Los ojos de la justicia
Nueve ojos inquietantes
recorren los eslabones del Collar de la Justicia que esta semana ha
vuelto a lucir sobre el pecho del Rey por préstamo efímero del
presidente del Tribunal Supremo. Siete mil duros costó en su día. Nadie
explica el por qué de esos ojos extrañamente humanos, inquietantes, cuyo
cambio de porteador en tan crucial fecha resulta muy conveniente, al
menos ahora, ya que permite a Lesmes permanecer ciego, y parece que
también sordo, a la realidad del Poder Judicial que preside y que clama
al borde de la huelga sobre todo por su actuación tan adecuada a los
intereses de quienes le nombraron.
Tan ciego a la verdad se queda Lesmes
cuando se despoja del collar que es capaz, sin despeinarse, y eso que
es de buena crin, de demandar a la sociedad “que mire a sus jueces y les
ofrezca respuesta” como si no fuera él la causa de una buena parte de
las quejas de los magistrados y como si no estuviera en su mano poner
solución a muchas de sus cuitas; como si no fuera él quién hubiera
tenido que velar y amparar a los jueces del Caso Juana que recibieron
invectivas incluso de políticos y parlamentarios y hasta las dudas del
presidente del Gobierno. Ya hemos dicho que el poder del collar es tan
grande que perderlo mengua el tino. Tanto que Gallardón, cuando se lo
devolvió a Carlos Divar tras 73 años de “secuestro” por el Ministerio,
tuvo el cinismo de decir que lo hacía como símbolo de la voluntad del
Gobierno del PP de respetar la independencia de los jueces. Él, que fue
el ministro que consiguió unir a todos en contra. Él, que fue el
ministro más nocivo para esa independencia.
Pero siempre sucede que otros vendrán y bueno te harán. Su sustituto de
fortuna, no le va a la zaga. Catalá, el ministro reprobado, ha querido
celebrar la apertura del año judicial intentando superar la hipocresía
de sus mayores y se ha cascado un artículo en el que les pide un nuevo
revolcón a los operadores jurídicos. ¡Hagámoslo!,
se titulaba. Pero no creo que pille cacho volviendo a insistir en un
pacto para entregar la instrucción al fiscal, olvidándose del escándalo
de Moix y los paraísos en los que la Fiscalía afina sus instrumentos.
Igual que si no le hubieran gritado en el Parlamento que debe irse,
Catalá se empeña en seguir pergeñando la gran reforma de la Justicia
española. Él sólo se enrosca prometiendo el fin de los aforamientos,
como si el problema fueran los aforamientos a ciertos tribunales y no la
maldita costumbre de los gobiernos de nombrar para ellos a los jueces
que gustan. Se atreve a vender la intención de su ministerio de avanzar
hacia la resolución alternativa de los litigios de consumo, como si no
fuera su colega Lesmes el que ha creado unos juzgados pozo para las
cláusulas suelo. O que se permita situar como objetivo la próxima
trasposición de la Directiva Europea de Protección de Datos, obviando
los deseos de Montoro de meter las narices en los procedimientos de los
abogados, o como si no colgara sobre él la vergüenza y el oprobio de un
sistema de gestión procesal agujereado como un gruyere.
Ya saben que sin el collar se avanza en la oscuridad y el ministerio ya
no lo tiene en custodia. Creo que van a ser las asociaciones
judiciales, por una vez unidas, las que les abran los ojos a base de
acciones legales pero también de medidas de presión que pueden acabar en
una huelga. Los jueces no van a dejar de recordarle que la situación de
la Justicia no sólo no deja lugar a la complacencia sino que ya hemos
sido situados por Europa en el vagón de cola de la independencia
judicial. Y esa independencia, ya lo hemos visto otras veces, no es sino
garantía para los ciudadanos.
A todas estas cuestiones se suma una muy gorda, en mi opinión, que
queda de manifiesto cada vez más en términos de opinión pública y es que
muchos españoles están trasladando la falta de confianza en las
instituciones de gobierno de los jueces, en los nombramientos de la
cúpula judicial y en otros trapicheos a una pérdida generalizada de
confianza en el sistema de Justicia en su conjunto y eso es algo que
ningún estado democrático puede soportar .
A pesar de que se intente matizar una y otra vez que en España se han
creado dos planos de la Administración de Justicia y que hay que
diferenciar claramente los problemas que se producen cuando es el poder
el que está siendo controlado por los jueces y cuando se trata de
pleitos que son neutros en términos políticos, a pesar de ello muchos
españoles afirman o piensan cada vez en mayor medida que es toda la
Administración de Justicia y todo el Poder Judicial el que está viciado.
Esa es una cosa más, quizá la más importante, por la que debemos de
pasar factura a esta época de corrupción e infamia porque siendo los
jueces los que han investigando y castigado estos desmanes, es el propio
Poder Judicial el que está perdiendo credibilidad ante los ciudadanos.
Eso es grave. Más que grave. Sobre sus espaldas caigan las consecuencias
que ya se empiezan a atisbar.
Mas no teman que una vez devuelto el collar por Felipe VI, a estos se
les vaya a hacer la luz. Lo guardarán en su caja de nuevo y dejarán a la
Justicia en la oscuridad mientras siguen dedicados a sus cosas que
mucho me temo que no son las cosas de todos.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Gracias, Elisa Beni, por esa decencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario