domingo, 6 de noviembre de 2016

No confundamos nuestra verdad

Publicada 06/11/2016 (Infolibre)

Debemos aprender a escribir la verdad con letras minúsculas. La verdad escrita con mayúsculas, conviene repetirlo una vez más, está siempre humillada a la mentira de los dogmas y los mandatos esenciales. La verdad como opinión propia, como perspectiva de la conciencia personal, aspira sólo a relacionarnos con el mundo de forma honesta, amparados en la voluntad de no mentir más que en la posesión de la certeza.
La actualidad está dominada hoy por unas cuantas mentiras. A la hora de opinar se puede mentir no sólo sobre el cadáver de la verdad, sino sobre el paisaje y el vértigo de las mentiras cotidianas. Mentir sobre las mentiras es una consecuencia lógica del torbellino, las prisas, las discusiones, las estrategias de defensa más superficiales, la tensión en el escenario político. Ese tipo de mentiras son muy peligrosas porque acaban manchando la verdad y desgastando sus argumentos. Del mismo modo que los dictadores y los criminales banalizan el mal, como denunció Hannah Arendt, nuestras discusiones pueden banalizar la verdad, convertirla en un latiguillo sin eficacia.

Esa es la sensación que he tenido en los últimos días con las declaraciones de Pablo Iglesias y Ramón Espinar sobre el poder manipulador de los medios de comunicación. Tengamos cuidado. No confundamos nuestra verdad.

Está claro que la falta de independencia de los grandes medios de comunicación es uno de los problemas más serios de la democracia. No se trata sólo de que el poder de la publicidad marque las informaciones sobre Coca-Cola, Repsol o El Corte Inglés. Lo más grave es que las élites económicas se han hecho con la propiedad y las líneas editoriales de los medios, humillando al periodismo en las redacciones y convirtiendo a los editorialistas en pistoleros de la tinta, dispuestos a desenfundar en cuanto reciben una orden. Algunos programas de televisión crean una realidad virtual capaz de sustituir hasta el aire que respiramos.

La semana pasada daba pena mirar el cielo de Madrid. Uno se acercaba a la ciudad y veía una mancha espesa de contaminación sobre los edificios y las personas. El ayuntamiento tuvo que reaccionar ante unos índices de veneno peligrosos para la salud. Entonces la noticia del gallinero mediático no fue que los madrileños estaban respirando basura, sino que una alcaldesa podemita quería atentar contra la libre circulación de los coches.

La manipulación es tan grave que no podemos permitirnos el lujo de banalizarla y convertir la protesta en un latiguillo desacreditado. Creo que eso es lo que sucede con reacciones como las provocadas por el asunto del piso de protección oficial vendido por Ramón Espinar. Un político no tiene por qué ser un santo, con un pasado sin tacha, virgen hasta su noche de bodas con el bien común. Basta con que defienda un programa honesto y hable sin voluntad de mentir.

Según las informaciones que tenemos, parece ser que Ramón Espinar creció en un ambiente cercano a los hábitos de la especulación propios de la España del pelotazo. Sin violar la ley, se podía sacar un dinero poco digno en la compra y venta inmobiliaria. Es fácil dejarse arrastrar por esa inercia cuando se es poco más que un adolescente. Ahora, cuando ya no se es –o no se puede ser– un adolescente, resulta necesario hablar con honestidad, asumir que fue un error propio de la época, que sus ideas han cambiado con la madurez y que por eso defiende un modo de vida distinto. No hace falta siquiera que un hijo eche la culpa a un padre. Esos silencios se entienden.

A ver si nos entendemos: mis ideas políticas sobre la vivienda y el mal de la especulación tienen mucho más que ver con las ideas de Ramón Espinar, aunque se especulara con su firma cuando tenía 20 años, que con las ideas de muchos militantes del PP hoy en el Gobierno, aunque no hayan especulado nunca. Y de lo que se trata no es de contar vidas de santos o de alabar a gente que siempre estuvo en posesión de la verdad, sino de construir una alternativa política seria, capaz de derrotar a los especuladores.

