miércoles, 30 de octubre de 2013

Docentes decentes, gracias Profesor Torres López

El rey de todos los españoles de arriba

por Juan Torres López

29 oct 2013

La monarquía española se ha ido consolidando en los últimos años gracias a un amplio pacto de silencio que ha permitido ocultar sus actividades reales: los grandes negocios no siempre limpios —como se ha podido comprobar con Urdangarin y su esposa— de muchos de los familiares directos del Rey, la doble vida del monarca y sus actividades de comisionista global, la vinculación de la Reina con el gobierno en la sombra del mundo o una vida familiar desestructurada y muy poco ejemplar.
Solo muy de vez en cuando se pueden leer en medios españoles cosas como las que escribió hace poco el periodista Jaime Peñafiel refiriéndose al Rey Juan Carlos: “Cuando recibió la citada herencia (se refiere a los 375 millones de pesetas que heredó de su padre) ya tenía un gran capital. No olvidemos que, desde el año 1973, gracias a las gestiones que hizo, a petición de Franco, ante el rey de Arabia Saudí para que a España no le faltara petróleo en aquella crisis, el gobierno autorizo a que, el entonces príncipe, recibiera un céntimo por cada barril de crudo que entraba en el país. Este acuerdo comisionista lo respetaron Adolfo Suárez y Felipe González. Ignoro quien acabó con tal práctica, ¿Fue José María Aznar? Aquello permitió que don Juan Carlos adquiriera una pequeña fortuna, incrementada, posteriormente, por otros, digamos, negocios” (Los dineros del Rey y la herencia de su padre).
Gracias a ese silencio y a que el artículo 56 de la Constitución declara que su persona “es inviolable y no está sujeta a responsabilidad” (lo que significa que no se puede actuar contra él ni siquiera si comete un delito flagrante en su ámbito privado) se ha podido tejer la leyenda de la ejemplaridad, bonhomía y patriotismo de don Juan Carlos de Borbón. Una leyenda que solo su propio comportamiento y el de sus familiares está a punto de echar por alto en los últimos tiempos.
No me importa nada lo que haga en su vida privada el Jefe del Estado, aunque me resulte bochornoso que luego aparezca como ciudadano ejemplar en misas y demás actos religiosos de la mano de una jerarquía eclesiástica que se presenta como máxima expresión de la rectitud moral, y no voy a entrar en ello. Como tampoco deseo referirme ahora a sus negocios por muy vergonzoso y poco patriótico que me parezca cobrar comisiones por trabajar para el Estado al que se representa y se sirve. Solo quisiera comentar una de las fantasía que más se ha tratado de extender durante todo el reinado de don Juan Carlos de Borbón porque me parece la reina de todas las que rodean su figura: que es el rey de todos los españoles .
Ni por su comportamiento, ni por sus declaraciones, ni por sus aficiones, ni por sus muestras de solidaridad, ni por su actitud ante los problemas sociales que padecen los españoles, puede decirse que sea así.
A diferencia de lo que sucede en otras monarquías, en la española no es el gobierno de turno quien escribe los discursos del rey y, por tanto, quien fija su posición ante los problemas de la nación. Don Juan Carlos tiene, pues, autonomía para definirla, y aunque es lógico que no la ejerza plenamente sino que trate de guardar cierta sintonía con la política del gobierno, lo cierto es que, a diferencia de otros monarcas, tiene opinión. Como también tiene -por muy negociada que pueda ser en hechos concretos- agenda y actividades propias. Lo que quiere decir que lo que hace o diga no se puede imputar a que sea uno u otro el partido que gobierna.
Los testimonios y posiciones del rey ante la sociedad española son en su mayor parte la expresión de sus ideas y sus simpatías y preferencias y es precisamente por eso por lo que me parece totalmente infundado afirmar que es el rey de todos los españoles.
Mientras que sus manifestaciones de apoyo explícito a los empresarios y banqueros son continuos, no se dan, por el contrario, las que pudieran reforzar a los sindicatos o a las organizaciones de cualquier tipo que defienden a los trabajadores, por ejemplo.
