lunes, 14 de agosto de 2017

Lo tenemos a huevo: de los escándalos alimentarios a la agroecología

El caso de los huevos contaminados con fipronil, un insecticida tóxico prohibido en la cadena alimentaria europea, es el último episodio de una interminable historia condenada a repetirse mientras no cambie la lógica que sostiene el modelo de producción, distribución y consumo
(eldiario.es)
Inmovilizan en Bizkaia 20 toneladas de huevos contaminados con fipronil
Inmovilizan en Bizkaia 20 toneladas de huevos contaminados con fipronil EFE
La gran industria alimentaria produce recurrentemente sonados escándalos, que han terminado por generar una tenue sombra de desconfianza en el funcionamiento del sistema agroalimentario. El caso de los huevos contaminados con fipronil, un insecticida tóxico prohibido en la cadena alimentaria europea, son el último episodio de una interminable historia condenada a repetirse mientras no cambie la lógica que sostiene el modelo de producción, distribución y consumo.
Para extraer lecciones de este caso, podemos anticipar algunas de las enseñanzas que se sacarán de esta reunión: hay que reforzar los sistemas de alerta temprana, intensificar los controles y la colaboración entre países, fortalecer la trazabilidad de los productos y tranquilizar a la población pues la seguridad alimentaria no se ha visto comprometida. Y probablemente todas ellas sean correctas, pues son las respuestas esperables a las preguntas que previsiblemente van a realizarse. Sin embargo, cabe la posibilidad de hacernos otras preguntas que cuestionen la industrialización de la alimentación vivida durante las últimas décadas.
1 ¿Cómo se las apañauna serie de granjas de Bélgica y Holanda para en el plazo de unas semanas dispersar su producción por 17 países europeos y Hong-Kong?
La alimentación no ha escapado a la globalización de los mercados, hemos normalizado el hecho de que la cesta de la compra esté repleta de productos que han recorrido miles de kilómetros, en el caso español una media de más de 3.000 kilometros. Esto no sería de extrañar en el caso de productos que no podemos producir en proximidad, y que siempre han viajado, como es el caso del café, el té, o el chocolate; pero sí resulta cuestionable cuando estamos exportando e importando los mismos productos con una lógica que se aleja de asegurar el consumo de alimentos lo más frescos posibles, de apoyar a las economías rurales y mantener la diversidad e identidad de productos locales. Esta idea está ilustrada en a historia de dos camiones que chocaron de frente en una autopista francesa en 2014, relatada por el campesino y filósofo Pierre Rabhi:  El camión que viajaba de Almería a Holanda transportaba tomates y el que viajaba de Holanda a Barcelona transportaba…tomates
Estos circuitos globales agroalimentarios han provocado la desvertebración de la economías campesinas locales y la concentración empresarial, y son responsables de más de la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático. El sistema agroalimentario contemporáneo es altamente ineficiente, requiere mucha más energía para producir y distribuir alimentos que la que proporcionan los mismos alimentos ( en el caso de EE UU el balance es de siete a uno), lo que solo resulta viable en base al consumo masivo de combustibles fósiles.
2 ¿Debemos confiar en la regulación existente de la gran industria química y alimentaria?
El fipronil es un insecticida prohibido en la Unión Europea para su uso en animales de producción de alimentos que, en este caso, ha sido utilizado para tratar la presencia de un ácaro en granjas de gallinas ponedoras. Una ilegalidad que será perseguida judicialmente pero que no despeja la duda de los efectos sobre la salud humana y del planeta del uso masivo de pesticidas que sí se consideran legales.
Mediante la publicidad, los lobbies o la subvención científica, la gran industria química minimiza sus impactos y recela de cualquier regulación que tienda a aplicar el principio de precaución, por el cual no debería aprobarse el uso de productos que no hubieran demostrado completamente su inocuidad. La sociedad civil debe probar su toxicidad y no la industria su inocuidad, el pirómano es nombrado responsable de la torre de vigilancia antiincendios Así que no sorprende que estos días supiéramos que Monsanto siguió vendiendo conscientemente productos tóxicos y contaminantes hasta que fueron prohibidos, como el PCB, un caso con muchas similitudes a las de otros famosos productos de esta empresa como el DDT y al glifosato. Ante lo que responden: en la época en que Monsanto fabricaba PCB, era un producto legal y aprobado que tenía muchos usos. Monsanto no es responsable por la contaminación que causaron los que usaron y desecharon PCB en el medio ambiente.
