martes, 15 de agosto de 2017

El olvido y la impunidad son los pies de barro de una democracia

Publicada 15/08/2017 (Infolibre)
 
“La justicia consiste en elegir: estás de parte del asesino o estás del lado de sus víctimas”.

Hace algunos años, publiqué una novela titulada Operación Gladio que, envuelta en el ambiente de una historia de espías, hablaba de nuestra famosa Transición, un episodio que en aquel libro se definía como un triunfo de todos que también tuvo sus perdedores. En ella se reflexionaba sobre el trato injusto que recibieron, cuando regresó la democracia a España, algunos de los derrotados, especialmente aquellos que habían mantenido la resistencia, al menos ideológica, contra una dictadura sanguinaria que llamaba Cruzada Nacional a lo que no fue más que una feroz tarea de exterminio contra personas indefensas, llevada a cabo por el grupo terrorista Falange Española y de las JONS, con el apoyo de las fuerzas del Estado, transformadas en una máquina represiva por la dictadura. Hubo miles de asesinatos y, en consecuencia, miles de criminales, pero nadie ha pagado por aquellos delitos, ni siquiera uno de los pistoleros de camisa azul, todos regresaron tranquilamente a sus vidas o, en muchos casos, a las de los demás, dado que ocuparon los puestos y requisaron los bienes de los profesionales de toda índole a los que habían pegado un tiro en la nuca y enterrado en una cuneta o empujado al exilio; pero nadie les pidió explicaciones, los verdugos quedaron impunes; los torturadores fueron condecorados incluso después de la muerte del matarife en jefe, el funeralísimo, como lo llamaba el poeta Rafael Alberti, que en pleno siglo XXI sigue teniendo su vergonzoso monumento en la sierra de Madrid, el tétrico Valle de los Caídos, y entre otras cosas, la propiedad del Pazo de Meirás, en Sada, A Coruña, un palacete de estilo románico que disfrutan sus herederos, financia la Xunta de Galicia y sirve para enaltecer la figura del que fue a lo largo de cuatro décadas el mayor cáncer de un país que, en algunas cosas, aún paga el precio de haber dejado que semejante indeseable muriese tranquilamente en su cama del hospital de La Paz.

En aquella novela se recreaba la historia real de los familiares de algunos ciudadanos ejecutados ilegalmente, arrojados a una fosa común, profanada unos años más tarde su terrible sepultura y llevados sus restos al Valle de los Caídos, y a los que cuando pidieron sacar de aquel lugar ignominioso a sus abuelos, madres o padres, se los trató de alborotadores, fueron acusados de reabrir las heridas que, según ellos, provocaron la Guerra Civil y no se sabe si también, por extensión, los abusos, violaciones y homicidios que se llevaron a cabo por parte de los sublevados hasta el último momento de aquella larga y oscura noche.

Y también se cuestionaban en Operación Gladio algunos prestigios en mi opinión desproporcionados, como el de Dionisio Ridruejo, buen prosista y mal poeta, teórico del fascismo y cortesano con yugo y flechas bordado sobre el corazón, que si es cierto que se distanció pronto, como muchos de sus compañeros de armas e ideas, del golpista de El Pardo, no fue porque no reinstaurase el sistema tras su triunfo, ni el democrático ni siquiera el monárquico, sino porque el nuevo régimen no se quería basar en las doctrinas de José Antonio Primo de Rivera. Él evolucionó, como algunos otros, y el papel que jugó como referencia tiene su mérito, pero de ahí a convertirlo en uno de los padres de la libertad recuperada, como se ha hecho con frecuencia, hay un mundo. La novela fue atacada con saña, desde la derecha y desde la izquierda, y tuve la impresión de haber levantado un antifaz que no convenía, tal vez porque aquí la palabra reconciliación no está muy lejos de la palabra olvido. Punto final, borrón y cuenta nueva, aquí paz y después gloria... Desde entonces, hay un título que suelo repetir en mis conferencias: si no quieren que la cuentes, es que es una buena historia.

Ahora, en 2017, continuamos hablando del viscoso general, porque resulta que el Pazo de Meirás sigue en manos de sus herederos y la Fundación Franco recibe ayudas públicas para que pueda continuar encomiando al canalla. El año que viene publicaré una nueva entrega de la serie protagonizada por el maestro Juan Urbano en Mala gente que camina, la propia Operación Gladio Ajuste de cuentas. Como adelanto, les dejo este fragmento que viene que ni pintado para la ocasión:  “Cuando en plena Guerra Civil un grupo de aduladores decidió regalarle al jefe de los sediciosos la antigua casa de la novelista Emilia Pardo Bazán, el célebre Pazo de Meirás, su esposa se presentó allí un día acompañada por dos militares y un sacerdote, subió a la Torre de la Quimera, empezó a abrir displicentemente burós y arquetas llenos de originales de la autora de Los pazos de Ulloa, se entretuvo en leer algunos fragmentos de sus diarios inéditos, unos apuntes de viajes y varias cartas; “y de pronto, se puso pálida”, según contó después uno de los testigos de la escena y recogen las biografías de la escritora, “echó a andar hacia la salida con pasos coléricos y mientras se colocaba los guantes su voz restalló como un látigo: ¡Que se quemen los papeles que hay en los cajones! ¡Todos!” Había echado al fuego la correspondencia privada de la condesa feminista con Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas, Vicente Blasco Ibáñez y muchos otros.” Esto es lo que hubo y es lo que aún hoy defienden algunos.

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