El escritor Benjamín Prado se pregunta lo siguiente: “¿Cómo es posible que a veces la actualidad esté tan lejos de lo que está pasando?”. Es uno de los aforismos de su libro Más que palabras (Hiperión, 2015). Los buenos aforismos son fórmulas abreviadas para tratar asuntos interminables. Bajo la apariencia de verdad rotunda, de sentencia que no necesita legitimarse, su profundidad debe quedar abierta a la meditación y a la duda para no resultar falsa. Si el peligro que puede corroer un poema está en la solemnidad de la cursilería, la amenaza de un aforismo suele esconderse en la falsa profundidad. Uno se aburre en la tercera palabra.
Valoro mucho los aforismos de Benjamín Prado porque nunca aburren.
Más que doctrina, condensan experiencias que invitan a una reflexión
abierta, acaban con un punto y seguido. Cuando no tiene más remedio que
acercarse a verdades como puños, el escritor las divide en asaltos para
dar un respiro a los contendientes.
La pregunta que propone sobre esa actualidad tan lejana hoy a lo que
ocurre tiene que ver, claro está, con los dueños del relato. Si se
tratase de un artículo de opinión, quizá me limitaría a pensar en la falta de independencia de los medios de comunicación
y en su forma interesada de callar, contar y remendar lo que sucede en
beneficio de los propietarios. Pero tratándose de un aforismo, con su
capacidad de estar a la moda y de convertirse en un tuit, me preocupo no
sólo por el dueño del relato, sino también por sus tiempos. En una
esfera de reloj que tiene como protagonista al segundero, se establecen
nuevas relaciones entre las formas y los contenidos.
El poder quiso siempre hacerse dueño del relato. En la época más dura de
la Unión Soviética, los ciudadanos murmuraban una pregunta irónica: ¿qué pasará ayer? El
pasado era un territorio movedizo, en perpetuo cambio, porque el
dictador reescribía la historia según los intereses de su presente.
Nombres borrados, personajes que desaparecían de los documentos
fotográficos y falsas hazañas demostraban que las purgas y los cultos a
la personalidad hacían del ayer algo con poco de memoria y con mucho
decreto oficial convertido en relato. La historia de España contada por
el franquismo fue capaz también de convertir en personas leales a los
traidores y en personajes rebeldes y fusilables a los que se habían
mantenido en su sitio y en su lugar.
El aforismo de Benjamín Prado me lleva a pensar hasta qué punto se ha acelerado la lucha por el relato.
El intento por reescribir la historia ya no tiene paciencia para
esperar unas semanas, unos años, y surge en el segundero como una
necesidad imperiosa de actualidad. Las redes sociales han abierto un
campo nuevo de ventajas e inconvenientes. Pero quizás lo más
significativo para la sociedad es que han trasladado al presente la
conspiración por el dominio del relato. Ya no basta con contar de una
manera interesada lo que ha sucedido, se necesita dominar el cuento de
lo que está sucediendo. O peor aún: fundar una “actualidad palpitante”
alejada de lo que sucede. Las cerraduras suenan detrás de cada punto.
A través de Twitter llegan noticias, opiniones, ideas abiertas,
artículos aconsejados, bromas, canciones y poemas. Bienvenidos sean.
Llegan también doctrinas cerradas, formas imperativas para leer sin grietas
lo que está ocurriendo, calumnias, sentencias propias de dictadores en
potencia, o sea, dictadores con odio, pero sin policía ni ejército. Dice
Benjamín Prado que en cada insulto se esconde el cadáver de un
argumento. Twitter se parece mucho a una fosa común.
Las batallas de siempre se desplazan a los nuevos campos. Cuando me
acerco a las instituciones y al mundo organizado, comprendo la necesidad
del cambio. Pero cuando me alejo demasiado, me asalta una inquietud
melancólica. Siento que el frío de Stalin y Franco, de Hitler y Mussolini,
y su necesidad de dominar el relato han encontrado acomodo en el
presente de Twitter. El vacío araña tanto como una ciudad ocupada. Hay
mucha gente que dicta sentencia con manos inflexibles en su tribunal
portátil.
Del qué sucederá ayer hemos pasado a la distancia entre la actualidad y lo que está pasando.
Leer los aforismos de Benjamín Prado, su manera de entender en breve la
experiencia de los asuntos interminables, supone un consuelo a la
altura de los tiempos. El lector, además, no siente miedo. Nadie
pretende empujarle desde la altura al vacío.

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