miércoles, 22 de junio de 2016

Periodismo es pedir cuentas al poder


Esta mañana he participado en el foro Nueva Comunicación, esas famosas e influyentes conferencias que se celebran en el Hotel Ritz y en las que participan políticos, periodistas, empresarios... He hablado de periodismo y de eldiario.es. Espero que os interese. Os dejo el texto que preparé para mi discurso y el vídeo de mi intervención.  
Agradezco a los políticos que, a pesar de la campaña, han querido venir. Espero que el rato os merezca la pena. Pero creo que uno de los problemas que ha tenido la prensa española en las últimas décadas ha sido precisamente este: la enorme cercanía al poder político y su distancia cada día mayor de los lectores; de la sociedad a la que nos debemos y a la que informamos.
Marty Baron, el actual director del Washington Post, y hoy uno de los directores de periódicos más de moda –es uno de los protagonistas de la película Spotlight– tiene una definición sobre mi oficio que a mí me gusta especialmente. “Periodismo es pedir cuentas al poder”. Es una buena definición porque es breve y porque es directa. Porque se entiende, y que te entiendan es parte vital de mi oficio.
En esta charla hoy yo también quiero ser breve y directo, para que se me entienda. No pienso callarme nada. Y quiero hablar de periodismo. Como decimos en eldiario.es, de periodismo a pesar de todo.
Mi oficio no ha tenido una edad de oro en España. No lo fueron los años 40, 50 y 60, las décadas en la que los grandes diarios europeos multiplicaron sus tiradas y se consolidaron. Aquí eso no pasó, porque en esos años el periodismo en España estaba sometido a la censura.
Fueron mucho mejores para la prensa española la década de los 70 y los 80, el periodismo de la transición. Es en esos años  y después, en los 90, cuando el periodismo español sin duda florece y vive sus mejores años. Yo aprendí a leer con esos periódicos, con el diario El País, fundamentalmente, que ha sido con mucha diferencia el mejor periódico jamás publicado en España; la institución periodística española más sólida, veraz y creíble de todas las que ha creado mi oficio en este país. Un diario en el que hoy no me reconozco.
En la transición, nacen las mejores virtudes del periodismo en España, pero también sus principales defectos; unos vicios que entonces eran sobradamente compensados con las ventajas de aquella prensa pero que, con los años, se van haciendo más grandes. A todos nos pasa: la edad suele agravar nuestros defectos. A veces compensa la experiencia que ganas con los años. En otras ocasiones, se confunde la sabiduría con la soberbia.
El pecado original de ese periodismo de los años 70 y 80 –insisto, tan exitoso– está en su enorme cercanía con el poder político y económico. En ausencia de una sociedad civil organizada, durante la Transición, la prensa ocupó un lugar mayor del que le correspondía y se articuló como un poder más, no como un contrapoder.
Ahí nace ese periodismo que cree que su papel es mandar, en vez de fiscalizar a los que mandan. Que concibe el periodismo como otra manera de hacer política sin pasar por las urnas y sin asumir después las responsabilidades. Que piensa que nuestro trabajo consiste en quitar y poner presidentes, ministros o líderes de la oposición. Que presume de “responsabilidad de Estado”, mientras trata a los ciudadanos como si fueran menores de edad.
Yo no creo en esa prensa. La función del periodismo es informar, no mandar. Nuestros clientes son los lectores, no las élites políticas o económicas. Nuestros valores, por nobles que sean, no pueden estar por delante del valor fundamental para la prensa: el del respeto por la verdad.
Los debates profesionales sobre la objetividad, la honestidad, el rigor… están muy bien. Pero la norma más básica de mi oficio aparece ya en uno de los códigos éticos más antiguos que existen, en los diez mandamientos. El octavo: No mentirás.
Hace unos días, la Universidad de Oxford y el Instituto Reuters publicaron su último informe anual sobre el periodismo en el mundo. En la edición anterior, la prensa española aparecía como la menos creíble de los once países analizados en Europa. En esta edición, los resultados no son tan catastróficos y sitúan a la prensa española en la media europea: mejor que la griega, la turca o la italiana; peor que la alemana, la holandesa o la inglesa.
Sin embargo, cuando se bucea en los cuadros de este informe del Instituto Reuters aparecen algunos datos muy reveladores. El más llamativo: que existe en España una enorme brecha generacional también en la confianza de la prensa. Cuanto más mayores son los lectores, más se fían de la prensa. Cuanto más jóvenes, menos confianza nos otorgan. Y entre los españoles menores de 45 años, y especialmente entre los menores de 35, la credibilidad de la prensa se hunde. Casi el 70% de los jóvenes no confía en los medios de comunicación españoles. Y si los jóvenes no creen en la prensa, ¿qué futuro le espera a la prensa?
