Anoche soñé que volvía a Manderley –decía Joan Fontaine, sobre un onírico tremolando de los violines, al comienzo de Rebeca. Yo anoche soñé que era guía en el Museo de la Corrupción y se lo mostraba a un nutrido grupo de turistas.

–El Museo se creó hace diez años, en la época en que empapelaron a Urdangarín –les explicaba yo en el sueño–. En España, pensábamos que al caer el yerno del Rey, se acojonaría todo el mundo y la corrupción desaparecería. O al menos, que se convertiría en algo residual. Por tanto, era necesario recordar de algún modo a las generaciones venideras la casa de putas que había sido este país.  Lo cierto es que no ha sido así. La corrupción continúa y el Museo se enriquece cada día con nuevas piezas. Ya hemos visto algunos objetos notables: el uniforme de la empleada del hogar a la que los exDuques de Palma pagaban en negro. La escobilla del váter de Jaume Matas. El triquini de Enrique Ortiz. Y ahora, acérquense, les presento la última pieza que se ha incorporado a nuestra colección.

El grupo de visitantes se arremolina curioso en torno a un extraño artefacto, con aspecto de fotocopiadora de bolsillo.

–Es la máquina de contar billetes del Emérito –les explico–. La Casa de Su Majestad el Rey nos la donó la semana pasada, en un intento más de desmarcarse de las prácticas corruptas de Juan Carlos I. Como diciendo: esto es tan viejuno que ya está en un museo.

Una señora se aproxima a mí en compañía de su marido ciego, que la coge del brazo, para no tropezar con los objetos que abarrotan la sala.

–¿Puedo tocarla? –dice el invidente–. Si no, no me hago a la idea.

Le digo que sí y mientras el ciego palpa el artefacto, sonríe pícaramente con las explicaciones que le voy dando. Me percato de que está viviendo el momento como si él fuera el monarca corrupto y no el pobre contribuyente al que el Xrey le tangaba dinero mediante evasión fiscal.

–La máquina está conectada a la red en horas de visita. Es la única manera de que el público aprecie lo sofisticada que es. Puede contar hasta mil billetes por minuto.

Saco un fajo de billetes del bolsillo de mi casaca roja de guía y le pregunto al ciego si quiere introducirlos él mismo en la máquina.

–¿No me pillará los dedos? ¡Los necesito para el braille!

Risitas en el grupo. El tipo es muy salao.

Las ganas son más fuertes que el miedo y sin esperar a que yo le dé garantías de que no le va a pasar nada, el ciego deposita el fajo en la bandeja de entrada.

¡FRRRRRRRRFFFF!

En apenas unos segundos, y gracias a un sensor incorporado, la máquina cuenta los 50 billetes de 50 euros y los deja caer en la bandeja de salida.

–¡2.500 euros! –digo al grupo–. Y son auténticos. ¿Saben por qué? La máquina detecta los billetes falsos, y si introdujera dinero de mentira, no podría hacer la demo. Se detendría automáticamente.

El murmullo erotizante que produce la contadora de billetes, sumado a la certeza de estar en presencia de un auténtico pastizal, provoca un ooooooh de admiración en mi rebaño de turistas.

–Están Vds en presencia de la Manguis M30, el Rolls Royce de las contadoras de billetes –les explico a los visitantes–. A pesar de lo perfecta que es, el Emérito no quedó contento. Quiso customizarla y exigió al fabricante un extra, para sentirla como suya. ¿Ven Vds. este pequeño botón de aquí, con un altavoz dibujado en la superficie? Es un añadido. Voy a pulsarlo y a reintroducir los billetes en la bandeja de entrada, ya verán lo que ocurre.

¡FRRRRRRRRRRRF! –vuelven a hacer los billetes.

Y al caer el último, sale de la máquina una voz, que todos reconocen como la de José Mota, el moreno de Cruz y Raya.

–¡A la saca! –dice la máquina.

Mis turistas aplauden, como si hubieran asistido a un número de circo.

Es hora de continuar la visita guiada. Falta aún mucho por mostrar: el móvil desde el que Rajoy envió el Luis, fuerte, hacemos lo que podemos. Los trajes de Camps. Una maqueta del puente bilbaíno de Calatrava donde se hostiaban los turistas…

El Museo de la Corrupción. El Prado de la sociedad putrefacta que sigue siendo España.