domingo, 16 de agosto de 2015

El paradigma político, social y económico de Bhután





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Estoy dándole vueltas al post anterior a éste: el Gobierno de la India haciendo meditación para mejorar la calidad de su política y de una sana eficacia, y que así no olvide con la facilidad que da el cinismo profesional de la política al uso, la humanidad a la que pertenece. Y una vez más siento  y considero la cantidad de asignaturas que  tenemos pendientes para comprender y practicar, en este modernísimo y super-automatizado mundo occidental. 

Hace dos siglos y medio que en EEUU y en Europa se habla de "libertad, igualdad y fraternidad", y más de un siglo que existe la "Internacional del trabajo", esa organización basada en la dignidad, la justicia social y los derechos de las trabajadoras. 
Hemos vivido un viacrucis interminable desde siempre. Ni siquiera el triunfo del marxismo consiguió que la libertad, la igualdad y la fraternidad se convirtieran en una realidad medianamente aceptable, más bien se dedicó a expandirse como otro imperio más, y se acabó corrompiendo como todo imperio. 

Dos carnicerías bélicas provocadas por la ambición y la rapiña de unos cuantos megalómanos insaciables, locos de avaricia, (verdaderos casos freudianos, que pasan por "normales" a base de incienso interesado, solo porque son los amos de los bancos, de los medios de comunicación y del comercio) marcaron el paso social, político y económico del siglo XX y se han alargado y prolongado en innumerables conflictos que eufemistícamente se han dado en llamar de "baja intensidad" solo porque no implican directamente a las grandes potencias de Occidente, pero  que llevan desde siempre siendo conflictos exterminadores para el resto de los países más dejados y olvidados por el dinero internacional que solo se ocupa de ellos para esquilmarlos y dejarlos en la ruina, y luego los liquida en masa cuando intentan salir del infierno que el mismo Occidente ha ido provocando en aquellos territorios desde tiempo inmemorial, con invasiones y secuestros de esclavos para la compraventa que les procurase mano de obra gratuita, materias primas, aguas para la pesca, petróleo para sus máquinas y minerales para sus tecnologías punta en armamento terminator, o algodón, café, cacao y tabaco, maderas de lujo y celulosa para sus negocios más placenteros. Así llevamos arrastrando esto que llamamos civilización, con un atrevimiento, una ignorancia irresponsable y una desfachatez que tumba. 

Y he pensado de repente en las fantasías que nos montamos con nuestras democracias de farándula y nuestro lema trivalente ilustrado. Pero, ¿de verdad nos hemos creído que la libertad, la igualdad y la fraternidad son nuestro patrimonio auténtico y que cuando triunfa una revolución justa ya está todo hecho en ese terreno o que cuando muere un dictador genocida en su cama tan ricamente, como si no hubiese roto un plato, después de cuarenta años de pisotear derechos, libertades y cualquier esbozo de fraternidad, y sus secuaces nos venden la cabra de una apertura y de un cambio, eso significa que ya hemos llegado al esplendor de la libertad, la igualdad y la fraternidad? Va a ser que no. Que la libertad, la igualdad, la fraternidad y los Derechos Humanos no son un pack de oferta en los grandes almacenes de unas democracias de papel albal para envolver cualquier cosa como si fuese la estrella de pega de un belén. No. La libertad, la igualdad, la fraternidad y los DDHH, no son hechos ya completados y reconocidos en nuestra normalidad cotidiana. Ni mucho menos. 

Se nos llena la boca pomposamente cuando miramos hacia Libia, Siria, Palestina, Irak, Afganistán o Somalia, pero ahí se queda parado nuestro raquitismo social. 
Tal vez no hemos caído en la cuenta de que esa batería de logros políticos, ideológicos, pedagógicos y culturales, no es lo que hemos conseguido, a la vista está, sino solamente el plan de trabajo, las herramientas que debemos mejorar, reinventar, perfeccionar y poner al día constantemente, el plan de líneas básicas y desarrollo verdaderamente humano que tenemos solamente esbozado en un borrador que deja mucho que desear, por cierto. Y a este respecto, me he acordado de pronto de Bhután.  

