miércoles, 30 de octubre de 2019

No sé por qué, será por esta hartura inconmensurable, me siento completamente agnóstica y escéptica con el dichoso CIS, que sale de repente con sus ocurrencias demoscópicas, o más bien surrealistas compensatorias, para echar combustible ad hoc a la máquina agotada de la paciencia y del aguante sin entender que lo más cívica y políticamente destarifado es contar el mismo cuento constantemente, cifras arriba o abajo, y sin que nadie se lo pida, además. Tal vez crean que el cansancio también sea un aliciente para ir a votar, pero es todo lo contrario. Hay que hacer un verdaero esfuerzo titánico para imaginar que las cosas cambiarán si siempre estamos en las mismas. El hastío por goteo no produce estabilidad ni esperanza, sino todo lo contrario. Con lo que cuesta levantarse cada día del mogollón mediocre y desesperante para alimentar la esperanza, con la actual ausencia de alicientes, el CIS debería callarse y dejarnos espacio y motivos con los que crear energía positiva que mueva voluntades, conciencias y ganas de superar el pantano de la inercia político-borreguil y la tristeza socio-cultural, que como en La Historia Interminable de Michael Ende, acaba por tragarse al caballo Artax consumido por la depresión, que acompañaba al héroe, Atreiu, en su gesta por recuperar el Reino de Fantasía, o sea, a punto de petar, gracias al mogollón monstruoso de la Nada, que avanza imparable acabando con todo lo que no es la Nada...Los relatos a veces son tan proféticos y acertados que acabas por plantearte si no serán el diseño de una realidad cuántica creada por nosotros mismos que luego nos parte por el eje...¿'En el fondo', crees de verdad, Iñaki, que esto tiene fondo? Es demasiado optimismo; esto tiene pinta de ser solo cáscara y atrezzatura sin límites, infinita para más inri. Si ellos no cambian el realto, tendremos que hacerlo nosotros, los seres humanos, escapando de la caverna de Platón ya mismo



CIS: en el fondo, sin novedad





Cuatro años seguidos escrutando las tripas de los sondeos, tasando promesas, barajando posibles alianzas, debería haber sido tiempo suficiente para que todos hubiéramos aprendido qué puede darnos y qué no va a darnos una nueva cita en las urnas. Puede darnos un resultado electoral con su ganador y todo pero no va a dejarnos aclarado el problema de la gobernación ni muchísimo menos qué hacer con ella. No va a asegurarnos el fin de ese ciclo de inestabilidad crónica. Para acabar con él necesitamos algo más que elecciones. No bastan las elecciones; se necesita voluntad y decisión política.


Con los datos que el martes nos dio el CIS sabemos bastante e ignoramos muchísimo. En lo fundamental sabemos que gana el PSOE y que Ciudadanos se hunde. Pero seguimos entre brumas respecto a qué viene luego; qué pactos de investidura; qué pactos para la gobernación. Osea, que hay novedades pero no hay novedad.

Estimación de escaños en el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). / Europa Press (Europa Press)
Además, el barómetro del CIS puede ser una foto vieja porque la encuesta se hizo antes de la sentencia del procés, antes de los tumultos posteriores y la exhumación de Franco, sucesos todos ellos que han agitado aparatosamente las aguas políticas y que, al menos eso ha parecido, han cambiado cosas, por ejemplo, han impulsado con fuerza a Vox. Y aún quedan 11 días.
Si se llegara a materializar la desconfianza de Torra en el conseller Buch por la actuación de los Mossos el último tramo de la campaña puede estar marcado por la sombra de la ley de Seguridad Nacional y llevarnos a las urnas amarrados al ronzal de Cataluña hasta el último segundo.
Y un poquito más de carbón para la caldera catalana. La rectificación del Supremo sobre Juan Mari Atutxa atendiendo con once años de retraso la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que había dado la razón al expresidente del parlamento vasco va a alimentar, o puede hacerlo al menos, la presión y la hostilidad contra la justicia española. El caso Atutxa no tiene absolutamente nada que ver con el procés, pero con los términos desobediencia, Supremo y Estrasburgo hábilmente mezclados en una frase, se pueden hacer maravillas argumentales.

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