En ese proyecto es importante tener las ideas claras contra la especulación. Creo que Ramón Espinar hoy las tiene. También es importante denunciar la manipulación mediática que sufre la sociedad. Por eso no podemos permitirnos el lujo de banalizar esta manipulación. No podemos escudarnos en ella cuando se hace público un error propio. Decir la verdad y explicar las cosas de forma honesta es más útil que echarle la culpa al Grupo Prisa de todo lo que nos pase.

Y lo que vale para los políticos debe valer para todos los demás, por ejemplo, para los colaboradores, lectores y comentaristas de infoLibre. Me gusta leer los comentarios de los artículos publicados porque aprendo, conozco una realidad más amplia y abro las perspectivas de mi mirada. Me entristece que en ocasiones se generen banderías, leyes del embudo y ruedas de molino. Un periódico no es independiente sólo por criticar al PP y al PSOE y no está vendido al sistema por definición cuando critica algo que afecta a Podemos. Se trata de no cerrar los ojos, de procurar no mentir, aunque a veces eso obligue a pedir perdón con honestidad sin entrar en el juego peligroso de mentir con verdades o con medias mentira.
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.Gracias, GªMontero por estas reflexiones, como siempre, tan ricas y jugosas. No sé si algún día sabremos la verdad completa acerca de todo aquello que desconocemos y se nos escapa. Lo que está claro es que cuando se sabe la verdad sobre algo no demasiado importante, que quedó atrás irremisiblemente en el tiempo, lo que de verdad importa es que si aquella verdad fue una infamia no se vuelva a repetir más y si no tuvo trascendencia ni perjudicó a nadie, es una pérdida de tiempo y de energía dedicarle tanta inquina. Los castigos con perverso efecto retroactivo no son más justicia que venganza, sobre todo porque casi nunca ya la persona castigada es la misma. Y la venganza es un recorte gigantesco a la evolución, a la inteligencia, al civismo y a la dignidad de quienes la ejercen mucho más que a la dignidad de quienes la sufren.
Quienes han trabajado y trabajan en la reinserción social saben muy bien cuánto daño hace la "justicia" retroactiva, cuánto destrozo comete la ley aplicada en plan Talión. Un chaval a los quince años, por ejemplo, robó una bicicleta, pasa el tiempo, el muchacho está acabando con éxito sus estudios de mecánica, de magisterio o de administrativo, ya solo le quedan un par de exámenes y hasta tiene a la vista la posibilidad de un trabajo en cuanto acabe, incluso a veces ya tiene un trabajo y una familia que depende de él, pero llega esa denuncia añeja, que ha estado vegetando en algún archivo polvoriento de juzgado en atasco, que le parte la vida por la mitad y ¡zas! de repente le llega una orden de ingreso en preventivos en la prisión provincial. Esa persona no es la misma, esa persona, puede ir a juicio tranquilamente y llegar a un acuerdo abonando al perjudicado  de entonces el precio de la bicicleta y si se ve necesario, también una multa retroactiva para compensar el daño de entonces. Con toda seguridad, es mucho más dañino destrozar la vida entera y el futuro de una persona demostradamente válida que para la víctima de ayer, haber haber perdido una bici hace años. Igualmente para la sociedad es mucho más nocivo y costoso aumentar la población reclusa con el deterioro de una vida (y a veces varias vidas de la familia) ya rehabilitada e integrada socialmente, que solucionar con verdadera justicia un caso así. Dice el derecho romano que summun ius summa iniuria est. Que la justicia aplicada con rigor extremo es en realidad  la mayor injusticia que se puede cometer. Y en esas anda la rabia vengativa, ésa que disfruta con el mal ajeno más que con el bien propio. Una tara social más en la agenda de la deseducación española, que llama 'valores' a la clase de religión y quita del programa de estudios la filosofía de la que la ética es un fundamento esencial. Y sobre todo, que adolece de ejemplos prácticos y visibles en la vida diaria, privada y pública, como orientación y aprendizaje, que en definitiva es lo que educa de verdad. El perdón social debe acompañar, precisamente por justicia, al arrepentimiento,que como la capacidad honesta de dimitir, es un valor muy importante y necesario para la salud social, y no una humillación. De momento aquí no cambia nada. Pobre España, cuánta cutrez y qué pena da esto. 
Hay tanto que hacer que no nos podemos permitir el lujo del lamento paralizante, así que ánimo y a tirar adelante, que Zamora no se tomó en una hora.

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