jueves, 12 de enero de 2017

Los republicanos eran "los buenos" y los franquistas "los malos"













Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe
Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe

La noche de Reyes murió un hombre bueno. José Alcubierre pasó cuatro años y medio en el campo de concentración nazi de Mauthausen, donde vio cómo su padre, Miguel, era asesinado. Nunca fue reconocido como un héroe por el país que le vio nacer. Ni él ni los miles de compatriotas que, por defender la libertad, acabaron en el peor de los infiernos creado por el ser humano. José murió como todos ellos: olvidado e ignorado por su Gobierno, por sus políticos, por su país. José era español.
Mientras el niño prisionero de Mauthausen fallecía en el exilio francés, en esta España de Indas y Marhuendas conocíamos el contenido de dos discursos reveladores. Una alcaldesa y un diputado autonómico del partido que gobierna España, gracias por cierto a los votos del PSOE, elogiaron la figura de Franco durante una cena organizada por la fundación que lleva el nombre del dictador. Mientras ella pedía un aplauso para "el mejor jefe de Estado español del siglo XX", él se enorgullecía de que su hijo de 14 años rebatiera "a su profesora comunista" diciéndole "que con Franco en España había orden".
Estos hechos, el olvido del héroe y el aceptado ensalzamiento del asesino, demuestran lo que realmente pasa en nuestra querida España. Si hoy seguimos así, sin resolver el problema de Historia y de Memoria que tiene este país, es, entre otras cosas, porque los demócratas no hemos hablado con la suficiente claridad. No lo hicimos durante la Transición porque el aparato franquista tuteló ese proceso y lo condicionó con la permanente amenaza de acabar con él mediante su método favorito: el golpe de Estado. Y no lo hemos hecho durante los 40 años de democracia porque vivimos tan acomplejados que acabamos comprando el discurso de los herederos del dictador.
Solo así se entiende que una mayoría de los españoles mantenga una absoluta equidistancia entre víctimas y verdugos, es decir, entre quienes defendieron la democracia republicana y aquellos que acabaron con ella gracias al apoyo de Adolf Hitler. De aquí es de donde surgen todas las anomalías y los anacronismos que avergonzarían a cualquier país civilizado. Somos la nación del Valle de los Caídos, de las calles y estatuas dedicadas a asesinos, de "periodistas" y políticos que defienden públicamente a un maldito dictador.
Nunca es tarde para empezar y el paso más importante es reivindicar intelectualmente lo que debería ser obvio y que, sin embargo, en nuestro país suena casi revolucionario. Lo diré sin matices, con un lenguaje infantil que resulta muy necesario en este caso: los republicanos fueron "los buenos" y los franquistas "los malos". Hasta que no asumamos como sociedad esta evidencia histórica, no dejaremos de ser un país democráticamente anormal.
Solo los neonazis y ultraderechistas cuestionan en Europa quienes fueron "los buenos" y quienes "los malos" en la II Guerra Mundial. El hecho de que los Aliados cometieran numerosas atrocidades, entre ellas los criminales bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagashaki, no hace que nadie cuestione la culpabilidad astronómica de Hitler y los suyos.
¿Se atrevería nuestro Rey a defender la misma impresentable equidistancia entre nazis y aliados que la que mantuvo entre demócratas y franquistas durante su mensaje de Nochebuena? ¿Osaría Felipe VI acusar a los descendientes de los judíos gaseados en Birkenau de querer reabrir heridas por intentar honrar la memoria de sus víctimas? ¿Haría Campofrío un anuncio navideño equiparando a un SS con una guerrillera de la Resistencia o con un seguidor del Bayern de Munich? ¿Emitiría Telecinco una serie humanizando a Heinrich Himmler? ¿Seríamos capaces de tener enterrado en un enorme mausoleo, cuidado por monjes benedictinos, a Adolf Hitler? ¿Toleraría nuestra Justicia una fundación que llevara el nombre del Führer?
Dicho todo esto vamos con los matices. Claro que es necesario analizar el periodo republicano, como todos, desde un rigor histórico objetivo alejado de cualquier idealismo. Claro que hubo "buenos" y "malos" en ambos bandos… Cerca de 50.000 personas fueron asesinadas extrajudicialmente durante la guerra en la España republicana. Es una cifra escandalosa e injustificable… como lo fueron los bombardeos aliados de Dresde o de Hamburgo. Y, sí, claro que hay que divulgar lo ocurrido en Paracuellos y en otros lugares donde se cometieron cobardes matanzas por parte de extremistas comunistas y anarquistas.
El problema para los nostálgicos del franquismo y para los cómplices del mismo, como parece ser nuestro Rey, es que los hechos históricos documentados nos alejan de la equidistancia. Dictadura frente a democracia; 150.000 asesinados por los sublevados frente a 50.000 por los republicanos; el terror, la muerte y la violación de mujeres como estrategia de guerra ordenada por los líderes golpistas frente a la actitud de los mandatarios de la República que intentaron controlar e incluso castigar los crímenes cometidos por sus exaltados; democracia, imperfecta pero democracia, con libertad, derechos sociales e igualdad frente a 40 años de oscuridad, crímenes de Estado, totalitarismo, machismo y miedo…
José Alcubierre fue un hombre bueno y Francisco Franco un asesino. Uno murió la pasada semana, olvidado en el exilio francés; el otro continúa enterrado en un gran mausoleo cerca de Madrid, tiene una estatua en Melilla y su apellido sigue presente en las calles y plazas de cientos de municipios españoles. ¿Somos o no somos una sociedad democráticamente enferma?


