domingo, 13 de agosto de 2017


Banderas subrogadas

Si yo emprendo una pelea por la libertad de expresión y la anulación de la ley mordaza mediré con exactitud legal milimétrica hasta dónde quiero llevar mis manifestaciones



El martes se celebró una concentración de apoyo a Juana Rivas en su municipio
Concentración de apoyo a Juana Rivas en su municipio. EFE
Hoy día tengo más claro que hay quien cree en la revolución por subrogación, quien considera que los casos individuales y las consecuencias que estos tengan para las personas implicadas –incluidos los menores– decaen ante la fuerza de la reivindicación, de la lucha y de la bandera de una causa justa. Una bandera que enarbolan otros por subrogación.
Siempre he defendido la licitud moral de la desobediencia civil para conseguir cambios en el sistema y arañar derechos y libertades. Sucede que tengo claro qué es la desobediencia civil y qué no. He visto mucho lío con eso así que, sin afán de convertir a nadie y solo con el ánimo de poner sobre la mesa todos los argumentos, voy a repasar el concepto.


La desobediencia civil consiste en que un individuo o individuos, con el objeto claro de cambiar una situación de injusto, definida en una norma o normas concretas, deciden desafiarlas con su actuación a sabiendas de que sufrirán las consecuencias legales establecidas por el sistema. Hacen pues un acto de voluntariedad de acción y de asunción de responsabilidad. Una de las campañas de desobediencia civil más justa y más exitosa que se ha realizado en España fue la de la insumisión al servicio militar obligatorio.
Llevo tantos años pisando salas de vistas que también asistí a muchos juicios de insumisos que eran condenados a unas penas de prisión que cumplían. Los he visitado en la cárcel. He hablado con sus compañeros de lucha que se encadenaban a la puerta de los juzgados estando ellos también incursos en procedimientos penales. Sabían lo que hacían. Querían acabar con el sistema de conscripción. A pesar de que muchos jueces pedían en sus sentencias el indulto, todos pensaban que la cárcel era una parte del camino. De hecho fue así.
Cuando el gobierno socialista tuvo un número insostenible de jóvenes en prisión por una cuestión de conciencia tuvo que legislar una Ley de Objeción de Conciencia al Servicio Militar de la que se aprovecharon centenares de miles de españoles. Tantos que, paradójicamente, fue el Partido Popular el que tuvo que acabar con el sistema de levas ante la ineficiencia del mismo. Ya casi solo quedaban objetores.
Rosa Parks, muy citada en estos días en España, era una activista contra la discriminación legal racista que existía en Estados Unidos a pesar de haberse proclamado ya la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Era ya secretaria de la National Association for the Advancement of Colored People cuando aquel uno de diciembre se negó a levantarse de su asiento para cedérselo a un blanco como mandaban las leyes. Cuando el conductor le informó de que iba a hacer que la arrestaran si no se levantaba, contestó: "Puede hacerlo". Un acto de volición y de asunción de responsabilidad palmario, a la par que inscrito en un movimiento que seguía también la lucha en los tribunales ya que, un año más tarde, la Corte Suprema de Estados Unidos se pronunció y declaró inconstitucional la segregación en el transporte.
Ahora me pregunto qué tiene que ver todo esto con el caso concreto de Juana Rivas que está haciendo correr ríos de desobediencia civil subrogada por vía digital y analógica. ¿Quiere Juana asumir el riesgo de ser encarcelada y perder la custodia de sus hijos para visibilizar una lucha concreta o lo que quiere es conservar a sus hijos con ella y no entregarlos a un padre con el que considera estarán en peligro? ¿Hay una norma concreta que se exige cambiar por el legislador? Yo no he oído ni a Juana ni a sus portavoces mediáticos referirse a ella. ¿Quieren que España abandone el Convenio de la Haya de 1980? Esa es la norma que le ha sido aplicada. Espero que no, puesto que aún sin ser perfecto, ese convenio es la única posibilidad para muchas otras madres españolas cuyos hijos han sido y serán sustraídos a la jurisdicción española y llevados a los países de origen de sus otros progenitores. Si España lo incumple, muchos serán dañados.
Me gustan las peleas, las gestas, las luchas. Muchas veces me empeño en ellas. Siempre calibro las consecuencias y estudio muy bien hasta dónde quiero llegar y hasta dónde no estoy dispuesta a hacerlo. Lo de "dentro de cada mujer hay una heroína" es un lema que han puesto en mi gimnasio para animarnos a hacer crossfit. No es cierto. No todos somos héroes. Quiero decir con eso que si yo emprendo una pelea por la libertad de expresión y la anulación de la ley mordaza, que en ello andamos, mediré con exactitud legal milimétrica hasta dónde quiero llevar mis manifestaciones sobre, por ejemplo, el derecho a hacer bromas con el magnicidio de la mano derecha del dictador. Sí, cojo la bandera, la enarbolo en mi mano y la tremolo con la intensidad y el riesgo que yo decido. No pretendo que nadie ajeno se inmole con mis banderas alrededor del talle mientras yo sigo aquí, al otro lado de las teclas.
Esto es especialmente desconcertante cuando el apostolado de la desobediencia civil de Juana, el de su inmolación y aún más grave de la de sus hijos, procede de personas que se dedican a la política y tienen sus reales sentados en órganos legislativos. En ese supuesto lo que cabe es inmolarse uno mismo en la acción política e intentar cambiar esas leyes concretas por el único medio posible. Conviene por eso saber qué legislación  concreta es la que se está denunciando como injusta.
Por último, por un mínimo de rigor intelectual, invito a muchos a reflexionar sobre el hecho de que la fórmula retórica del símil o comparación sólo puede ser utilizada para argumentar cuando los casos comparados son realmente iguales y obtienen soluciones diferentes. Esto es especialmente visible en el campo jurídico. El sistema de Justicia de las democracias occidentales no es perfecto, lo denuncio a cada paso, pero menos perfectas son todas aquellas formas de justicia popular y visceral que la humanidad ya exploro en épocas felizmente superadas.
Yo no quiero persuadir a nadie de nada. Mi profesión no tiene como objetivo hacer proselitismo, sino darles materia sobre la que fundar sus propias opiniones.
Ahora seguro que alguien quiere quitarme el título de feminista, de izquierdista y hasta de mujer. Háganlo tranquilos y tranquilas. El ser supera al estar porque no depende de la mirada de los otros.
Rosa es una rosa es una rosa es una rosa

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Siempre transparente y reconfortante, Elisa Beni. Un oasis lúcido en el enredo de los tinglados.

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