Aunque no seamos mayoría, somos muchos los españoles que condenamos las políticas gubernamentales, que hemos mostrado sus efectos negativos sobre las condiciones de vida de muchos conciudadanos y los que hacemos valoraciones críticas de lo que ocurre en España, por cierto, con un amor a nuestro país y a nuestros conciudadanos que no tiene por qué ser menor que el del monarca o el de quienes defienden posiciones contrarias. Pero nunca he oído una palabra de simpatía del rey Juan Carlos hacia quienes defendemos análisis o postulados económicos o políticos que sea contrarios al poder dominante.
¿Y cómo se puede decir que se es el rey de todos los españoles si solo se suscriben los principios o ideas de unos cuantos que además, qué casualidad, siempre son los de arriba, y nunca los de aquellos que se oponen a lo que dicen los más poderosos? ¿Solo estos son los españoles para el rey Juan Carlos?
Incluso la empatía del rey, sus amigos, aquellos a quienes hace nobles y a quienes consulta, su forma de vida, basta ver sus aficiones y acompañantes habituales, son los propios de ese puñado de familias que controla el poder financiero, económico, mediático y político en España desde hace decenios, por mucho que entre ellos se cuele algún que otro socialista o incluso comunista de postín, a  quienes invita “a Palacio” de vez en cuando.
Si el rey lo es de los banqueros y de los grandes empresarios y si dice que es el rey de todos ¿por qué no lo es también de los españoles que van a las asambleas del 15M o de los que pierden sus viviendas? Y si el rey se moviliza como el primero para que los financieros y grandes empresarios tengan éxito en sus negocios, ¿por qué no lo hace también cuando se producen desahucios injustos? ¿y por qué no se pone tan claramente al lado de los españoles que han sido estafados y han perdido sus patrimonio y ahorros de toda su vida como lo hace con los banqueros a quien siempre defiende? Si don Juan Carlos dice que es el rey de todos los españoles ¿por qué son solo unos y no todos los que merecen estar siempre bajo su paraguas protector?
Si hay millones de españoles que combaten las reformas laborales, educativas o sanitarias que les quitan sus derechos y don Juan Carlos dice que también es el rey de todos ellos ¿por qué no se le oye nunca criticarlas tan claramente como esos otros españoles? ¿Por qué, si dice que es el rey de todos, presta tan discriminadamente su voz para defender a unos u otros? ¿Por qué nunca se le ve al lado de las voces críticas y acompañado de quienes disienten, sino solo con los que forman el eco del establishment? Si son también muchos millones los españoles que piden decencia y que se investigue y condene a los culpables de la crisis ¿por qué el rey Juan Carlos solo se pone al lado de quienes la han causado o de quienes los ocultan y no se suma a las voces y reivindicaciones de quienes piden transparencia y justicia?
Si de verdad lo fuese de todos los españoles no estaría siempre en el mismo lado, siempre con los de arriba, sino que en estos tiempos tan duros difundiría otro discurso y levantaría a cada minuto su voz para defender a los que sufren en lugar de acompañar y amparar siempre a los que provocan su dolor.
Don Juan Carlos de Borbón es el rey de todos los españoles que están arriba, no el de los de abajo.

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Después de leer atentamente este ejercicio de lucidez a cargo del Profesor Torres López, en el que denuncia que ese su malestad al que España sufre con más pereza y costumbre que paciencia, es absolutamente un timo publicitario parasitoide que se ha forrado a costa de pasearse y firmar atógrafos, rodeado de su corte de los milagros beneficiaria y beneficiante,  sólo queda decir que ese hipotético modelo de rey, que describe con tan fina ironía el Profesor Torres, no responde a un monoarca, o sea, a un detentador de poder único, sino a un servidor de su pueblo, que nunca se puede ajustar a la figura de un rey, por muy campechano, castizo, decente y majete que aparentase ser, sino que describe con perfecto realismo, al Jefe del Estado de una república democrática, aconfesional, laica y libre de lodos rancios, resecos, malolientes y añejos. O sea a un presidente de república, como Dioshmanda y que haga lo que hay que hacer con mucho shentido común.

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