Se quedaron fundidas las estrellas
en el toldo sereno de la noche.
Y la simplicidad
de una viola de gamba,
se hizo cargo del mundo
en un instante. Un hombre solo
bajo la luz de un foco minimal
que se despliega
y de repente
el universo danza.
Y todo en un chispazo
de otra luz. Desconocida
y sin embargo hermana.
Allí. Frente a la estatua
desde la que Luis Vives
temblaba en el fulgor
de cada nota.
Qué música, maestro.
Qué ejercicio de amor
en cada trazo
del arco en cada cuerda.
Qué silencios
de suave envergadura
sobre el cuerpo del alma.
Marin Marais
empapando los arcos en el patio
y el claustro de las sombras
puerta a puerta.
Y acabando, la nana
mientras daban las doce
y el mar acariciaba
la Bretaña.
La historia, un pentagrama
sonando en cada muro,
abriendo cada libro
sellado por las horas
y sus tiempos;
hundido en cada piedra
el sello de la música callada.
En momentos así,
cuando escribir
resulta tan al margen
y tan chico,
no queda otro remedio
que echar mano
de Fray Luis de León,
experto en andaduras
y en ordenar en paz
los pedazos de luz
que se cruzan un día
en un lugar cualquiera,
en la ciudad de todos
que es la vida.
(Valencia, 5, VII, 2016)
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