lunes, 28 de octubre de 2019

Yayo Herrero, gracias infinitas!

Carta a la comunidad de CTXT

Emergencias

Yayo Herrero-Público

<p>Peces y crustáceos muertos en el Mar Menor el pasado 14 de octubre.</p>
Peces y crustáceos muertos en el Mar Menor el pasado 14 de octubre.
Asociación Anse
21 de Octubre de 2019
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Querida comunidad de Ctxt:
La semana pasada una ola de peces, anguilas, crustáceos y moluscos muertos  aparecieron de forma súbita en las playas del Mar Menor. De repente los medios de comunicación hablaban, en su mayoría, de una situación de emergencia.
La noción de emergencia habitualmente evoca un acontecimiento que requiere de algún tipo de acción urgente para evitar o minimizar daños.
La situación de emergencia es la nueva normalidad en múltiples dimensiones de la vida: emergencia climática, emergencia social, emergencia feminista, emergencia migratoria, emergencia energética...
Conviene preguntarse por qué en casi todos los ámbitos importantes de la existencia nos encontramos en una situación de emergencia, y si hay elementos comunes que conduzcan a pensar que más bien nos encontramos ante una emergencia civilizatoria.
Las emergencias actuales no son acontecimiento abruptos ni inesperados. Los procesos que han conducido a ellas han sucedido a plena luz. Fueron y son  retransmitidos en televisión. Son consecuencias inevitables y anunciadas de decisiones, opciones, que no han sido tomadas por todo el mundo, pero que han sido toleradas de forma mayoritaria.
Todas las emergencias actuales son el resultado, diría yo ineludible, de un gobierno de las cosas que se orienta por el cálculo y la maximización de beneficios, frente a una organización guiada por el cuidado, la protección de todo lo vivo, la precaución o la cautela.
El cambio climático, el declive de recursos, la contaminación, el ecocidio en definitiva, no son una sorpresa. Había estudios, gráficas y ecuaciones que lo predecían desde hace décadas de forma bastante acertada; la emergencia social es el resultado de políticas continuadas que protegen las inversiones y el crecimiento pero se desresponsabilizan de las personas; el conflicto en Cataluña es resultado, no solo, pero en gran medida, de que la rentabilidad electoral se apoye sobre la búsqueda permanente de enemigos a los que señalar, el miedo o la humillación; los feminicidios y las violencias machistas son el resultado de siglos de naturalización de la cultura patriarcal; la emergencia migratoria responde a un sistema que desde hace siglos se sostiene sobre la acumulación por desposesión y un racismo estructural que legitima la violencia y el despojo de los desposeídos…
La emergencia civilizatoria es el resultado de decidir
de forma mayoritaria con una racionalidad estrictamente contable. Da igual que la unidad contable sea la moneda, los votos o los likes. El caso es que, como cultura, tenemos la mirada puesta en cómo evolucionan las cuentas de resultados, el PIB, las encuestas o las tendencias, y mientras, delante de nuestros ojos, las condiciones que permiten una vida decente para todas, ya sea la naturaleza o los vínculos y relaciones sociales, se van degradando, y no es hasta que se hacen presentes en forma de muerte o violencia que se televisan y se denominan emergencia.
Es importante recuperar la memoria del camino recorrido hasta llegar aquí, ser conscientes de la irreversibilidad de muchas de estas trayectorias y señalar que en cada hito, en cada punto de bifurcación, se pudo elegir entre el freno y el acelerador de las crisis, y se escogió acelerar sabiendo cuáles eran los riesgos, cuáles podían ser las consecuencias, quiénes eran los potenciales perjudicados…
Y es importante esta memoria porque abordar las diversas emergencias supone seguir eligiendo. Si se continúa actuando con la lógica contable, el resultado será la profundización de las heridas, del dolor, la precariedad en todos los aspectos de la existencia, la violencia y la muerte. Existe una incompatibilidad esencial entre la lógica del cuidado, la precaución, la reconciliación y el diálogo y la lógica de los beneficios.
