El rey vestido
"Al rey, dicen los monárquicos, los metaborbones, la sociedad dinástica, la izquierda borbona incluida, no se le puede criticar"

La corte y todos los
efectivos de la España dinástica se han lanzado al cuello de la
alcaldesa de Barcelona y otras autoridades catalanas electas y
representativas por el, en su opinión, desaire al rey. En resumen,
sostienen que al rey no se le puede hacer tamaño desplante -no rendir
pleitesía ceremonial de sometimiento medieval- , y que, por ello,
peligra la reputación de Barcelona, Catalunya, los catalanes ..., en fin
que nadie invertirá más ni se le ocurrirá jamás organizar evento alguno
en aquellas tierras.
Independientemente de la
falsación de la infundada profecía, el tiempo dirá si se equivocaron;
pero no el tiempo milenarista y apocalíptico, aliado de los dictadores y
el autoritarismo, sino el tiempo democrático al que se someterán sin
escapatoria los cargos electos, cuando haya elecciones. La señora Colau
deberá rendir cuentas y serán los barceloneses los que valoren sus
actos. No es el caso del rey, no hay temporalidad democrática para los
cargos no electos, hereditarios, solo el tiempo biológico o el tiempo
gracioso, la naturaleza o esa prerrogativa regia que permite a los
titulares de la corona abdicar cuando ellos, y solo ellos, consideren
oportuno.
Al rey, dicen los monárquicos, los metaborbones, la
sociedad dinástica, la izquierda borbona incluida, no se le puede
criticar. Se basan en un arcaísmo político y cultural que desconoce que
todo poder, toda autoridad, en democracia está sometida al escrutinio
público y a la crítica. Lo que pasó en Barcelona fue eso, un acto
político crítico con el hacer y no hacer del monarca.
Hay y debe haber crítica; primero, porque no habrá elecciones nunca
para poder demostrarle o no, la disconformidad; segundo, porque el rey
goza de privilegios de inviolabilidad y no responsabilidad que lo sitúan
por encima, anómalamente, del resto de los ciudadanos, sobre todo de
los electos democráticamente en representación del pueblo, único
soberano. Es una cuestión simple de equilibrios , democráticos, se
entiende.
El motivo de la critica ha sido el discurso
pronunciado por el rey el pasado 3-0, en respuesta a los hechos del
1-0. Dijo el rey a la alcaldesa de Barcelona que él defiende la
Constitución y el Estatuto. Como toda autoridad, incluso con reserva,
por imperativo legal, obligada a guardar y hacer guardar el
ordenamiento constitucional; pero el sentido de la obligación
constitucional no es que se atribuya al rey esa magna competencia, sino
que todos, incluido el monarca, estamos sometidos al ordenamiento
constitucional. Sus competencias son otras y están estrictamente tasadas
en la Constitución española, artículos 56 y 62.
Ese
día, el rey se salió de su pellejo constitucional, no arbitró ni moderó,
tomó partido. Socavó su legitimidad de ejercicio, teniéndola mejor de
origen que su predecesor, aunque siga siendo discutible y discutida. El
rey no ejerció de Jefe de Estado, defendió su linaje y sus propios
intereses dinásticos ante la temible amenaza de secesión y, sobre todo,
de república; en palabras de Bourdieu, malversó su capital simbólico.
Felipe defendió los intereses de la Casa, a pesar de que el
"capmaysouè", el pater de la Casa, al menos a efectos económicos,
continuando con Bourdieu, sigue siendo su emérito padre. Se equivocó.
Por eso, su discurso es criticable. Sin embargo, lejos de rectificar
-no digo pedir perdón, algo tan poco Borbón-, Felipe, con menos
experiencia que su padre, o quizá porque, como dice Pilar Eyre, "es un
rey de derechas", recurrió a sus vestiduras, a la naturaleza
semilitúrgica de su magistratura, como diría Georges Duby, exigiendo en
Barcelona sometimiento. Como Alejandro en su conquista oriental, cuando,
ebrio de soberbia, exigió proskynesis a sus pares, es decir, hincar la
rodilla, con lujo persa. Aquello acabó y, luego, disolvió su imperio.
Pero esto no es Persia, es una democracia, a los rivales democráticos no
se les somete con rituales de poder, y menos, a las autoridades
democráticas representativas del pueblo.
Cuando los
oblatos dinásticos se lanzaron, sabían que el rey se había excedido. Y
por eso, esgrimieron nuevos argumentos. Era un golpe de estado, decían;
era su 23F , su legitimación definitiva, tal hizo su emérito padre, como
la prensa empezó a sugerir , pero tampoco. Juan Carlos juró los
Principios del Movimiento Nacional, le hablaba a los suyos, insurrectos,
aunque sea una versión provisional a la espera de mejores datos. Felipe
juró la Constitución democrática y cuando habla, debe hablar a todos,
incluido los catalanes, a todos los españoles, monárquicos,
republicanos, independentistas o unionistas.
Desde la
corte se apresuraron a vestir al rey, saben que cuando se pierde el
carisma y la pompa la gente ve al rey desnudo. En democracia, cuando un
rey se excede de sus competencias tasadas, el rey está desnudo. Luego,
en vez de corregir, de explicarse, Felipe fue a Barcelona -tiene malos
consejeros y peores pajes-, no a ejercer de Jefe de Estado de una
democracia sino a ejercer de rey, con su pompa y boato. El rey, por
mucho que lo quieran vestir, ya está desnudo, por mucho que le montaran
un "Retablo de las Maravillas" en Barcelona, hasta con entremés a palos.
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