Andrés Barrio
Licenciado en Oceanografía y Máster en Ingeniería Ambiental


Cuando hablamos de transmitir la necesidad de llevar a cabo un cambio en nuestras conductas económicas y sociales, así como de impulsar políticas que reviertan el actual deterioro medioambiental, se suelen abrir debates que oscilan entre mostrar al detalle el actual colapso ecológico o si lo interesante y correcto es ofrecer una alternativa vital que, llevada a cabo, mejore nuestras vidas, a la vez que revierta el elevado impacto ambiental que provocamos.
La semana pasada se han ido sucediendo una serie de noticias que, analizadas cronológicamente, han abierto una ventana a esta dicotomía de difícil solución. Donde en primera instancia, las noticias que han llegado a nuestros medios, nunca en portada claro, hacen que pensar que esto de cargarse el planeta a mordiscos no es solo la consecuencia evidente de este sistema, sino que responde a un Plan perfectamente calculado.
El pasado domingo, el periódico The Guardian publicaba un detallado artículo que se hacía eco de un estudio científico a escala global en el que se constataba que «la velocidad a la que están desapareciendo los insectos es ocho veces mayor que la de los mamíferos, aves y reptiles» y que esto, lejos de evitarnos su molesta presencia, acarrearía una cascada trófica de toda la cadena que «amenazaría con destruir el medio ambiente». Hablan de una extinción total en sólo unas décadas de aquellos que se ocupan de la descomposición de la materia orgánica, de la polinización o de ser vectores microbiológicos.
Esto, que dada nuestra adaptación informativa habitual es asimilado como otro posible cataclismo más, tiene unas causas marcadas que el informe describe claramente. La principal causa es nuestra incesante manía de producir alimentos mediante la agricultura intensiva y el cambio de usos del suelo que esta conlleva, así como los insumos de herbicidas y plaguicidas habituales. La segunda es la evidente pérdida de hábitats que en nuestro desarrollo llevamos y, por supuesto, el omnipresente Cambio Climático.
Pero cuando digo que parece que estos eventos respondan a un Plan Perfecto para que nuestro periplo acabe es porque observando cómo reaccionamos a nivel global, más que intentar revertirlo, parece que lo incentivamos.
Esta misma semana conocíamos también que nuestro nuevo villano preferido  (exceptuando a Maduro, claro) ha decretado una ley por la que pone a disposición de la industria maderera, minera y la agroindustria unos 15 millones de hectáreas del Amazonas. Si el informe avisaba que, en Puerto Rico, en 35 años se reducirá en un 98 % la cantidad de insectos de tierra, ¿se imaginan qué pasará si Bolsonaro destruye el 10 % del Amazonas?
Pero el Plan no se queda solo en Brasil, porque en España, donde hace tiempo que se lleva avisando de la necesidad de un cambio radical del modelo agroindustrial, conocemos que somos el país europeo que más fitosanitarios consume, duplicando el ratio de países como Italia, Francia y Portugal y que, en lugar de intentar revertir esta tendencia, pretendemos aumentarla.
Así, lejos de generar un plan de agricultura sostenible y de reparto de explotaciones para evitar la saturación y sobreexplotación de acuíferos y masas de agua, ASAJA denunciaba esta semana que solo se ha ejecutado el 30 % de los nuevos regadíos previstos en el Plan Hidrológico del Duero. Es decir, que si el ministerio avisa de que disponemos de un 25 % de agua menos, nosotros pedimos más regadíos y más trasvases. El Plan no permite pararse y repensar nuestro paradigma alimentario, dejando de usar insecticidas y más agua.
El informe alerta de algo que ya intuíamos: estamos en los albores de la sexta extinción masiva. Y es que si, desde los albores de la civilización, la humanidad ha provocado la desaparición del 83 % de los mamíferos salvajes, en los últimos 50 años la población de mamíferos, aves, reptiles y peces ha disminuido en un 60 %. Después de los meteoritos, las glaciaciones o los eventos tectónicos, es ahora el ser humano el causante de la última e inminente extinción masiva.
Un Plan Perfecto ratificado por la noticia de que en Alicante ha sido descubierta una de las mayores redes de tráfico ilegal de animales, una red que escondía más de 200 ejemplares de especies protegidas para un negocio que mueve 80.000 millones de euros al año, única y exclusivamente, para que ciertos desalmados cuelguen de sus paredes los trofeos que reflejan nuestro propio ocaso.
Pero a este Plan, que parece sacado de las mentes más avezadas del club Bilderberg, le ha podido salir su antagonista perfecto. Todas estas noticias han tenido su respuesta en un movimiento que lleva conformándose desde principios de año y al que se le ha llamado #FridayForFuture. Con la llegada del año los estudiantes de secundaria de varias ciudades de Bélgica comenzaron a convocar huelgas escolares y manifestaciones los viernes. Este movimiento ha tenido su respuesta en otras tantas ciudades de toda Europa hasta este último viernes, donde ha sido seguido en Alemania, Holanda, Suiza o el Reino Unido, llegando incluso a algunas ciudades del Estado como Girona.
Con mensajes como «no tenemos un planeta B», «se ha agotado el tiempo» o «estamos ya más calientes que el clima», los y las jóvenes, que ya han traspasado las escuelas secundarias y pasado a las universidades y sociedad en general, exigen un cambio de rumbo a escala global, donde la justicia climática y social sea el eje de todas las políticas a implementar. En sí, exigen una vida que merezca la pena ser vivida y lo hacen, no como meros espectadores, sino como actores principales de una necesaria revolución ecosocial.
Pero el objetivo de Cambiar el sistema y no el Clima, no se está quedando solo en Europa. Al otro lado del charco, la representante Alexandria Ocasio-Cortez y el Senador Edward Markey presentaron este jueves una resolución en el Senado Norteamericano con un paquete de medidas que avancen hacia el llamado Green New Deal, una medida que ha logrado el apoyo de casi el 90 % de los millennials yanquis, más de 30 puntos respecto del siguiente grupo en apoyo.
Este movimiento de hartazgo y propuesta juvenil, tendrá su cúspide el próximo 15 de marzo, donde todos y todas las estudiantes europeas están llamadas a una huelga por el planeta y contra el Cambio Climático.
Después de tantos esfuerzos por incidir en un cambio de paradigma, parece ser que las generaciones venideras están cogiendo el testigo y han dicho basta. Después del desasosiego y de creer que el trabajo caía en saco roto, podemos afirmar que, como escribía Samuel Martín-Sosa la semana pasada, «las huelgas de estudiantes llaman a la puerta de nuestras conciencias para decirnos que, efectivamente, el entorno es tremendamente negativo, pero eso no debe conducirnos a autoimponernos barreras de lo posible».