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Me tropiezo con este artículo y reconozco que me parece muy útil el encuentro, especialmente por lo que aporta a la conciencia, por la invitación a la reflexión seria y desapasionada; en estas ocasiones reconoces un movimiento del ánimo y de la mente, al unísono, tratando de distanciarse del remolino emocional que te suele arrastrar cuando te encuentras de cara con las injusticias de la Historia, así, en plan salte o rache. Simplificando los datos y los flecos de la realidad. La gran lección de nuestros males es comprender lo fatalmente que se pueden resolver  y desfigurar las situaciones cuando la ciudadanía no es protagonista verdadera de sus decisiones políticas y sociales. Cuando somos una especie de equipaje abandonado en la consigna del tiempo, del que solo se echa mano en caso de muchísima necesidad. Un residuo de la historia que nos vivieron pero que no vivimos nada más que en el peor de sus aspectos: la alienación, la manipulación, la ignorancia de párvulos deficientes y la gran mentira de siempre. España, como muy bien lo retrata Carlos Hernández en este artículo, es una caricatura grotesca y trágica de sí misma. El mismo título del artículo es ya en sí mismo una definición simplista y reductiva a 'lo de siempre', esa España terrible constantemente partida en dos, por el miedo y el odio. Por la pereza cognitiva y el afán de reducir todo a un par de ideas entre las que oscilar y con las que identificarse obligatoriamente, en un maniqueísmo devastador. De tal modo que la razón, la lucidez y el equilibrio de la inteligencia social y política nunca tengan cabida entre nosotros. Hasta el punto de que cuando se ha podido hacer un cambio político, social, educativo y cultural, económico y organizativo, ni se ha intentado; se han ido remendando los desgarrones con la misma tela de los rotos. 

La Transición era necesaria para salir de la dictadura y del secuestro de la conciencia colectiva, pero se quedó en el paripé de lo aparente: aires de libertad en la calle, desnudos integrales en los kioscos de prensa, el divorcio, los curas obreros, la legalización del PCE, todas la manifestaciones que hiciesen falta, volver a sacar la historia oculta pero con sordina, mordazas para no herir susceptibilidades de los bárbaros de ayer y muchos parches, con rencor pero sin valor, con "razones" pero sin compasión ni empatía social alguna ni en derechos ni en deberes. El rol eterno, tan hispánico, de víctima-verdugo, seguía como siempre. Así que lo mejor era hacer tabula rasa y dejar que los representantes de las víctimas se colocasen en el Parlamento por obra y gracia de un nuevo tiempo liberador y 'democrático', todo lo democrático que resulta para un campo de concentración, que le abran las puertas de repente, y que la cosa se quede ahí. De sobra saben los guardianes y estrategas del horror, que los prisioneros de larga duración sufren el síndrome de Estocolmo y nunca abandonarán ese antro, que para ellos es el único lugar que conocen, en el que incluso millones de internos han nacido. Y aunque abominen de ese sistema, lo tienen asumido como propio y lo reproducen ya sin darse cuenta. "Los malos siempre son los otros", vaya por delante y que quede claro. Nosotros (los de cualquier bando de que se trate) matamos poquito. Además matamos mejor y con más razones, no por gusto ni por hacernos los chulos, lo hacemos como un mal menor. 