Unas instituciones resignadas ante las grandes corporaciones asumen que vamos a vivir en entornos tóxicos y que el veneno es la dosis, sin cuestionar la presencia de pesticidas en nuestros alimentos. De esta forma las autoridades basan la protección de la salud frente a los riesgos que ocasionan los plaguicidas, en asegurarse de que las cantidades de residuos que contienen los alimentos se encuentren por debajo de un límite máximo establecido. Además sabemos que España es el Estado de la UE que más productos químicos utiliza en términos absolutos.
La relatora especial sobre el derecho a la alimentación y el relator especial sobre productos tóxicos de la ONU enviaban en marzo al Consejo de Derechos Humanos un duro informe que carga contra la industria de los pesticidas, denunciando sus efectos sobre la población y el medio ambiente. Donde también señalan la fuerte presión que las multinacionales ejercen sobre los gobiernos y la comunidad científica, retrasando y bloqueando la implementación de regulaciones más estrictas. Aunque esto no ha generado excesiva alarma social, ni un alto eco mediático.
Y todo esto obviando la contaminación permanente de suelos y acuíferos que prolongarán en el tiempo esta situación,comprometiendo la seguridad alimentaria al reducir la superficie de suelos sanos, como plantea la propia FAO. Los beneficios empresariales parecen estar por encima de otras consideraciones sanitarias o ambientales.
3 ¿La industria agroalimentaria es la solución al problema creado por la industria agroalimentaria?
Manejamos una noción de seguridad alimentaria reducida a controles y supervisión de las reglas actuales, que resulta miope por no incorporar otras dimensiones como son: la sostenibilidad ambiental de la que depende la producción de alimentos a medio plazo, el control de las semillas que se encuentra en manos de cuatro empresas ( recientemente un agricultor de Castilla y León ha sido condenado a un año de carcel por reutilizar sus semillas), la dependencia de alimentos que recorren grandes distancias, la imperativa adaptación a los efectos del cambio climático, la tutela de la gran distribución alimentaria que acapara los beneficios como mensualmente muestra en el IPOD ( el diferencial entre lo que cobran productores y lo que pagamos consumidores sufre incrementos de hasta el 900%)...
Donde algunos ven una fortaleza nosotros percibimos una enorme fragilidad, al no cuestionar un modelo que tiende de forma entusiasta hacia la desnaturalización, industrialización y tecnologización de la forma en la que nos alimentamos. Asistimos a una nueva versión del relato de la agricultura sin agricultores donde los problemas se reducen a una cuestión meramente técnica que la ciencia y los expertos irán solucionando. Un clima de tecnoentusiasmo donde parece menos fantasioso diseñar un menú sintético que modificar la dieta, los hábitos de consumo o cambiar hacia manejos agronómicos y ganaderos inspirados en la agroecología.
Laboratorios y centros de investigación con presupuestos millonarios se encuentran investigando las potencialidades de la biotecnología y la alimentación sintética. Recientemente se hacían públicos los resultados de las primeras investigaciones para   elaborar carne artificial a partir de células madre, alegremente sus promotores sostienen que podría ser una solución para alimentar a la humanidad a la vez que evitaría el sufrimiento animal. También asistimos a la progresiva autorización de plantas transgénicas para el consumo animal y humano: científicos chinos han creado vacas lecheras transgénicas que producen leche humanificada (similar a la leche materna), los inventores de la oveja Dolly han creado un cerdo resistente a la fiebre porcina, en EE UU se acaba de aprobar la comercialización para consumo humano de un salmón modificado genéticamente para crecer en la mitad de tiempo.
Ante las dudas que este proceso puede provocar en la opinión pública y despreciando el más elaborado sistema de ensayo y error, millones de años de evolución de la naturaleza, un profesor de Biotecnología de la Universidad Politécnica de Valencia afirmaba que « no hay ningún motivo para el alarmismo. Para la aprobación del salmón transgénico, éste ha estado sometido a un control más exigente y largo que cualquier variedad de planta y animal no transgénico».
Responder a estas preguntas desde la agroecología nos llevaría a afirmar que necesitamos alimentos de proximidad que reduzcan la distancia afectiva y geográfica; necesitamos transitar de la idea de seguridad alimentaria individual y basada en la salud a corto plazo, hacia la soberanía alimentaria y una noción multidimensional de seguridad; necesitamos arraigar en las comunidades locales otros sistemas alimentarios basados en la justicia y la sostenibilidad a lo largo de toda la cadena productiva. Combatir la contaminación requiere no confundir el síntoma con la enfermedad, pues no podemos enfrentar aquello que envenena suelos, alimentos y acuíferos, sin enfrentar lo que envenena nuestros imaginarios (valores, expectativas, hábitos, representaciones simbólicas…). Cambiar la situación implica cambiarnos.

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