lunes, 13 de marzo de 2017

Haciendo ciencia en la miseria: un honor más que dudoso


13 Mar 2017 (Publico)


Juan M Pericàs
Médico e investigador precario.


En una célebre sentencia, con frecuencia atribuida a Bertolt Brecht (en realidad es de Martin Niemöller), se denunciaba con ironía la actitud de aquellos que no pusieron el grito en el cielo y actuaron en consecuencia cuando fueron testigos de la desaparición paulatina de sus vecinos y congéneres a manos de los nazis. Moraleja: cuando les llegó el turno a ellos ya era demasiado tarde para actuar. Algo parecido ocurre con los investigadores jóvenes, entre los que nos incluimos los que hoy tenemos de 22 a 45 años aproximadamente. Ergo, hay personas con la edad que tenían los abuelos de la gente de mi quinta, doctorados y laureados de palabra, algunos con hijos en edad de ir a la universidad, que, cumpliendo todos los requisitos del altamente competitivo e infrafinanciado mundo de la investigación española, todavía están “esperando su oportunidad”.
Recientemente nos enteramos de que el Servicio Público de Empleo Estatal modificó los contratos de investigadores predoctorales sin avisar a los afectados, que pasaban a estar en prácticas, perdiendo con ello los mínimos derechos de los que gozaban. Una gota más, pero el vaso no se colma todavía, tal vez por la liquidez del entorno, que diría Zygmunt Bauman. Aún así, es evidente que la precariedad y el desempleo campan a sus anchas por el Reino, apareciendo repetidamente en las encuestas como las principales preocupaciones de los ciudadanos, junto a la corrupción. Sin embargo, los investigadores somos los primeros en acatar las reglas del juego. Reglas arbitrarias, cambiantes, injustas, denigrantes, pero reglas al fin y al cabo, que a los que decidirán si seguimos jugando o nos vamos directamente a la casilla de la marginalidad (“los jefes”; jefas hay pocas) no parecen disgustarles demasiado. ¿Qué mejor que tener a becarios muertos de miedo por no poder terminar el doctorado, después de años de pedirle dinero a sus padres o compaginar diversas ocupaciones para financiárselo, másters y remásters incluidos? ¿A cuántos no les ocurre hoy en día tirar mes a mes con el nada abultado sueldo de su pareja o ser investigador a tiempo parcial, por ejemplo haciendo experimentos de alta complejidad tras haber trabajado toda la noche? Es curioso: nos encanta la épica valleinclanesca pero a la vez queremos ser serios y obtener “resultados escandinavos”…
Clama al cielo, pero aquí todo el mundo se hace el despistado. El gobierno, porque la precariedad no es en realidad una medida transitoria, sino una característica del “mercado laboral”, que siempre ha afectado a las clases trabajadoras y que actualmente se está instalando en el corazón de su estructura; los catedráticos e investigadores principales, porque llevan décadas ocupando plazas públicas que aparecieron con el animal mitológico llamado Estado del Bienestar y salvo honrosas excepciones adolecen por completo de empatía para con sus subordinados; a los centros de investigación, incluyendo las universidades, que mantienen el prestigio y los fondos públicos con mano de obra tirada de precio, combinación perfecta para despertar el interés del ámbito privado; y los propios investigadores “jóvenes”, porque hemos aceptado el mantra de que no somos trabajadores como otros cualquiera y que apretando los dientes un poco más seremos los “elegidos”, los Percevales que hallarán el Santo Grial y serán recompensados con fama y prestigio (y, quién sabe, tal vez también con un sueldo correcto y cotizando para el día de mañana, u otras cuestiones similarmente carpetovetónicas).
Mientras tanto, como nos ha recordado tantas veces Antoni Domènech, la loi de famille de Montesquieu se está desplazando cada vez más del seno familiar al puesto de trabajo: mientras nuestras compañeras están dando pasos para deshacerse de nuestro yugo, vamos todas y todos en fila a someternos a los designios de nuestras empresas o jefes de grupo. Por supuesto, al hacer esto, los hombres nos sometemos “con más comodidades”. Estamos lejos de una igualdad con mayúsculas, que sea digna de figurar en la tríada de los Cordeliers con una libertad más que dudosa, excepto para vender nuestra fuerza de trabajo en condiciones desiguales, y una fraternidad que no está y algunos no esperan.
En esta ocasión, la organización, la movilización y la presión mediática han hecho rectificar al Ministerio de Empleo, que según ha dicho la ministra, deshará el entuerto. No lo olvidemos, pues demuestra que más nos vale ser “elegidos” a lo Neo Anderson y escoger la pastilla roja en caso de que algún Morfeo nos la ofrezca. Si no, dentro de poco nos podremos aplicar todos la máxima de Brecht-Niëmoller. Mientras sigamos pensando que lo que falla es algo transitorio, cuestión de mala suerte o de vacas flacas, y que la pasión por nuestro trabajo (y la obsesión por distinguirnos de otros profesionales, especialmente los manuales o “blue collar”) nos siga atomizando como si fuéramos “emprendedores” de tres al cuarto, nuestro factor de impacto tal vez esté por las nubes, pero nuestra dignidad y nuestro futuro seguirán a ras de suelo. 


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