Este sesgo de edad coincide con otra brecha generacional hoy muy presente: la que existe entre los votantes españoles. La división entre nueva y vieja política está muy presente en el CIS y en todas las encuestas. Por debajo de 40 años, según las encuestas, es difícil encontrar a votantes del PP y del PSOE. Por encima de 50, apenas hay votantes de Podemos y Ciudadanos.
No creo que esto sea una coincidencia. A la prensa en papel española, a sus cabeceras históricas, les ha pasado algo muy similar a lo que le ha ocurrido a la política tradicional en España. No han querido darse cuenta de que la sociedad española estaba cambiando mucho más rápido que ellos. Se han creído que bastaba con ignorar esa realidad en sus portadas para que España no cambiase. Es un truco que tal vez funcionase antes, pero que ahora ya no cuela porque la prensa ha perdido el monopolio de la opinión pública. La realidad ya no es solo aquello que publican los periódicos.
La prensa impresa en España hace años que está muy lejos de la sociedad española. Un noruego que intentase analizar este país en función de lo que publican en papel los diarios no entendería absolutamente nada, porque la distancia entre lo que se publica y lo que pasa no puede ser mayor. ¿Cómo explicar que en este país, que en el CIS se declara sociológicamente de izquierdas, tenga una prensa impresa que se mueve entre la derecha monárquica, la derecha liberal, la derecha clerical y el centro izquierda muy muy moderado? ¿Qué lee toda la gente que ha hecho de Manuela Carmena alcaldesa de Madrid –y me refiero no solo a los votantes de  Ahora Madrid, también a los del PSOE, que apoya a Carmena en el Ayuntamiento?
La gran mayoría de la prensa española ha ignorado la noticia política más importante de la última década en España: la del fin del bipartidismo. Pasó por delante de sus narices y ni la olieron.
La prensa cerró sus ojos a la crisis del sistema político y económico español. No supo adelantarse a la aparición de nuevos actores políticos ni creía que el sistema necesitaba reformas profundas hasta que tuvo que rendirse a la evidencia.
En la interpretación más benevolente (para la prensa), se puede decir que no se dio cuenta de lo que estaba pasando por error, por incompetencia. En el peor, y más probable, lo que les pasó fue otra cosa. Que no quisieron hablar de estos temas porque a sus editores no les gustan.
Y la razón por la que a sus editores no les gustan estos temas es porque la crisis económica de la prensa de los últimos años se ha transformado en otra crisis mucho peor: En una pérdida vital de independencia que después ha provocado una crisis de credibilidad, especialmente entre los lectores del futuro.
Decía Jesús Polanco que la mejor garantía de la independencia de un medio de comunicación residía en su cuenta de resultados. En sus beneficios. Tenía toda la razón, y por eso cuando las pérdidas han entrado por la puerta de muchos periódicos, su independencia ha saltado por la ventana.
Cuando una empresa que pierde dinero cada año sigue abierta, hay que preguntarse quién paga esa fiesta y por qué. Más aún si es un sector que cae un 15% en ventas cada año y que todos los pronósticos dan por finiquitado: que no es una empresa que aguante porque confíe en que la situación vaya a mejorar con los años. Esto es lo que pasa con muchos periódicos en España, que siguen saliendo cada día a pesar de que pierden dinero cada día.
Si los periódicos fabricasen tornillos en vez de opinión pública, gran parte de ellos ya estarían cerrados. No lo están porque fabricar opinión pública tiene unos beneficios indirectos que van mucho más allá de la cuenta de resultados de los propios medios.
Cuando un diario está en pérdidas y sigue saliendo cada día, su beneficio hay que buscarlo otro lado. En la influencia política que consigue su dueño, y que rentabiliza por otra vía: con una recalificación, con una adjudicación pública, con una licencia de radio o de televisión, con otro tipo de favores de los poderes políticos. Cuando un diario está en pérdidas y sigue en el kiosco, sus lectores ya no son los clientes. Sus lectores son la mercancía y ese diario ya no es un negocio de periodismo. Es un negocio de propaganda o, en el mejor de los casos, un negocio de relaciones públicas.
No conozco un solo periódico en el mundo que no se califique a sí mismo como “independiente”. No hay nadie que confiese ser “el diario al servicio de la banca” o “el periódico a sueldo del Gobierno”.  Pero hay varios indicadores para medir el grado de independencia de un medio de comunicación.
