lunes, 31 de octubre de 2016

Reflexiones prêt-á-porter





He encontrado en Público el artículo que antecede a este post. Es la entrevista a un filósofo que acaba de publicar un libro más de su repertorio. La filosofía, entre otras muchísimas utilidades, tiene la virtud de ser una buena herramienta terapéutica, pero que también reducida y entendida como simple y a la vez complicado oxímoron comecocos, puede convertirse en un fármaco peligroso y en una tortura íntima y con muy mal pronóstico, como ya describía en la antigüedad  clásica Terencio en su comedia Heautontimoroumenos (El atormentador de sí mismo), según estén las defensas del paciente. Sobre todo cuando éste se automedica filosóficamente a su aire, en plan Alonso Quijano y se pone en riesgo de salida incontinente de pinza a tutiplén.

Por ejemplo, en este caso, que he considerado paradigmático y digno de observación y estudio, para aprender del prójimo lo que nos puede ocurrir si nos perdemos en el bosque de la depresión camuflada de actitud-pose  existencial por el camino de la búsqueda, considerando que 'perderse' es también una forma de encontrarse y llegar a la meta vital de la comprensión e integración del sentido y la existencia -que tantas veces van por libre y divorciadísimos-, no como una etapa más o estado pasajero, sino como el alcanzar y construir algo que aún no está hecho: un nuevo plano experiencial donde nuestras contradicciones integradas en el ser nos humanizan y nos permiten comprender e integrar también las contradicciones del Otro, del nos-otros, algo que es imposible lograr sin integrar paralelamente en uno mismo la propia sustancia contradictoria, siempre cambiante y susceptible de modificarse por la adaptación evolutiva a un medio que puede cambiar también al mismo tiempo que cambiamos y somos factor   de cambio para el entorno social y biológico. 

El equilibrio y la salud racional-física-emotiva, no depende solo de asumir dolores insoportables como normalidad, sino de conseguir un entendimiento entre los tres planos de nuestro sistema vital, donde es imposible cohabitar con todo si las tres naturalezas básicas que somos se llevan a matar entre sí y solo se reconocen en el combate a muerte para que una de las tres se haga con el poder, machaque y silencie a las otras dos. Un descontrol antidemocrático y extremista dentro de uno mismo, que luego se refleja en las conductas e incompatibilidades de lo que el entrevistado llama "politización". Así este pobre y dolorido filósofo que ha somatizado tal penuria -según su relato- durante años y años, ha llegado a la conclusión de que lo único que le alivia es odiar la vida para, inexplicablemente, seguir viviendo. Una contradicción sublimada en norma cotidiana autolesiva. Un suicidio a cámara lenta con el masoquista regodeo de una introspección constante y desconsoladora. Odiar la vida es morir y no sólo en sentido figurado, es un suicidio por goteo. 

Para este tipo de filósofo no hay esperanza por ningún lado. Ni piedad para sí mismo,-seguramente tampoco le quede para los demás- echando pestes del capitalismo salvaje, con su actitud, lo está reivindicando y fortaleciendo constantemente como 'dios todopoderoso' y sistema irreversible, demiurgo factotum al que le está dando todo el poder para quitarle las ganas de vivir y acrecentarle el deseo de exterminio, tal actitud le impide valorar el poder que tiene en su interior completamente autobloqueado por las falacias capitalistas que se han convertido en la factoría de su mal oscuro mediante la odiopatía bolita a bolita, gota a gota. A ese odio original le ha entregado su potencial para la  esperanza de materializar las aspiraciones mejores boicoteándolas ya en su estado inicial. No hay más efectivo boicot para la felicidad que cifrarla en lo que encontramos o no encontramos fuera de nosotros. La felicidad y el bien estar somos nosotros mismos, no está cifrada en lo que nos pasa ni en  lo que poseemos, sino en cómo decidimos vivir libremente lo que nos pasa y gestionar sabiamente lo que tenemos o la carencia de lo que nos falta. 

