martes, 21 de abril de 2020

Testimonio en directo de nuestro querido amigo el Doctor José Ignacio Torres, que ha superado el ataque del COVID-19. Un testimonio perecioso de un médico de verdad, profundo, humanista y con un alma sin fronteras. Que lo disfrutéis!





El coronavirus, el virus que nos aísla. Así lo he vivido yo


Amar es dónde, algo lo evoca siempre:
un terrado a lo lejos, la tarima vacía
(en el suelo una rosa) de un director de orquesta,
los músicos que hoy están tocando solos.
Tu habitación al clarear el día.
Y, claro está, los pájaros que cantan
en aquel cementerio una mañana de junio.
Amar es un lugar.
Perdura en lo más hondo: es de dónde venimos.
Y también el lugar donde queda la vida.
Joan Margarit
                                   A Arancha

El 10 de abril de 2020, Viernes Santo y Día Internacional de la Homeopatía salí de mi aislamiento después de 24 días de contagio y enfermedad al recibir la noticia de que la PCR era negativa para el virus que nos aísla.
No sabemos qué mundo quedará cuando acabe todo esto. Si nuestras vidas volverán a ver otros países, otros horizontes y si podremos ir al cine, al teatro, a la ópera, a congresos y reuniones, a eventos deportivos. Si podremos volver a besarnos y abrazarnos como siempre lo hemos hecho.
Pienso ahora, en la noche del 10 de septiembre de 2001. Yo estaba sentado en un avión en el aeropuerto internacional John F. Kennedy esperando el despegue sin saber que al llegar a mi casa de Burgos horas después contemplaría con incredulidad y tristeza la caída de las Torres Gemelas en las que dos días antes había estado con Arancha, Pilar y Juan. Una larga caída narrada televisivamente por Matías Prats.
Entonces, tampoco sabíamos lo que iba a pasar en el mundo a partir de esos atentados en pleno corazón de la civilización occidental. Sin embargo, la vida continuó su curso, supongo que con el trabajo y las ilusiones de los que mueven el mundo y que son mayoría, las personas de buena voluntad.

El virus que me aisló ha sido una experiencia, un aprendizaje, pero sobre todo una lección de amor.

He estado confinado en una habitación, con la suerte de que estaba llena de libros y un cuarto de baño anexo más de tres semanas para comprobar algo que ya sabía; lo que cura es el afecto.
La escucha y la compasión son las llaves que abren la puerta a cualquier remedio, sea un fármaco, psicoterapia o cambios en el estilo de vida.
Recuerdo vagamente el día 17 de marzo. Mis compañeros de trabajo estuvieron toda la mañana diciéndome que me fuera a casa por esa insistente tos, y cuando llegué lo único que quería era acostarme.
Durante tres días apenas pude moverme de la cama, con un dolorimiento general y una astenia tan intensa que pensar, comer o ir al baño parecían un esfuerzo sobrehumano, por eso la cabeza no daba para pensar en más.
El cuarto día, con más lucidez, llegó el miedo que me acompañó durante varios días, controlando la temperatura y la saturación de oxígeno y comprobando que tenía fiebre o febrícula y que no pasaba de 90-91.
Solo deseaba quedarme en casa, no ir a ningún hospital a hacerme pruebas o ingresarme, incluso si había llegado el momento de mi muerte lo daba por bueno, pero nada de hospitales. Y al otro lado de la puerta cerrada de mi habitación mi familia compartía preocupaciones y miedos y sufría por mi estado aunque no me lo transmitía por no aumentar mis temores.
Pensar en la muerte, aunque no lo compartía con nadie, fue una constante diaria durante al menos una semana. Podía ser el momento, de hecho cada día aparecían en las noticias (aunque intentara no saber de ello era prácticamente imposible) personas conocidas, y también sanitarios que se habían ido por culpa del virus que nos aísla.

Al fin y al cabo había tenido una buena vida. Una vida llena de lecturas, de viajes, de cine y de música. Había escuchado la voz de Teresa Salgueiro y de Janet Baker, a mi “amigo” Mozart, a Bach, Händel, Vivaldi, Beethoven y Mahler, el adagio de Barber, el ständchen de Schubert y el andante con moto de su trío op 100, a los Beatles, Dylan, Santana, Queen, Supertramp, Police, a los grupos de la movida de los 80 con esa frescura que solo puede dar la libertad, a  Louis Armstrong, John Coltrane, Nina Simone, Pat Methenyy, Keith Jarrett, a Aute , Lllach, Serrat y a los poetas cantados por Paco Ibáñez, la bossa nova de Jobim, Vinicus de Moraes y Toquinho (con tantos vinilos que me había regalado mi tío), la música minimalista de Philip Glass, Arvo Pärt, Henryk Górecki o Michel Nyman, las óperas de Verdi, Donizetti , Puccini y los veristas. Tanta música como alimento del alma.
Y había conocido tantas personas extraordinarias. Desde mi abuelo, pasando por mi padre, mi tío, mi familia toda y la familia que había fundado con Arancha. Mis hijos, que eran mi mejor obra. Y mi trabajo, un trabajo en el que tenía la fortuna de hacer lo que amaba y amar lo que hacía. Un trabajo que era una fiesta cada día por la ilusión con la que afrontaba cada consulta, cada visita domiciliaria, cada encuentro con mis compañeros.
Me habían enseñado a lo largo de los años lo que era la bondad, la generosidad, la entrega, el sacrificio, el amor.
Solo pensaba en que esta felicidad y buena vida se había truncado con la enfermedad de mi hijo pequeño cuando aquel día 13 de septiembre un accidente de tráfico nos arrancó de las manos a aquel capitán de quince años. Pero aun así, estaba con nosotros y habíamos salido adelante con la ayuda de tantas personas.

