martes, 4 de marzo de 2014

Puig Antich

 
 
                              Cuarenta años pasan en un abrir y cerrar de ojos. Acababa aquel Febrero de 1974 como una torrentera desembocando en el Mediterráneo y nosotros acabábamos de llegar a un Salou de invierno. Vacío de gente y lleno de luz, de nieblas vespertinas que convertían las puestas de sol en una gasa rosada lejanísima entre colinas suaves y los amaneceres en un lujo de rocío frappé sobre las calles despobladas que también corrían hacia el mar deslumbrante de la mañana intacta. 
Mis tres hijas mayores eran muy pequeñas y la cuarta ya venía de camino. Estábamos solas en medio de una soledad que hablaba en catalán y nos trataba con mucho cariño sin conocernos siquiera. El edificio toadavía existe y se sigue llamando Saint Tropez. Las misas del domingo por la tarde se decían en catalán en aquel pueblecito costero, mínimo y entrañable hacia adentro y pantagruélico, desproporcionado, hacia afuera, lleno de torres de apartamentos vacíos de españoles pero llenos de jubilados alemanes. 
Así, la segunda  mañana de Marzo, mezclada con el frío y el olor a café, llegó la noticia del inminente cumplimiento de la sentencia capital para Salvador Puig Antich. Lo dijo Radio Nacional y lo leí en La Vanguardia. Tenía tres niñas y para el verano esperaba la cuarta. Y pensé en la madre del condenado. Y pensé en él como en un hijo desconocido y ya muerto de miedo en su celda. Y recuerdo un dolor profundo y aquel llanto desolado cuando escuché que las peticiones internacionales de indulto, incluída la del Papa Pablo VI, no habían sido siquiera consideradas por el invierno del patriarca. Recuerdo el silencio indiferente de los habitantes extranjeros de la playa y la rabia triste de los vecinos de Salou esperando turno en la consulta del venerable Doctor Punset, padre del ahora mediático y entonces futuro ministro de la inimaginable UCD, Eduard, completamente desconocido en aquella época. 
Tiempo negro que nosotros, los españoles nacidos ya en la dictadura, no distinguíamos como especialmente siniestro hasta que el aldabonazo de una nueva ejecución "legal" nos sacudía por dentro y nos revelaba de golpe el túnel oscurísimo y sin salida previsible de nuestro presente hacia ningún futuro, enganchado fatalmente  a un pasado horrible según el relato de nuestros mayores y ligados a él como a una punición inmerecida. Sobrevivíamos sin saberlo. Todos estábamos presos en la misma celda y sólo nos hacíamos conscientes cuando el anciano dictador firmaba otra pena de muerte más. Nuestras conciencias oscilaban entre el terror y la resignación a lo acostumbrado que podría ser mucho peor si se hablaba de ello.

Cuando llegó la noticia del cumplimiento de la sentencia, lloré amargamente. Estábamos en la terraza jugando y era media mañana. Mi niña mayor que cumplió allí los años, me preguntó por qué lloraba y le expliqué lo que podía comprender. "No llores, mami, que ese señor seguro que va al cielo y al malo que lo ha matado enseguida lo van a castigar los polis del universo".

La niña no se equivocó mucho, al año siguiente el dictador murió destrozado y manipulado por sus secuaces que no sabían como afrontar el trance y por ello alargaron su agonía inútilmente con una crueldad atroz  e idéntica a la que estaban tan acostumbrados a ver y a admirar, que hasta les parecía un homenaje al gran maestre del horror, tras dos meses de un calvario espantoso del que informaba puntualmente varias veces al día "el equipo médico habitual".

En estos días, cuando se cumplen cuatro décadas de aquella vergüenza cruel, el recuerdo de la ejecución de Puig Antich, el último ajusticiado, nos sigue conmoviendo, con la melancolía añadida de que su sacrificio haya dado resultados tan miserables y nefastos y que la frágil y zafia memoria de los españoles haya arrinconado y olvidado su propia historia hasta volver a dejar nuestro destino común en las manos de los herederos de aquel patriarca, cuyo invernal otoño en blanco, negro y sepia, duró cuarenta años y cuyas secuelas maléficas permanecen como él mismo vaticinó: atadas y bien atadas a nuestro declive ético, social y político. 
Mi niña mayor, con su intuición clarividente, y viendo que la democracia española era un simulacro cutrísimo que tarde o temprano se descubriría como tal, se marchó con una Erasmus en tercero de carrera y nunca más volvió para algo que no sean vacaciones y visitas a la familia. Fue como una premonición, una vanguardista clarividente en aquellos tiempos mirando el futuro, éste presente, en el que la mejor juventud y el futuro de todos, han sido condenados a muerte  por los mismos perros haciendo lo mismo, aunque con distinta sigla ideológica en el collar.

Triste y miserable es el  país que no sólo no aprende ni reflexiona sobre sus desgracias repetidas en el tiempo, sino que estúpidamente, y una vez libre de ataduras para elegir, decide en las urnas repetir lo peor de su experiencia histórica y ponerse por mayoría absoluta en manos de los herederos de aquellos verdugos. El sólo hecho de ser condenado a muerte por un régimen tan cretino y perverso, convierte en héroes a sus ajusticiados por disidencia ideológica o desobediencia civil y las leyes y jueces condenadores en bazofia y escoria. Y a los que siguen obedeciendo tal sistema, en desechos humanos que no merecen ni la libertad ni los derechos que han querido perder voluntariamente y que tantas vidas y sufrimientos costaron.
Como solía decir Anguita: "Tenéis lo que os merecéis". Lo injusto de este país es que lo deban sufrir quienes ni lo han votado ni se lo merecen.

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