Creer que la filosofía es una medicina si la mente que la piensa y la emoción que la siente están enfermas de inmadura egopatía gravis, es un error que se suele pagar muy caro, aunque se escriban muchos libros, se den conferencias por todas partes y una vaya por el mundo de timonel ciego para tuertos. Precisamente, tras la extinción de la lucidez en casi todas las tribunas eruditas y, tantas veces vacías de sustancia nutritiva, ese síndrome nihilista camuflado de lagarterana se revela de una inutilidad fastuosa y hueca. Pompa y circunstancia. Como existencialismo sartriano se ha quedado sin fuelle.Como cinismo Lacanista es puro desinfle. Como réplica al vitalismo de Nietzsche y Deleuze, más bien una réplica refunfuñoña sin más.  

Está muy bien usar la filosofía como aspirina del alma dolorida, pero si no no sirve para descubrir las verdaderas causas del dolor...y todo se reduce a lo de siempre: la responsabilidad es del mundo y sus males que nada tienen que ver contigo que eres una pobre víctima del destino cuyo único recurso es el cabreo en vena, y también esa responsabilidad es de 'los otros' que no te permiten crear el mundo ideal para todos según tú, la verdad es que no se avanza en nada más que en una frustración self made cada vez mayor, que tarde o temprano cuaja y se materializa en síntomas y somatizaciones que terminan en enfermedad.

Una cosa es evidente:un mundo enfermo está compuesto por una mayoría de enfermos que se empeñan en modelarlo, cada uno y cada grupo a su imagen y semejanza. Lo primero para sanarse sería reconocer este planeta como un gran hospital globalizado donde los médicos sanos lógicamente son minoría, como en todos los hospitales, y los enfermos multitud. La disparatada particularidad es  que este hospital-manicomio no se reconoce como tal, y no sólo eso, es que los enfermos son los médicos y cada uno tira hacia la importancia máxima de su mal para hacer de su enfermedad el sistema sanitario regulador del centro de "salud". Así es imposible que nadie pueda curarse a no ser que se salga a escape del hospital y pueda ver desde fuera lo que hay y decidir libremente si entrar y que sea lo que dios quiera, como viene sucediendo desde siempre, o tirar para adelante con la responsabilidad de sí mismo y del trozo de sociedad y de mundo que tiene más cerca, pero sin agobiarse,sin desesperarse, sin mesarse los cabellos ni rasgarse las vestiduras, porque además de ser muy desagradable, incómodo e insoportable como modus con-vivendi, es estúpidamente inútil y autodestructivo. Y nada hay autodestructivo que no sea también contagioso en el ánimo y en la salud colectiva.

Hay una cosa interesante en las respuestas del filósofo: que por lo menos vislumbra la diferencia entre objetivo y subjetivo, aunque de momento, al menos en su conversación, no quede muy clara esa diferencia, pero como cita queda muy bien. Lo que se percibe, precisamente, en su discurso es lo contrario, que su subjetividad condiciona tan por completo la visión objetiva del conjunto y le impide la objetividad, hasta describir e identificar nada  menos que el 15M según sus estados de ánimo y descalificar la riqueza sectorial del movimiento social y político porque se le preguntaba cuando llegaba, y justamente, para hacer práctico el trabajo, en qué sector asambleario le interesaría participar en cada jornada, como si la posibilidad de hacerlo en concreto y cada vez en un sector e interesarse por todos, si así le apetecía, fuese una limitación a su libertad o una aporía irresoluble que hiciese  incompatible absolutamente la dedicación a un tema particular con la capacidad catártica de la indignación anónima y plural como motor legítimo de las tareas en común. A veces es tan fácil perder el oremus, que hasta parece que no sólo no se ha perdido sino que se tuviese en propiedad por oposición como los funcionarios. Y luego estas mismas actitudes son las que critican la dinámica sectaria y dogmática de los partidos políticos que también manipulan la indignación y la convierten en el remake del código de Hammurabi. En fin...

