martes, 24 de septiembre de 2019

Podemos no tiene un problema. Podemos ha convertido en problema lo que nació como ilusoria solución, que en aquel entonces parecía al alcance de la mano, subida a la chepa del 15M. Lo chocante es que quienes han estado defendiendo sus destarifos hegemonistas desnortados como ofertas de cambio de la roña pasada al new deal sofístico y vacío del paripé presente, ahora lo pongan a escurrir. Si Podemos ha llegado a estos derroteros, algo tienen que ver en ello quienes en vez de pararles los pies con lucidez y argumentos ajustados a la realidad, les aplaudieron y jalearon sin pararse a mirar a qué aplaudían. Ahora la política española que ya es un problema gordísimo en sí misma, no debería lavarse las manos del problema Podemos, ella misma es la madre del gran problema. A una democracia de verdad no le crece un podemos en el corral, porque no tiene corrales, sino huertos y jardines donde caben todos y todas, donde la mayoría ya ha dejado de depredar animales: es políticamente vegetariana e inofensiva en lo posible


Podemos tiene un problema



Haciendo bueno aquello de que no hay mejor cuña que la de la misma madera, Iñigo Errejón está en disposición de hacer un roto considerable a Unidas Podemos, un barco del que empiezan a saltar al agua coaligados y confluencias y cuya degradación estructural afecta ya  a los propios cimientos de la formación de Pablo Iglesias si es que alguna vez los tuvo. La antigua máquina de guerra electoral que tantas batallas ganó puede devenir ahora en una escopeta de feria sin perdigones.
Las últimas elecciones municipales y autonómicas ya retrataron al aguafuerte la extrema debilidad, cuando no el desastre, al que se enfrentaba Podemos. Sí, Errejón les comió la tostada en Madrid pero la crisis era generalizada. El partido se volatilizó en Castilla-La Mancha, Cantabria y Extremadura, cabalgó hacia la insignificancia en Navarra, Murcia y Castilla y León, se precipitó en caída libre en las grandes ciudades que antes habían sido sus joyas de la corona y se mantuvo a duras penas en el resto gracias a unas alianzas que ahora están en cuestión.
Irónicamente, el principal sostén de la coalición es Izquierda Unida, donde se lleva tiempo pidiendo una nueva relación con Podemos y que no dudará en asestar la puntilla al invento cuando la ocasión lo requiera. Los de Garzón manejan la idea de que es imprescindible la refundación del espacio político que ocupan y en condiciones bien distintas a las que se sometieron cuando les fueron alquilados los sótanos del deslumbrante rascacielos que llegó a ocupar Podemos. Dotados de la organización que a sus socios les falta y acostumbrados a interminables travesías del desierto, hoy están en condiciones de pedir las plantas nobles del menguante edificio y hasta un ático con vistas si el estado de la cubierta lo permite.
A falta de que se concreten las plazas en las que Errejón presentará lista, una minuciosa selección con la que tratará de evitar que los efectos de la ley electoral le haga pasar por el perro del hortelano, los movimientos de las últimas horas ya avanzan las dificultades a las que Iglesias se enfrentará para mantener los resultados de abril o, al menos, contener una más que previsible sangría. Compromís ya ha elegido al chico alto y con gafas como pareja de baile en Valencia; Equo hará lo propio pasando por encima de su fundador López de Uralde; y En Marea le ha abierto la puerta de par en par en Galicia con Carolina Bescansa en el quicio montando guardia. Mientras, se anuncian negociaciones con Més per Mallorca, la Chunta Aragonesista y hasta con Nueva Canarias. A ello se suma la amenaza de implosión interna en Andalucía, donde Teresa Rodríguez trata de imponer su propia marca electoral en la que pretende incluir a los errejonistas de la comunidad. El enemigo en casa.
Podemos se entretuvo tanto en asaltar los cielos que se olvidó de poner sus pilares en tierra firme. A día de hoy es un rótulo y una cara en los carteles, poco más. Se puede culpar a Errejón, pero ello no resolverá el problema de fondo: no se puede reconstruir lo que no estaba construido.

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