Si se cruzan por la calle a alguien que arrastra los
pies, lanza suspiros desgarradores y lleva la mandíbula apretada como
un Pedro Sánchez en la tercera fila, no se lo piensen: péguenle un buen
abrazo, que es un militante del PSOE y necesita cariño.
No digo nada si además tienen un amigo de esos que hace treinta y tantos años exhibía (él o sus padres) un póster de José Ramón en
la pared de la salita; de esos a los que todavía se les pone la piel de
gallina cuando oyen la musiquilla de la campaña del 82 ( "Nanaaaá, nananana, nanananaáaaaa…"). A esos supervivientes me los aprietan y no los suelten en todo el puente, no sea que hagan alguna locura.
Incluso puede que usted mismo sea uno de esos, de los
que llevan tres o cuatro décadas cabreándose con el PSOE pero siempre
acaban dándole otra oportunidad; o uno de tantos que van y vuelven, los
que dejaron de votar a González en los noventa pero se reengancharon con
Zapatero-no-nos-falles, pasaron de largo de Rubalcaba y este año
dudaron con Sánchez hasta el mismo momento de coger la papeleta.
Si es su caso, además de acompañarle en el sentimiento le recomiendo
mucho deporte endorfínico, un maratón de comedias con sofá y mantita; y
que no vean las noticias, ni por supuesto el debate de investidura, que
se les va a hacer muy largo.
Ya sé, no es la primera
vez que el PSOE decepciona a sus militantes, entre los que conozco mucha
gente valiosa y muy por encima de sus dirigentes. Ayer un imprudente
Antonio Hernando se lo recordó a los suyos: OTAN de entrada no, la
ruptura con UGT, la brutal reconversión industrial, y podía haber
seguido la lista hasta agotar su turno de palabra, que los últimos
cuarenta años han dado para mucha decepción.
Que en momentos tan difíciles para los militantes, su portavoz en el
Congreso eche más sal en la herida, incluso en las viejas heridas ya
cicatrizadas, es una forma extraña de reconciliarse con ellos.
Donde Hernando dijo "el tiempo nos dio la razón", debería haber dicho
"los militantes y votantes nos acabaron perdonando". Los socialistas
tienen larga experiencia en elaborar duelos, pasando en cada ocasión por
todas las fases de un duelo:
negación ("no puede ser que el PSOE apoye seguir en la OTAN"), enfado
("están traicionando al sindicato hermano"), negociación ("no sé, igual
lo de la reforma de pensiones no es para tanto"), dolor ("es lo peor que
ha pasado en 130 años de historia"), y por fin, aceptación ("ya no
tiene remedio, pero no les vuelvo a pasar ni una").
Quizás ahora esperan de ellos un proceso igual, que completen el duelo
de la abstención tarde o temprano: negación ("no me puedo creer que
acaben dejando gobernar a Rajoy"), enfado ("estoy avergonzado, pienso
romper el carné"), negociación ("es verdad que sería peor ir a terceras
elecciones"), dolor ("el PSOE está muerto"), y al fin aceptación
("bueno, pero haremos una oposición feroz").
¿Es
comparable la actual decepción con las anteriores (en las que, por
cierto, el PSOE no tenía un competidor que le empatase en la izquierda)?
¿Tiene la castigada militancia capacidad de encaje para un sapo tan
grande y amargo?
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