jueves, 25 de septiembre de 2014

Un hombre bueno es un hombre sabio. Qué maravilla! ¿Y si un poeta fuese ministro de Justicia, qué pasaría?


Días de la madre

por Luis García Montero

25 sep 2014


                                                  





Maribel, Pilar, Elena, Mavi, Sara…
Septiembre, 2014, siglo XXI. Lo peor de la ley del aborto que han intentado imponer Alberto Ruiz Gallardón, y Mariano Rajoy, y el Partido Popular, y la Iglesia Católica, es que desconoce la verdad última y la fuerza de la palabra madre. Al intentar convertir el dogma religioso de la concepción en ley, al despreciar la libertad de la mujer a la hora de decidir, al confundir la biología con una quimera sobrenatural, desconoce el poder del amor, el sentido humano de la vida y el compromiso que late en la palabra madre.
Al hijo de Maribel Permuy lo asesinaron en Irak mientras trabajaba como periodista. Un tanque norteamericano detectó la presencia de José Couso en una terraza, apuntó y disparó para advertirle al mundo que las guerras no quieren periodistas sinceros, que la barbarie exige manos libres y ojos cerrados. Las guerras lo extreman todo, también las manipuaciones y las mentiras que se lanzan de forma rutinaria sobre la opinión pública. Asesinaron a un periodista, asesinaron al hijo de Maribel, y desde entonces ella ha luchado contra el silencio infame de las autoridades españolas y norteamericanas.
Al hijo de Pilar Manjón, el estudiante Daniel Paz, lo asesinaron en el atentado terrorista del 11 de marzo de 2014. Pilar no sólo soportó la muerte de su hijo. Tuvo que sufrir además las mentiras del Gobierno y muchos insultos de militantes del Partido Popular y de su corte mediática. Quiso saber la verdad sobre lo ocurrido y eso molestaba a los estrategas de la farsa. En un país en el que la política sectaria convierte por costumbre el dolor de las víctimas en mentira y  manipulación, Pilar dio un raro ejemplo de dignidad.
Mavi Muñoz perdió a su hijo en el  año 2007, apuñalado por un militante de la extrema derecha. Le prometió en su lecho de muerte una sentencia justa. Carlos Palomino era su hijo, pero también era una víctima de la violencia fascista, racista y xenófoba. El recuerdo se hizo inseparable de la conciencia, el amor dolorido se transformó en compromiso.
Elena Ortega educó a Alfon en la lucha por un mundo más justo. Cuando fue detenido por su participación en una de las huelgas generales del 2012, cuando se le aplicaron unas medidas propias del terrorista más peligroso, tuvo claro que su hijo era víctima de una política represiva que estaba criminalizando la pobreza y que pretendía convertir en delito la disedencia. Convirtió también su amor en una razón para seguir luchando.
Sara Nieto forma parte de la asociación Madres contra la Droga. Este colectivo nos contó su experiencia en el libro Para que no me olvides (2012), un testimonio de entrega y lealtad a la vida. La droga fue para ellas algo más que un problema personal, porque en los últimos años de la dictadura y en los primeros de la democracia detectaron estrategias policiales  para aniquilar a la juventud más combativa con el veneno de la heroína. Después de muchos años, estas madres siguen luchando en la parroquia de San Carlos Borromeo con la ayuda de los sacerdotes Enrique de Castro y Javier Baeza, dos curas más partidarios de la gente que del Vaticano.
Maribel, Pilar, Elena, Mavi, Sara…, madres que han vivido su amor y su compromiso sin descanso.
Degrada el sentido de la maternidad quien lo confunde con un dogma, una imposición, un autoritarismo divino, un sometimiento, una humillación social. Degrada la maternidad quien la separa del amor y la solidaridad incondicional como razones decisivas en los comportamientos de la sociedad y de la vida. El amor funda la comunidad en los cuidados, saca los sentimientos más íntimos a las plazas de las ciudades. El autoritarismo borra las plazas o los servicios públicos y procura imponer su orden incluso en la intimidad de un dormitorio.
Septiembre, 2014, siglo XXI. Ser madre es un compromiso de la libertad de amor y de la conciencia de las mujeres.
Todo esto lo saben los sacerdotes que se dedican a cuidar a la gente en un barrio o en un hospital de África, y lo saben los activistas de la política social y del mundo laboral, y lo saben Maribel, Pilar, Elena, Mavi y Sara. No lo saben, sin embargo, ni Alberto Ruiz Gallardón, ni la Conferencia Episcopal, ni la Santa Madre iglesia.

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