Dame la mano
para trazar el camino
hacia el gran lago de los sueños,
dame la mano,
hay un horizonte
que nos llama de muy lejos.

Miquel Martí i Pol

Al final, gracias a los consejos de Juan y Teresa determiné utilizar medicamentos que se estaban empleando en el hospital, hidroxicloroquina y levofloxacino, a los que añadí algunos medicamentos homeopáticos que seguramente habrán sido de ayuda en mi recuperación, pero el medicamento que me ha permitido tener la sensación de que me iba a curar fue el amor.
Las llamadas frecuentes de mis amigos Juan, José Luis, Pedro, Pilar, Carmen, Ramón y Vicente, los mensajes de apoyo de tantos amigos, familiares, compañeros de trabajo e incluso de varios pacientes y los cuidados de Arancha han sido para mí sin duda las medicinas que me ayudaron a dejar de pensar en la muerte y desear vivir. Vivir para seguir disfrutando de mi familia, de mis amigos, de la música, de la poesía, de los paisajes y de mi trabajo como médico.
Hubo momentos de incertidumbre, esperando el resultado de pruebas que no llegaban, mientras me sentía cada vez peor y sin saber cómo iba a evolucionar la enfermedad. Sin ganas de nada. Ni de leer, de escuchar música, ni siquiera de comer. Solo tenía puesto el interés en mi temperatura corporal y en mi saturación de oxígeno, desesperándome con esas cifras tan poco apropiadas o con la aparición de nuevo de la fiebre. Pero, incluso en los peores momentos siempre estaba ella para darme ánimos con palabras de cariño y de aliento, haciéndome ver que quizás estaba equivocado. Siempre llegaba con la sonrisa en la boca (a pesar de la mascarilla), con el ánimo entero y con comidas cada día más apetitosas, incluidas las torrijas porque se acercaba la temporada.

Las etapas de la enfermedad por el virus que nos aísla

He vivido mi enfermedad y reclusión en cinco etapas.
En esa primera etapa, ya descrita, llegué de trabajar el día 17 de marzo, comí y sin más pausa me acosté, permaneciendo unos tres días en la cama sin saber quién era ni que estaba sucediendo. Solo necesitaba descansar. No podía con mi cuerpo, de modo que acercarme al baño era como subir a la cima de una montaña.
En la segunda etapa comencé a ser consciente de los síntomas; astenia intensísima, dolores musculares, tos seca y fiebre o febrícula, de modo que pedí que me trajesen el pulsioxímetro para poder comprobar en los próximos días mi saturación de oxígeno.
La tercera etapa fue la peor, cuando a la tos, la fiebre o febrícula y al malestar general se añadió una saturación insatisfactoria. Fue la etapa del miedo. Miedo al hospital y miedo a la muerte. Solo los cuidados de Arancha y de todas las personas que me escribían y llamaban junto con el comienzo de un tratamiento que me hacía albergar esperanzas y el empleo frecuente de Bryonia 30 CH y Gelsemium 30 CH me permitieron seguir adelante con confianza, comprobando mi mejoría lenta pero progresiva. Mientras tanto, seguía la evolución de la enfermedad de mi amigo Diego felizmente recuperado tras su hospitalización y después, la de mi tío y primo ambos ingresados que cuando escribo estas líneas evolucionan favorablemente.

Cuando superé los fatídicos 8-10 días de Coronavirus, estando en la segunda semana empecé a ver la posibilidad de que podía curarme en casa con los cuidados de todos y los medicamentos.
En la cuarta etapa, a partir del duodécimo día, en la que me sentía sin apenas síntomas, sin fiebre y con una saturación normal acepté el aislamiento con la suficientes ganas y fuerza para volver a leer, estudiar, escuchar música, escribir y disfrutar del cine y de la ópera. Los libros, cómics, la poesía, el cine y la música me acompañaron durante muchas de las horas de reclusión. Me encontraba bien, y esperaba solamente a que la quinta etapa, la de curación, que se consolidase con la buena nueva de una prueba negativa para el virus que me permitiese salir de la habitación, convivir con mi familia y volver a trabajar.
El virus que me aisló, que está produciendo tanta enfermedad, tanto dolor y tantas pérdidas en este país llamado España, ha sido para mí una lección de amor.
Ahora celebro, en el salón de la casa ya sin mascarilla junto a mi familia y pensando en todos vosotros que tanto habéis contribuido a ello, mi recuperación y aprendizaje mientras escucho en el vinilo el concierto para violín de Mendelssohn interpretado por una entonces jovencísima Anne Sophie Mutter dirigida por Karajan. Un brindis por la música, medicamento único y alimento del alma y por la vida que nos queda. Por esos momentos que compartir con todos los que habéis estado al otro lado del hilo, el telefónico y el que sostiene la esperanza.
Espero que en un futuro, estas semanas, estos meses, queden en un mal sueño y una fuente de aprendizaje para todos. Aprender para no repetir los errores. Y tener presente que hay pocas cosas importantes en la vida y muchas accesorias.

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