lunes, 30 de septiembre de 2013

A Tula

Una llamada llega en el correo.
Reclamando un rincón en la memoria
donde repose el rostro femenino
con su pluma, su libro y su equipaje

Era bella y gentil. Era poeta.
Era antigua, robusta y orgullosa
vestida de poema y de escenario
se cruzó con la vida y sus inciensos,
esos que admiración llevan consigo

su verso era el perfume de su ego
y su prosa la luna 
donde a cada soneto se miraba y medía
narcisa y soñadora  en sus espejos

Nació, gozó, sufrió, se encaprichó
y firmó su sentencia de muerte
sin premeditación
con la solemnidad de una escultura
nacida para amar y ser amada
para dar testimonio de un romántico paso
de danzón, para cruzar la pluma con el beso
y sólo descubrió la certidumbre
de no tener el hueco que acuna la ternura

Murió sola. Como morimos todos
aunque los otros ronden los sentidos
Se nace acompañados de la madre;
para morir sólo es preciso el roce del silencio
martillo sobre yunque
en el alma cansada 
de atravesar el mundo en sol y sombra

Basta la sutileza del suspiro
para decir adiós sin ceremonias

No apoyaré la tesis del reconocimiento
que no la necesita
quien aprende en directo de la luz
y silabea en cada ocaso fiel
el alba de una rosa y una revelación
del infinito
Quien vive en las estrellas
olvida las bombillas de verbena
y el palacio de invierno
travestido en la niebla de diciembre
cuando se asoma el sol a la conciencia

Quédense los fantasmas 
alzándose en el quicio de la noche

A la nada ya nada le hace falta
como su nombre afirma mientras niega

Y al ser le basta ser como escritura

Requiem por la mujer y la poeta


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