética y la actitud de la izquierda social, que se ha cambiado de bando , que no se ha ocupado ni se ocupa de educar la conciencia de los ciudadanos ni de funcionar cumpliendo con su deber de defender a las clases más necesitadas. No se mueve. Se ha acomodado. No es capaz de soltarse del enredo al que considera "institucional" y muy respetable, cuando se está demostrando que es un enjuague descarado de la ambición depredadora y no un rien ne va plus del sistema, que por cierto, está en quiebra precisamente porque se ha diseñado que así sea. ¿Cómo es posible que teniendo recursos de sobra, preparación y herramientas de todo tipo, un país que funciona, de la noche a la mañana deje de funcionar porque así lo decidieron las agencias de rating del otro lado del Atlántico, a las que hasta Obama ha declarado fuera de la legalidad? ¿Cómo es posible aceptar que un Banco de España se arruine financiando una banca que deberia estar procesada en pleno por choriza? ¿Cómo es posible que estando al borde del precipicio se pierdan 37.000 millones de euros, no en la banca sino en el Estado y que se gaste una fortuna en el fiasco del cuento de la lechera olímpica?

Seguramente esto no es sólo una desgracia como parece, sino el fin de todo un mundo de absurdos que deben caer para que la sociedad vea lo que hay, quienes la dirigen y hacia qué desastre la llevan.Y que ella sea por fin la que tome las riendas instituyendo otra forma de Estados y de vínculos. Donde ciudadanos y representantes estén trabajando juntos y al mismo nivel, sólo que en puestos diversos. La participación, la exigencia, la responsabilidad compartida, el rendir cuentas, el escrupuloso respeto a lo pactado entre ciudadanos y gestores. Y la recuperación del sentido de legalidad, pasando por legitimidad y la licitud. Por el filtro aséptico e imprescindible de la conciencia. Otro mundo. Otro nivel.

 

 

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