Bhután es un país pequeño, casi irrelevante, que ha crecido durante siglos como una seta geopolítica al amparo de una gran cordillera: la del Himalaya. Limita por el Norte y por el Sur con dos colosos emergentes y tremendos en potencia y acto: China y la India, respectivamente. La independencia y la supervivencia de ese pequeño enclave, está en vilo desde siempre, y para un país de Occidente sería imposible su autonomía y su progreso, su libertad, su igualdad y su fraternidad sin estar armado hasta los dientes y metido hasta el cuello en la corte imperial hegemónica de los USA o de los chinos. Su democracia es más que un milagro. Sobre todo porque allí existe la monarquía desde siempre. Pero ese Estado ha sabido gestionarse y la monarquía ancestral se convirtió en constitucional en el siglo XX, cuando se revisaron y estudiaron entre todas las ciudadanas e instituciones, una gran parte de las constituciones del mundo civilizado y tomaron lo mejor de cada una y lo aplicaron a su país. La redactaron y la votaron. Por eso la monarquía de Bhután es legítima y profundamente democrática; pero no para ahí  la cosa, han decidido en su Carta Magna, precisamente, que en vez de un producto interior bruto, lo que determine el estado de bien estar, sea la felicidad interior bruta. Y en eso están empeñadas las ciudadanas y las gobernantes. Se han hecho un código donde la separación de poderes ha dejado ser, como pasa España, una remota alegoría, y se ha convertido en la clave del funcionamiento democrático. 

La riqueza de Bhután es principalmente la agricultura y la artesanía, y ahora, cada vez más, el turismo, pero todo lo organizan desde el ángulo de la felicidad interior bruta. Sí, así, como suena. La ética es la base, la compasión la altura y la justicia y el respeto, el área que  ambas completan y coordinan. El resultado trigonométrico es la felicidad. Eso es, ciertamente, la materialización de la espiritualidad. No una religión impuesta por narices, no un sistema ideológico desencarnado y libresco con un aserie de dogmas arbitrarios y de conveniencia para una minoría especializada en manipular conciencias hasta engullirlas, sino, al contrario, una determinación ética que más que castigar delitos, educa, que más que aplicar represalias y castigos anima y estimula, la justicia, para serlo, tiene que ser básicamente humanitaria, fraterna, igualitaria y libre de ataduras y tabúes,  y por ello, capaz de comprender la envergadura de los delitos, las faltas y los desvíos. Y sus orígenes y sus cimientos y no fortalecerlos con la deshumanización y la ley como venganza para los más desprotegidos pero como atalaya salvadora de intereses para los más ricos, poderosos y chanchulleros, que curiosamente son los mismos en una peculiar unicidad de los tres adjetivos. 

He llegado a una conclusión: si la peña de Bhután ha sido capaz, en una situación estratégica horrible, de conseguir esa hermosura de vida en común tan eficaz como ejemplar, también nosotras europeas del Sur, baqueteadas y zarandeadas por los poderes del Minotauro Global, como llama Varoufakis a este sistema perverso y torpe, a pesar de su mucha "listeza", -que no es lo mismo que inteligencia-, podremos superar juntas este marronaco abominable. Seguro que sí. 
Pero vamos a tener que cambiar nosotras para que cambie el panorama, que es nuestro espejo, y no esperar resignada y tontamente a que cambie por sí mismo, -cosa que nunca ocurrirá, es obvio-, y conseguir así, que cada vez resulte más marciana la componenda ambidiestra a la que nos hemos habituado tomando un mal de fondo como un mal menor. Y ya nos han demostrado que no, que por ahí no. Hay que acabar con el victimismo y la sumisión al "príncipe" de turno, que nos paraliza y unirnos en iniciativas, participación, inteligencia colectiva y belleza de la fetén, no para asaltar cielos de atrezzo, que siempre acaban en un sillón y en una colección de escaños paralizantes per se. Sino para que se repita sin solución de continuidad posible el milagro del 24M de 2015, donde hemos sido capaces de hacer limpieza institucional siendo nosotras mismas, la ciudadanía, las que hemos accedido al cambio que estamos haciendo. Hemos llegado a las instituciones pero no para hegemonizarlas con un icono mediático y fofo por dentro, sino para cambiar el sentido del Estado-muermo, espabilarlo y darle la vida que le falta. Ya sé que no lo hemos inventado nosotras, que la peña de Bhután se ha adelantado un par de centurias al resto de mindundis obedientes y encantados por cada flautista de Hamelin disponible y de buen ver que los seduce malamente. 
Pero ese paisaje fantasmal se ha consumido en su propia salsa, en una reducción digna del mismísimo Arguiñano. Y ya se acabó lo que se daba y sobre todo, lo que se quitaba. Limpiamente. Elegantemente. Sin malos modos ni venganzas chungas que nos colocarían a la misma altura ínfima de lo que hay y ha habido. Construimos lo nuevo sin despreciar lo sano de lo antiguo, algo que sería de una torpeza inmensa. Con el gobierno de lo afable, de lo próximo, de lo entrañable, y de lo práctico, de lo justo, de lo resuelto y de lo dialogado, de lo plural que sabe escuchar y reivindicar sin ofender ni perjudicar ni hacer sufrir a los sufrientes; un gobierno de personas, no de marionetas, de los que tienen por objeto el sujeto y por predicado la eficacia de lo honesto. Ni más ni menos.



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