lunes, 19 de abril de 2021

La pobreza más absurda y patológica es la de los ricos, porque no es capaz de relacionar la miseria de los pobres con las penurias sociales que, sin duda, por el empobrecimeinto general acaban afectando y quitando calidad de vida a la cantidad de pasta. Por eso los países más inteligentes y próperos son los que disfrutan menos desigualdades y mayor índice de bienestar social. Países donde los ricos se enorgullecen de poder pagar impuestos más altos para que nadie esté en la miseria, si ellos cooperando tienen de todo, con el valor añadido de una conciencia que les da un índice más alto y completo de felicidad colectiva, un valor que en España suena a irrealidad "buenista" y a cachondeo. Así andamos, fieles a la incorregible y santa tradición, de siglo en siglo y de miseria en miseria, de marrón en marrón, mi señor Don Quijote...


La batalla de los ricos

Varios organismos internacionales han pedido a España que los más ricos hagan un mayor esfuerzo fiscal.

Leo con estupor en un periódico económico cómo se plantea en términos guerracivilistas la batalla electoral de Madrid. Pero no, no piensen en 1936, los elementos que maneja tan sesudo medio son las restricciones a la hostelería y la subida de impuestos como centros de la lid electoral.

Así es, el mismo estupor produce que se empeñe el candidato socialista, Ángel Gabilondo, como si se jugara la existencia, en defender que no subirá los impuestos. A la contra le responde el candidato de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, poniendo la línea roja de un eventual acuerdo en la subida tributaria a los que más tienen.

Según qué fuentes lean, sobre todo si son liberales, resulta que en España se pagan ya muchos impuestos y en Madrid más, opinión que no es compartida ni por otros Estados miembros de la UE, ni en la propia UE cuyas instituciones nos han afeado con frecuencia el injusto sistema tributario español.

Según diversos informes, ahora cito uno de Oxfam, los súper ricos del mundo han recuperado con creces sus pérdidas por la pandemia; no solo eso, en estos momentos ya han incrementado sus beneficios. La desigualdad, ya importante en los tiempos previos a la pandemia, se ha incrementado en el mundo. En España, de manera notoria. Los números de los milmillonarios han crecido del orden de los 26.500 millones de euros. Para que se hagan una idea, más de lo que cuesta una herramienta de solidaridad y apoyo a trabajadores y empresas, como los ERTE.

En el otro extremo, entre los más menesterosos, la tasa de pobreza severa alcanza ya al 10,86% de la población. El número de personas en el umbral de la pobreza severa, bajo el nivel de subsistencia, ha aumentado en 790.000 personas.

A todo esto, Nadia Calviño, vicepresidenta del Gobierno progresista de coalición, se esforzaba en convencer a los oyentes, en una entrevista en la SER, de que el Gobierno no pensaba subir los impuestos. El mismo día que el PSOE anunciaba sus medidas para Madrid, prometiendo un aumento –lo aplaudo– del ingreso mínimo vital, al mismo tiempo que insistía en no subir impuestos.

La pregunta es: ¿cuándo la izquierda perdió el discurso? ¿Cuándo se dejó arrastrar hacia una falsa dicotomía tributaria entregando el discurso de la solidaridad? ¿Cuándo la izquierda dejó de ser pedagógica con la ciudadanía explicando que que paguen más los que más tienen no solo es justicia social sino que es lo que dice la Constitución española? Todo entre acusaciones de Madrid, paraíso fiscal, de dumping, de jeta fiscal en beneficio de los ricos, pero sobre todo de miedo electoral y mediático ante una obviedad que, no obstante, no es compartida por una parte muy importante de la ciudadanía que no ha recibido la pedagogía cívica necesaria. Que los madrileños, ricos se entiende, no quieren pagar más impuestos, claro, ni los de ninguna parte; que los defiendan los pobres, eso ya es más grave.

Y, sin embargo, el FMI, la OCDE y Antonio Guterres, secretario general de la ONU, han solicitado a los Estados, entre otros a España, que pongan en marcha mecanismos para que los más ricos, personas y compañías, hagan el esfuerzo fiscal necesario para salir de esta crisis que crea una desigualdad inquietante.

Debería de ser una batalla de los ricos, minoría, pero han reclutado a los pobres. Ganando 950 euros, o incluso menos, muchos trabajadores, hasta en paro, afirman –y votan en una dirección– que que paguen más impuestos los ricos les perjudica a ellos y que que paguen poco o nada es libertad. Una tremenda dejación histórica de la izquierda convencional que, como dije más arriba, se ha abandonado en brazos de la propaganda y el miedo electoral tirando por la borda su papel pedagógico en defensa de un sistema tributario justo y progresivo y un gasto público mayor y mejor que solo puede proceder del esfuerzo proporcional, solidario y equitativo de los contribuyentes.

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