Es muy lícito escribir libros contando las peripecias personales más oscuras, tristes, desanimantes, desesperadas y tenebrosas, por supuesto, lo que no parece muy sano ni muy ético ni liberador de conciencias como mejora de la salud social es utilizar al prójimo como sofá del psicólogo y bolsa be basura psicoemotiva y marcarse un psicoanálisis volcando sobre el lector las miserias íntimas que no se saben reciclar y cobrando por hacerlo en vez de pagar a un especialista. 

Es cierto que la cúpula y aparato de Podemos se basan en el cinismo pseudopolítico para manipular poder, pero también es cierto que no todo Podemos es esa cúpula y que la parte de 15M y anticapitalistas que cooperan  en ese partido sigue siendo sana y limpia de intenciones y logros, y que desde concejalías, alcaldías, diputaciones y CCAA, lo mismo que la CUP y los movimientos territoriales, están haciendo como ciudadanía por el cambio mucho más que filósofos como éste, que incapaces de aclararse con su propia historia y mirando su enorme ombligo son como aquel personaje de la parábola evangélica que por miedo a perder un pequeño capital y no invertirlo para hacerlo crecer,  lo acaba perdiendo. 

La terapia más eficaz para curarse de los propios yuyus y patologías no es solo hurgar sine die en la alcantarilla propia, porque siempre se encontrarán motivos para el ensimismamiento, la huida hacia la nada y la neurosis correspondiente a tal estado patológicamente centrípeto, sino sobre todo comenzar a olvidarla y ver más lejos, más allá de nuestras pobrezas y limitaciones, especialmente cuando te haces consciente de que hay miles de personas en tu ciudad, en tu barrio y hasta en tu calle, y  puede que hasta e en tu propia casa, que sufren mucho más que tú, que hay peña sin techo, sin trabajo y sin tierra que pisar bajo sus pies, problemas de dimensiones globales que no resolverás ni tú ni el partido más implicado y capaz, pero que sí podrás atender, escuchar, compartir, co-gestionar lo cotidiano, acompañar, ofrecer un poco de tu tiempo y de tu espacio, de tu empatía si la tienes (y si no ¿qué mejor ocasión para desarrollarla?) y de lo que te sobra, para que crezca la humanidad y el cariño fraterno entre sus miembros, además de ser un deber solidario, también sería un regalo: la terapia más eficaz para tu cansancio crónico, Santiago, filósofo. El verdadero sentido y función de la filosofía es descubrir la fuerza inagotable y taumatúrgica del amor. Más allá del eros, y un poco más alto que la philía: el ágapè. El amor que compartiendo el mismo espacio, el mismo tiempo y el mismo interés alimenta y nutre, con-vive,con-voca,com-parte. El Banquete, nos diría Platón sin dudar, si anduviera por twitter. Si se quiere vivir algo de verdad interesante no hay nada más adecuado y que enganche a tanta hondura.
Te puedo asegurar, por experiencia directa, que el ágapè hace prodigios. Su primer milagro es ayudarnos a mandar a paseo a nuestro ego controlador, juez implacable, puñetero tiquismiquis imposible de contentar con nada, barrera obtusa para la eudaimonía, y maníaco hegemónico universal, el origen de todos nuestros males y disturbios.
Ah, y si además de ese tratamiento, te vas a disfrutar tus libros a los parques, al campo o junto  al mar, y cuidas algunas plantas cada día, sanación asegurada.

Te puede confirmar todo esto un autor como Dominique Lapierre. Hace la tira de años le desahuciaron por un cáncer galopante, y en vez de hundirse y envenenarse con fármacos letales, dejó todo y se fue a la India con la decisión de morir de pie atendiendo en los suburbios de Calcuta a los que estaban mucho peor que él. A los seis meses volvió a Francia, fue al médico y no había ni rastro del cáncer. Su siguiente libro se tituló La Ciudad de la Alegría. Y su vida dio un giro copernicano. Pero, claro, primero abandonó el hospital del egoísmo globalizado y en él a su ego enfermo de sí mismo.

Salud y República!

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