De las imágenes del Mar Menor lo que más me impresiona es ver esos peces plateados que, desahuciados, usan sus últimas bocanadas de aire para saltar del mar a la tierra, es decir, hacia la muerte. Me recordaba a las personas que, sin agua y comida, siendo conscientes de que su barcaza se desintegra, con sus últimas energías saltan al agua, hacia la muerte, con nulas posibilidades de llegar a tierra pero con la pulsión de hacer algo. Esa pulsión la vimos también en las personas que se tiraban de las Torres Gemelas, saltando, también, hacia la muerte desde la misma muerte.
El capitalismo y la política que lo apuntala obligan a las vidas más desprotegidas y precarias a saltar hacia la violencia o la muerte. Han apostatado de la vida digna para todas.
En una situación de riesgo vital cada vez mayor nos vemos obligadas a optar, como siempre, entre el acelerador y el freno, ahora ya de emergencia. No hay forma de abordar las urgencias desde el cuidado y la precaución si el horizonte de la economía es la cuenta de resultados, y el de la política, lo que diga la próxima encuesta.
Televisar los peces muertos del Mar Menor, los africanos encaramados en la valla de Melilla o los contenedores ardiendo en Barcelona, sin contar cómo llegamos hasta aquí, y sin mostrar la desobediencia de las experiencias agroecológicas a contracorriente, la acogida en San Carlos Borromeo, a quienes rescatan en el mar o la fuerza del Tsunami Democrático, es naturalizar la legitimidad de la necropolítica. Combatir esa idea de las emergencias como irrupciones bruscas y casuales es lo que intentamos hacer desde CTXT. No vale presentarla como brotes inesperados de desgracia que podemos atajar con las mismas herramientas que los causaron.
Yo estoy harta de una cultura, una política y una economía que ya han desahuciado a parte de la humanidad, a los animales, las plantas y al territorio.  A veces con un discurso explícito, como en el caso de las ultraderechas, y otras veces con palabras hermosas –libertad, seguridad, democracia, convivencia–  que se dictan y se deciden desde los gabinetes de comunicación mientras con el rabillo del ojo se va mirando como el gesto comunicador influye en las encuestas.
Estoy harta de que haya tantas personas en la cornisa, como decía en CTXT Gemma Barricarte, la joven activista de Fridays for Future Barcelona, y de que la única opción que se les deje sea saltar al abismo o matarse entre ellas.
La palabra emergencia, en ecología de sistemas, tiene una segunda acepción. Las emergencias son propiedades, condiciones nuevas, que emergen de la organización de los sistemas vivos.
¿Hay condiciones para que emerja un movimiento alrededor del cuidado, el freno, la precaución, la contención, el diálogo, la desobediencia, el reparto y la justicia? ¿Es posible apostar por herramientas políticas, económicas y culturales que, más allá de la oportunidad o el cálculo, afronten la emergencia civilizatoria?
Como señala Kois Casadevante en un interesante artículo, “hay motivos para el optimismo, como demuestra la magistral investigación de María J. Stephan y Érica Chenoweth, que evidencia cómo es raro el fracaso de la acción colectiva que haya logrado involucrar en sus picos de movilización a un 3,5% de la población, y muchas lo han logrado implicando números de población más bajos. No parece demasiado, pero en nuestra geografía esto se traduce en movilizar en torno a cerca de dos millones de personas. Un dato relevante es que todas las movilizaciones que llegan a esos números se sostienen sobre la acción no violenta, logrando perdurar en el tiempo cuatro veces más que las campañas violentas y siendo mucho más representativas en términos de género, edad, raza, clase o geográficos”.
¿Podemos hacerlo?
En Las uvas de la ira, la familia Joad, hambrienta y errante, duda si recoger o no a otros que está peor que ellos y la madre razona así:
–Y podemos alimentar una boca más?– sin volver la cabeza preguntó–. ¿Podemos, madre?
Madre aclaró la voz.
–No se trata de si podemos, sino de si estamos dispuestos– contestó con firmeza–. Lo que es poder, no podemos hacer nada, ni ir a California ni ninguna otra cosa, pero lo que queramos hacer…, vamos que haremos lo que nos propongamos.
Yo estoy dispuesta. No voy a dejar a mi hija en la cornisa, ni a las hijas e hijos de otras. Y conozco a mucha gente que tampoco lo va a hacer. La cosa, entonces, es cómo y dónde encontrarnos.
Un fuerte abrazo,

Yayo Herrero
Autora
  • Es activista y ecofeminista. Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y diplomada en Educación Social.


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