El primero ya lo he dicho: su rentabilidad. Sus beneficios. Cuando un diario entra en pérdidas, su capacidad para soportar las presiones se debilita enormemente.
El segundo está en su propiedad. En qué intereses empresariales ajenos a la información tengan sus dueños. Es difícil que un periódico editado por un constructor que está pendiente de una recalificación sea independiente. Es improbable también que ser independiente sea su objetivo.
Les pongo un ejemplo, que conozco bien. El de mi ciudad: Burgos. Hay dos periódicos en papel. Uno es de un constructor, condenado por corrupción urbanística y que está entre los promotores del famoso bulevar de Gamonal que levantó a todo el barrio en su contra. El otro es de otro constructor, un imputado en la Gürtel. Ambos son rivales en Burgos pero socios en la televisión autonómica de Castilla y León, que paga el Gobierno de la Junta, en manos del PP.
Esa es la independencia de los medios de mi ciudad natal y no se distingue mucho a lo que pasa en otras ciudades.
El tercer indicador de la indepedencia de un medio de comunicación está en su modelo de ingresos. En cómo se financia. Por ejemplo, es muy difícil que un periódico que obtiene más de la mitad de sus ingresos de instituciones públicas gobernadas por tal o cual partido sea independiente. Quien paga manda, o así lo entienden gran parte de los administradores del sector público, que consideran que la publicidad institucional es su cortijo.
La publicidad institucional en España, la forma en que se ha gestionado, se ha convertido en una de las mayores amenazas a la independencia de la prensa. Se reparte de forma opaca y arbitraria, como se demuestra cada vez que se publican datos concretos.
Hace poco se publicaron algunos, sobre el reparto de la publicidad institucional del Canal de Isabel II durante los gobiernos de Esperanza Aguirre e Ignacio González, esos supuestos “liberales” que gestionaron el dinero público con criterios completamente intervencionistas.
El Canal, una empresa pública, se gastó en la última década 55 millones de euros en publicidad, que se repartió a dedo entre los medios afines al aguirrismo. A ver si se creen que la buena prensa de Esperanza Aguirre salía gratis.
Por poner un ejemplo: el desconocido portal de información Nuevatelevisión.com se llevó medio millón de euros del Canal. En el mismo periodo, elconfidencial.com , el líder de la prensa digital en España, obtuvo 60.000 euros y eldiario.es apenas 7.000 euros en tres años.
Entenderán estas cifras mejor si les explico que el desconocido diario digital Nuevatelevisión.com fue fundado por el exsecretario de Comunicación de José María Aznar, Miguel Ángel Rodríguez. Mamandurrias.
Además, de la rentabilidad, de la propiedad y de los ingresos, Y el cuarto indicador que sirve para medir tu independencia está en las deudas. En cuánto dinero debes y a quién se lo debes.
La deuda es clave para explicar la situación de muchos de los grupos de medios españoles que, en los años buenos, como le pasó a muchas otras empresas españolas, se endeudaron hasta la camisa. Y cuando la burbuja del crédito barato estalló, han visto cómo su independencia estallaba con ella. Hoy la banca, a través de la deuda, es el principal editor de prensa en España. Y es difícil que un periódico en manos del sector financiero pueda pedir cuentas al poder, como decía Marty Baron. Por poner un ejemplo más concreto: que El País diese una cobertura tan superflua sobre la lista Falciani o que no publicase prácticamente nada de los SwissLeaks se entiende mejor cuando explicas que el banco suizo HSBC era uno de los principales acreedores del grupo Prisa, y que después, a través de la deuda, se ha convertido en uno de sus principales accionistas.
Cuatro indicadores: la rentabilidad, la propiedad, el modelo de ingresos y la deuda. La independencia se resume en cuatro preguntas. ¿Eres rentable? ¿Quién es tu dueño? ¿Quién te paga? ¿A quién le debes dinero?
En eldiario.es presumimos de independencia porque podemos contestar a estas cuatro preguntas con la cabeza bien alta.
Somos un medio rentable desde hace ya tres años, y aún no hemos cumplido cuatro años desde nuestra fundación, en septiembre de 2012. En este tiempo, nos hemos cambiado cuatro veces de oficina.
Empezamos en un ‘coworking’ en Gran Vía 16, en una mesa de 4 personas. De ahí saltamos a Gran Vía 55, a un pequeño piso de 70 metros cuadrados desde donde lanzamos eldiario.es en septiembre de 2012. Entonces éramos solo 12 personas.
En septiembre de 2013, nos mudamos a Gran Vía 60, a una oficina de algo más de 200 metros cuadrados en la que llegamos a ser 24 personas; nos mudamos cuando estábamos a punto de incumplir la legislación laboral porque ya no cabíamos.