O sea, que a estas alturas de  la película ni siquiera hemos sido capaces de comprender lo horrible que es matar, la decisión y la acción de matar, y que ese horror no se mide cuantitativamente. Asesinar a un ser humano, a uno solo, no es menos grave que asesinar a un batallón. Hasta la ética y la humanidad las hemos desfigurado a lo largo de nuestra repugnante historia para ir acomodando las justificaciones y los soslayos ajustables, como ahora mismo, por ejemplo, con el caso de las víctimas del Yak. ¿Qué ha pasado en el pp, para qué Cospedal de repente haya desarrollado conciencia, cuando siendo presidenta en Castilla-LaMancha dejó morir por falta de atención a cientos de dependientes sin recursos, sin acusar el más mínimo rasgo de compasión? ¿Qué milagro ha hecho cambiar de golpe las razones y convicciones del Ministro de Justicia? ¿Acaso en el pp la gente madura de golpe y porrazo, tras décadas de animaladas y desvergüenzas a tutiplén? Posiblemente todo consista en que se está gobernando en minoría y hay que hacer lo que sea, hasta fingir milagros para no perder el chollo. Y hasta se han desarrollado eufemismos para los genocidios: se puede ser genocida bancario, legislador, jurista, ministro, presidente del gobierno y jefe del Estado sin que se note nada de particular. Todo se 'arregla' y se maquilla en los medios conniventes, en la imagen, en los gestos magnánimos a conveniencia. 
Es exactamente la apoteosis de la banalidad del mal que definió tan acertadamente Hannah Arendt. Uno mata desde el despacho, como si hiciese un acta notarial, de registro de la propiedad, o un balance del año jurídico o mercantil. Uno mata funcionarialmente, como diosmanda. Siempre con todos los requisitos y los papeles en regla. Como lo del Yak. Claro que tras el Yak llegó un ministro de defensa socialista que revolvió los armarios, un poquito nada más, y -según él mismo ha contado en la tele- para no molestar la idílica jubilación del jefe militar responsable, pues eso, que se calló, que para qué iba a decir nada a muerto pasado, ¿verdad?.  Es un ejemplo más de nuestra consistencia ética y política. 

Y ya no se trata de que en los años treinta, de haber estado allí, hubiésemos apoyado a los fascistas o a los demócratas; es nuestro error de base: clasificar por ideas y pertenencias entre buenos y malos. ¿Qué pasa cuando un "malo" rojo te salva la vida e incluso muere para que tú vivas? ¿Qué pasa cuando "malo" azul te acoge en su casa y te protege hasta el fin de la guerra para que no te hagan daño? ¿Qué pasa cuándo un "bueno" azul de comunión diaria, que está forrado te expropia tus pocas tierras de cuyo cultivo malvives, seduce a tu hija pequeña y te denuncia y vas a la cárcel y hasta te fusilan porque tus ideas eran de izquierda y tus tierras y tu silencio le venían de perilla para sus apaños? ¿Qué pasa cuando un "bueno" rojo te vende y te denuncia porque eso le da puntos ante su comité, por esa denuncia de te llevan al paredón? Por favor, no seamos tan incapaces. Dejemos de juzgar por estereotipos, de una vez por todas. Dejemos de llamar héroes y "buenos" a los prisioneros de los campos de concentración. Eran sólo víctimas, no se les puede además, exigir que sean héroes también. Un héroe es libre para elegir la heroicidad o la indiferencia o la villanía. Una víctima,secuestrada y aterrorizada, amordazada y humillada hasta llegar a creerse basura, no es libre para elegir la heroicidad o lo contrario, está fuera de su propia conciencia, alienada y desintegrada psicoemocionalmente, que es el peor de los daños posibles, y en muchos casos peor que morir. Recomiendo como imprescindible despertador de conciencias y ruptura de mitologías a distancia, la lectura de Se questo è un uomo de Primo Levi.Un documento autobiográfico de lo que fue soportar Auschwitz durante años en primera persona. Así se comprende y se dismitifican los tópicos para dar paso a la realidad, que a veces es muchísimo más cruda que el más atroz de los relatos.

