jueves, 23 de abril de 2020

La voz de Iñaki Gabilondo | 23/04/20 | Volver al pasado no tiene futuro

    


Las palabras de los que mandan suelen ser estupendas, que si paz, que si acuerdos, que si hay que cambiar de mentalidad, que si estamos al borde del abismo y tenemos que inventar pasarelas, puentes o drones pilotables a medida del comprador, mediante 5G a porrillo, para pasar al otro lado del marrón...como si el resto de la humanidad soportadora del tinglado, no se enterase de nada. Es precisamente esa parte de humanidad la que primero se entera de lo que es caer por el despeñadero, mientras los grandes amenizadores de festivales en Davos, o en Bruselas o donde sea, disfrutan sin límites de unos viajes increíbles a Suiza, por ejemplo,  y no en plan turismo rural o tiendas de campaña en los Alpes para disfrutar la naturaleza en directo y valorarla como el gran recurso que es, ya en vias de extinción de un planeta en el chasis bioclimático. 
Resulta paradójico que tanto discurso sea sistemáticamente agua de borrajas y que de esos festivales maravillosos no salga ni una sola iniciativa, un remangarse juntos ni una propuesta sana y liberadora que se lleve a cabo materialmente. Bla, bla, bla, y hasta luego Lucas. Hasta la próxima oportunidad de demostrar lo bien se habla y lo bien que se está a la cabeza de la civilización(¡?) occidental. 
Sencillamente, creo que si esas quedadas se hiciesen en las favelas de Rio de Janeiro, en los barrios populares de Calcuta, en una granja de Kenia o en un pueblito de Mozambique, o si da miedo, en la banlieue de cualquier gran urbe francesa o en El Pozo del Tío Raimundo o Entrevías, en Madrid, en el Raval de Barcelona, Nazaret o La Fuensanta en Valencia, en Los Pajaritos de Sevilla, en el Perchel de Málaga, o en mismo centro de Roma, en Piazza Cavour y sus arcos, ante la escalera del metro, donde hay más mendigos que escalones o en los arrabales del Alessandrino adonde no ha llegado aun la pavimentación de las calles pobretonas y cuando llueve no se distingue el barro de la basura, posiblemente los resultados de las reuniones nunca serían como son ahora. Es decir, como llevan siendo desde que empezaron. Absolutamente inútiles. Y aportando una dosis de cinismo tan grande como de ceguera. 

Seamos realistas y aterricemos ya. Ojalá Europa se espabile en esta ocasión, porque es posible que si no lo hace, no tenga más oportunidades de intentarlo, estando el panorama como está. No tiene ningún sentido esperar a que pase el desastre per se. Sin mover un dedo y observando desde la torre del homenaje, a ver qué pasa para intervenir al otro lado de la muralla, donde los siervos de la gleba ya no pueden con su alma, y eso que de ellos depende la vida y el sustento del feudo. ¿Qué más tiene que pasar? ¿Acaso cuando esos 'sabios' y elocuentes líderes enferman, esperan a curarse para ir al médico? Si no lo hacen con sus vidas ¿por qué lo hacen con las vidas del prójimo, que les permite vivir a cuerpo de rey emérito? ¿Cómo en ese estado de inconsciencia total se puede gobernar nada, ni dar una en el clavo, que no sea para machacar sin piedad ni escrúpulo alguno todo aquello que se interpone entre la realidad social y sus carreras políticas y financieras, sobre todo, financieras? Que las puertas giratorias están siempre dispuestas para sus fieles devotos. 

De momento en los barrios estamos ya ideando cómo repartir los bancos de alimentos, la atención primaria, la higiene y el abastecimiento de los productos básicos para podernos calificar de humanidad,  porque en cuanto acabe el confinamiento forzoso esto va a ser la debacle. Cientos de familias sin trabajo ni subsidio, sin renta básica a un no disponible, saldrán a la calle...a pedir limosna. Si toda la ciudadanía da lo que pueda, y logramos organizarnos conm inteligencia y empatía, con honestidad y compasión, sí será posible paliar el desastre estatal, que ya no es culpa de quien gobierna ahora, sino el resultado de que lo gobernado hasta ahora no tiene ni ha tenido nada que ver con la realidad de a pie. 

Siempre me ha gustado leer y reflexionar sobre un pasaje bíblico: la historia de José. Tras unas peripecias tremendas, llega por azar a tener la oportunidad de aconsejar al Faraón  e intuye que en mitad de unos años de prosperidad espléndida, vendrán otros tantos de privaciones, malas cosechas y hambrunas, y recomienda al Faraón que en Egipto se guarde un remanente previsor para más adelante porque existe la posibilidad de que lleguen malos tiempos para las cosechas. Le hicieron caso y cuando llegaron las vacas flacas se pudo asumir y resolver la carencia de riqueza en el estado, por la política previsora. Sin hambrunas ni miseria ni desórdenes. 
Pues de eso se trata. Es una locura pretender que un planeta tan grande y diverso como el nuestro esté funcionando como una cadena de producción mecánica globalizada, creando una dependencia total para todo: desde la producción, a los cultivos, desde la ciencia a la técnica, desde el transporte a la obtención de combustibles absolutamente tóxicos, desde la educación y la sanidad hasta la deshumanización de ambas, con la factura impagable de una creciente y exponencial esclavitud de la masa de seres humanos usados como máquinas, tornillos, alcayatas o taladros. En realidad para ese sistema no tenemos más valor que esa escala. Ya lo estamos viendo. La única nota de humanidad, empatía e inteligencia práctica la pone el pueblo, la ciudadanía. Las crisis son el laboratorio donde queda en evidencia qué es el parasitismo prescindible y qué es lo esencial. 

Un ejemplo indiscutible: sin las reuniones y homilías Davos fashion podemos vivir perfectamente, pero no sin mascarillas y guantes en medio de una pandemia para no contagiarnos con el coronaDavos, que ya no se fabrican en Europa porque habría que pagar a los eurotrabajadores más de lo que se les paga a los chinos o a los malayos. Y por supuesto, alimentar otro parasitismo: el de los intermediarios que se forran cobrando seis o nueve euros, por una mascarilla de que vale 0'60 céntimos, sin que los estado se den por aludidos. Por la boca muere el pez y por el egoísmo especulador y  cerril, la lucidez e incluso la vida de los autores del desastre. 

Si algo hay que superar para siempre es el pasado que ha hecho posible este presente demencial.

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