Desde el verano pasado estamos en el Palacio de la Prensa de Madrid, en Gran Vía 46. En una redacción de más de 600 metros cuadrados frente a la plaza de Callao donde ya estamos a punto de llegar a los 60 trabajadores. Además, contamos con otros 40 periodistas repartidos entre 13 ediciones autonómicas que están asociadas con eldiario.es.
Seguimos contratando periodistas, programadores, diseñadores, realizadores... porque somos rentables. Porque nos hemos convertido en uno de los diez diarios escritos (que no impresos) de información general más leídos en España. Según el último informe de Reuters que antes citaba, somos la séptima web de información más seguida, por detrás de El País, El Mundo, Antena 3, 20 Minutos, El Confidencial y Marca. Es una posición similar a la que nos da Comscore, que en las últimas olas nos certifica entre 5 y 6 millones de lectores mensuales.
Somos un medio leído y también influyente. Logramos unos datos de audiencia tan altos a pesar de que no tenemos secciones dedicadas al “corazón” o a los vídeos de gatitos. Nuestro menú informativo no hace concesiones a la audiencia a cualquier precio. Esto también se nota en redes sociales, donde somos prescriptores. En las anteriores elecciones generales, un estudio nos situó como el medio de comunicación más tuiteado por los candidatos de los principales partidos.
¿Quién es nuestro dueño? En nuestro caso, la propia redacción. Yo no solo soy el director de eldiario.es. También soy su consejero delegado y principal accionista. Y cuando me siento cada mañana, a las 10:30, con mis subdirectores y redactores jefes, que muchos de ellos también son accionistas, en esa reunión no solo está representada la redacción, sino también la mayoría de las acciones de Diario de Prensa Digital SL. El resto de los accionistas –muchos de ellos están en esta sala– son nuestros compañeros en la gestión administrativa de eldiario.es –como el presidente José Sanclemente o el gerente, Juan Checa– y algunos amigos, como Enric Lloveras y Daniel Bilbao. O mi madre. Ni nosotros ni nuestra empresa editora tenemos más ambición que sacar adelante un diario con la máxima independencia posible. No tenemos otro interés que servir a nuestros lectores. Somos unos periodistas que creemos en nuestro oficio, que creemos en nuestra labor con la sociedad y que queremos cumplir con nuestro trabajo de la forma más profesional e independiente posible.
¿Quién nos paga? En gran medida, nuestros lectores. eldiario.es se financia por publicidad y con la ayuda de nuestros socios, suscriptores que pagan 60 euros al año para garantizar nuestra independencia. Hoy ya tenemos casi 19.000 socios y son todos suscriptores de verdad: no hay ventas en bloque a empresas. Son todo lectores que, uno a uno, se han sumado a nuestro proyecto porque saben que son cruciales para mantener nuestra independencia.
En total, nuestros socios nos aportan casi un 40% de nuestros ingresos. El resto viene de la publicidad. Sin embargo, nuestros lectores son nuestro primer cliente porque ninguno de nuestros anunciantes, ni siquiera los más grandes, nos aporta ni la mitad de la mitad que todos nuestros socios juntos. Mandan los lectores porque pagan los lectores.
¿Y a quien le debemos dinero? A nadie. Hemos conseguido lanzar eldiario.es y colocarlo entre los principales diarios españoles sin deber un solo euro. No tenemos ningún crédito y tampoco debemos favores inconfesables a ningún poder político ni a ningún partido. El porcentaje de nuestros ingresos que viene del sector público no llega al 5%. Probablemente porque no somos muy cómodos a quienes gestionan el sector público.
Pero nuestra independencia no solo se demuestra en la teoría. También en la práctica, con nuestras exclusivas. Porque en eldiario.es publicamos cada día noticias que hoy no se pueden leer en otros medios.
Eldiario.es fue el medio que destapó el escándalo de las tarjetas black. No es que fuésemos los primeros en publicarlo. Es que sin nosotros hoy no estarían imputados Miguel Blesa, Rodrigo Rato y todos los demás consejeros black en la Audiencia Nacional.
En diciembre de 2013, publicamos un correo del secretario del consejo de Caja Madrid donde detallaba los sueldos de los consejeros y explicaba que, además de las dietas, existían unas tarjetas “black a efectos fiscales”. Casi ningún medio se hizo eco de nuestra exclusiva, pero en la actual Bankia sí prestaron mucha atención a esa noticia. Como ellos mismos han explicado, a partir de la noticia de eldiario.es iniciaron una auditoría interna, encontraron las tarjetas black y enviaron toda la información a la Fiscalía Anticorrupción. Por eso llegó a la Audiencia Nacional y sin eldiario.es, y si nuestros socios, hoy Rodrigo Rato, Miguel Blesa y otros tantos no se enfrentarían a acusaciones de cárcel por apropiación indebida.
