viernes, 7 de julio de 2017

La rebelión de los peatones

Ha llegado el momento de acabar con la dictadura de las cuatro ruedas, de civilizar la ciudad recuperando espacio para caminar o ir en bici
Artículo publicado en el último número de la revista de eldiario.es, 'La ciudad civilizada'
Uno de los pasos de peatones elevados de Pontevedra, que obligan a los coches a reducir la velocidad. / Ayto. de Pontevedra
Uno de los pasos de peatones elevados de Pontevedra. / Ayto. de Pontevedra
La boina calada, maleta de cartón, cesto con gallinas, perdido entre los coches y los autobuses, sordo por las bocinas, apenas comprendía el funcionamiento de los semáforos. El inefable Paco Martínez Soria, recién llegado a Madrid, sorteaba el tráfico de la Glorieta de Atocha. Desesperado, después de muchas peripecias, llegó a una conclusión muy razonable: la ciudad no es para mí. Eran los años sesenta y el cine reflejaba la pujanza del crecimiento de las ciudades, la invasión de los vehículos motorizados, el inicio de la pasión por el coche, símbolo del progreso personal y de la libertad individual.
España apenas empezaba a salir de la miseria de la posguerra y ni las carreteras ni los centros urbanos estaban preparados para la invasión motorizada. Muy pronto se vio que los peatones iban a perder la batalla. Desaparecieron bulevares, se achicaron las plazas, se talaron árboles, se redujeron espacios verdes para recibir con alegría la invasión de los automóviles. Y, en cuanto la economía lo permitió, se invirtieron miles de millones de pesetas primero y, ya en este siglo, de euros, para facilitar su entrada hasta el mismo centro de las urbes.
Los automovilistas, es decir casi todos, nos creímos los dueños de la ciudad. Entendimos que al comprar el coche adquiríamos también el derecho a ocupar un lugar, y así llegamos a la situación actual, en la que en casi todas las ciudades el 20% de las personas, con sus coches, ocupa el 80% del espacio... y envenenan (envenenamos) al 100% de los vecinos. Y es este último dato el que hoy hace saltar todas las alarmas.
Quizá si los coches no fuesen tan asesinos habríamos seguido soportando y pagando tan tranquilos el peaje de su invasión. Pero hace ya muchos años que sabemos que no solo son molestos, también nos están matando de manera silenciosa con sus malos humos y de manera poco discreta con su atronadora presencia. Escándalos como el reciente de los trucados motores diésel de Volkswagen y de otras muchas marcas no han hecho más que confirmar lo que sospechábamos: la situación es mucho más grave y, además, nos estaban engañando.
Ha llegado por tanto el momento de darle la vuelta. De rebelarse contra la dictadura de las cuatro ruedas, de civilizar la ciudad recuperando el espacio para los peatones y los vehículos –las bicis– que se mueven en una escala más humana. De darle cada vez más protagonismo y eficiencia al transporte colectivo. De aprovechar la oportunidad para recuperar un paisaje urbano que permita la convivencia, el juego, el paseo.
Es verdad, no es una operación sencilla. Los intereses de la industria y sus lobbies son poderosos. Y se requiere criterio y valentía por parte de los alcaldes y recetas adaptadas a las particularidades urbanísticas de cada lugar. Pero somos los propios vecinos los que tenemos que exigir a nuestros políticos que se atrevan. También los que con el cambio de nuestros hábitos empujemos las transformaciones. Ha llegado el momento de que todo el mundo tenga claro que la movilidad es mover personas, no coches.

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