¿No se pregunta Carlos Hernández por qué José Alcubierre no regresó a España cuando pudo hacerlo después del franquismo? ¿No se le ha ocurrido que tal vez no solo no se sentía en el exilio sino mucho más y mejor acogido que en su lugar de  origen, en el que es muy posible que se hubiera sentido ajeno, además de exiliado y no quisiera regresar a un lugar tan patético, si ya se sentía francés y mucho mejor tratado socialmente que en España? Nada que ver la Francia de la postquerra y años siguientes con la España de la transición.

Por supuesto que la recuperación y el conocimiento de la Memoria Histórica desde la escuela  es fundamental. Y que muchísimas lacras morales que padecemos en nuestra sociedad nacen de esa carencia. Pero añado que no es tanto un deber del Estado "aparato" como un deber y derecho  de la ciudadanía reclamarlo y potenciarlo, ella es el alma del hecho geopolítico comunitario, y por eso el Estado y sus poderes Judicial, Ejecutivo y Legislativo, tienen la obligación de hacer esa tarea, pero es cierto que nunca se hará si la base social no lo exige y no se pone a hacerlo, primero, con iniciativas por su cuenta, como parar desahucios o establecer iniciativas legislativas populares allí donde los gestores del Estado no saben ni contestan. El Estado es una herramienta inerte e incapaz de hacer algo bueno o malo por sí misma, es una máquina de organizar por decretos, no sabe hacer nada más; es la ciudadanía la que debe marcar los objetivos éticos y humanos para que sus portavoces, obedeciendo y no mandando, los lleven a los parlamentos. Pero aquí sucede al revés: la peña social espera a que le digan qué tiene que reclamar y cómo debe hacerlo y si nadie lo hace desde "arriba", ella tampoco, que para eso paga impuestos... Y eso nunca lo hará el Estado porque iría contra la lógica y el sentido opresor 'natural' que infecta de soberbia, ambición y ceguera a la casta que elige como "carrera" el poder a sueldo de los pueblos, más que el servicio al bien común.

Es posible que, visto lo visto y sufrido lo sufrido, José Alcubierre hubiese decidido no volver nunca más de un exilio, que tal vez para él no lo era tanto, a lo mejor hasta era una liberación. Y estaba en todo su derecho de hacerlo.
Precisamente la eterna división teórica entre "buenos y malos" suele ser la causa de todos los exilios y destierros, de la degradación y devaluación del simplista concepto "patria". Como si vivir en el lugar en que has nacido fuera ya por sí mismo el gordo de la lotería o la panacea absoluta y no un vicio prejuicioso,capitalista y primitivo, que te condiciona hasta la libertad de elección sin tener nada que ver ni siquiera con los genes, que tampoco son para tanto, pero que tienen connotaciones más contundentes que la geografía, sino con los dogmas territoriales y las etiquetas. Dice el refrán que no eres de donde naces sino de donde paces. Eres de donde te encuentras bien, respetada, acogido, comprendida, no estigmatizado ni calificada por motes, juicios por adelantado, chismorreos y sambenitos, donde puedes ser tú misma/o sin que te despellejen si no les gustas, o donde si para gustarles debes dejar de ser tú y parecerte a y hacer lo mismo que ellos, los de tu patria o tu región...o tu clase social o tu secta religiosa o política. 

Para ser demócratas, socialistas, comunistas, libertarios, republicanos o lo que sea, lo primero es ser  por encima de las clasificaciones y no confundir la necesidad de la justicia y del conocimiento de la verdad histórica con un mundo inmaduro y ñoño de "buenos y malos", donde siempre, siempre, los buenos son los míos y los malos, los otros y tenga que marear las crónicas a gusto del momento para que me salga el puzle. Para llegar a esos resultados no es necesario estudiar periodismo, ni escribir, ni ser de izquierdas, vale con ser del pp y fan de Mariano Superstar. O de Trillo. O de Susana Díaz y Felipe González o de P.Iglesias, no sé; todos coinciden tanto si se les ajusta un poco las clavijas... que una ya no sabe donde mirar ni qué (des)esperar.
Ains!





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