Estoy convencido de que el efecto de esta investigación periodística va mucho más allá de Caja Madrid o su consejo. Creo que cada vez que la prensa publica un asunto, así, en algún sitio hay un corrupto en potencia que se lo piensa dos veces antes de abusar del dinero público, pagando un masaje con final feliz a costa de los contribuyentes. Nuestro lema es “periodismo a pesar de todo” pero también podría ser “periodismo para cambiar las cosas”. Porque de verdad creo que la función social del periodismo es ésta: fiscalizar a los poderes y combatir sus abusos. Sin prensa independiente, es imposible que los malos comportamientos tengan consecuencias y que la democracia funcione.
Cuando publicamos las Black, casi nadie nos hizo caso. Nos pasa mucho. En las últimas semanas estamos publicando varias informaciones sobre fraude fiscal en España, los papeles de la Castellana. Es una filtración de documentos que recibimos a través del buzón seguro Fíltrala.org y que llevamos meses investigando
Con los Papeles de la Castellana, estamos contando a diario muchos datos concretos del fraude fiscal en España. A diferencia de los papeles de Panamá, aquí damos números y porcentajes: las ridículos cifras que pagaron ante Hacienda muchas de las grandes fortunas por legalizar sus fortunas ocultas en paraísos fiscales. No habrán leído casi nada de estas noticias en ningún diario impreso. Para ellos no es noticia.
Hace unas semanas, sí logramos tomar el kiosco casi al completo. Contamos en primicia que varios importantes futbolistas estaban implicados en el caso Torbe, acusados por dos testigos protegidas a las que la policía da una gran veracidad. Al día siguiente, el Marca, el AS, el Mundo Deportivo, el Sport, el ABC y La Razón abrieron su portada con nuestra noticia. Es la primera vez que nos pasa y es un poco frustrante. Con las black, o con los papeles de la Castellana, no nos citaron tanto.
El éxito de eldiario.es no solo se basa en la independencia y la información propia. También estamos experimentando con nuevas narrativas, nuevos soportes o nuevos formatos. Con un canal de Telegram. Con periodismo de datos.
eldiario.es nació como un pequeño medio minoritario independiente, valiente y combativo. Vamos a seguir siendo independientes, valientes y combativos. Vamos a seguir siendo incómodos, pero no vamos a ser minoritarios. Ya no lo somos.
En los últimos meses, nos hemos aliado con el mejor diario del mundo, The Guardian, para poner en marcha una sección de internacional, que era uno de nuestras tareas pendientes. También somos ejemplo de innovación para Google. El modelo de eldiario.es ha sido seleccionado entre cientos de proyectos europeos y financiarán parte de la tecnología que desarrollaremos para conectar mejor con nuestra audiencia, con esos cómplices que creen en el mismo periodismo que nosotros.
Queremos que eldiario.es sea aún más leído, aún más potente, aún más influyente. Que sea un periódico que sobreviva a sus fundadores.
Estamos lejos de los presupuestos de los grandes medios pero vamos a ser uno de ellos manteniendo los mismos valores, los mismos principios con los que nacimos.
En eldiario.es cada día somos más pero somos los mismos, y nuestro compromiso con los lectores sigue siendo idéntico al del primer día. Buscando en la hemeroteca, he encontrado esta primera declaración editorial que hicimos hace casi cuatro años, en septiembre de 2012.
“Somos un grupo de periodistas con ganas de seguir intentándolo”, decía aquel texto. “Nos mueve la ambición de comprar nuestra libertad, reivindicar nuestro oficio, ser dueños de la redacción en la que trabajamos y garantizar así que la línea editorial sea independiente y no responda a intereses ocultos”.
“Creemos en un periodismo riguroso, independiente y también honesto. Estamos con la libertad, con la justicia, con la solidaridad, con el progreso sostenible de la sociedad y con el interés general de los ciudadanos. Defendemos los derechos humanos, la igualdad y una democracia mejor, más transparente y más abierta”.
Sigue siendo así. Defendemos unos valores pero no a ninguna sigla, a ningún partido. Somos unos locos convencidos de que nuestro trabajo sirve para algo, que sirve para cambiar las cosas, para mejorar la sociedad, para pedir cuentas al poder. Creemos en el periodismo, en el periodismo a pesar de todo.

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