domingo, 12 de abril de 2020

Buena materia y buena energía. Una disposición abierta y sana para un socialecologismo imprescindible si es que se quiere salir de esta...

Tiempos para el ecosocialismo democrático

  • El tiempo del neoliberalismo ha pasado. Pensar lo que vendrá después es la tarea que nos imponen estos meses extraños y en la que no podemos fallar
  • El ecosocialismo no se ofrece como un sistema ideológico cerrado que contenga todas las respuestas, sino como una caja de herramientas dispuesta a ponerse manos a la obra


Gabriel Ortega-Emilio Santiago (Más Madrid-Ganar Móstoles)

Súbitamente, nuestras vidas se han visto interrumpidas por una emergencia sanitaria sin precedentes, que mantiene confinada a más de un tercio de la humanidad en sus domicilios. Un virus sumamente contagioso, que ataca con especial saña a los más vulnerables, como son las personas ancianas y enfermas, nos ha puesto en jaque como sociedad. Y en semanas que en términos históricos parecen décadas, ha mostrado todas las vergüenzas geopolíticas del mundo surgido de las cenizas de la guerra fría, derrumbando, uno por uno, como gigantes con pies de barro, los mitos triunfantes del neoliberalismo.
Estados socialmente fuertes, con capacidad redistributiva y servicios públicos sólidamente dotados es el nuevo fantasma que recorre Europa, en una disputa en la que el sufrimiento provocado por las políticas austericidas, aún está reciente en la memoria de los pueblos del Sur del continente.
No solo no es de extrañar, sino que debe ser aplaudida y apoyada, la alianza estratégica de España, Italia y Portugal, con el apoyo de Francia, para exigir unos presupuestos de reconstrucción social y económica europea que solo pueden llevarse a cabo mutualizando esfuerzos. Un plan Marshall que permita afrontar esta crisis como lo que es, la postguerra que nos ha tocado vivir a nuestra generación. Si dicha empresa fracasa, Europa quedará tocada de muerte como comunidad política.
Mientras tanto, de balcón a balcón, en un carrusel que circula en la distancia que hay entre la angustia, la ansiedad, la paciencia y la esperanza, millones de personas se preguntan ¿y cómo saldremos de esta? El polo de poder que forman Trump, Bolsonaro y Johnson sugirió inicialmente que la competitividad de sus economías valía más que las víctimas del coronavirus. Esta fijación de prioridades monstruosa, aunque nos indigne, no deja de ser la regla de funcionamiento habitual de nuestro mundo, donde los negocios de algunos valen mucho más que las vidas de muchas y muchos.
Pero precisamente que nos indigne, que nos chirríe, que a la mayoría social nos parezca intolerable la opción del darwinismo social, también en las propios naciones que votaron el gobierno del darwinismo social, hasta el punto de haber tenido que recular y aceptar el confinamiento, es el mejor síntoma de que vivimos en tiempos excepcionales. Una oportunidad para poner en claro qué es lo que importa, qué es lo secundario y actuar en consecuencia. Y por tanto, para cuestionar quién se beneficia y a quién perjudica ese orden de cosas que hoy se revela extrañísimo y que hasta hace un mes conveníamos en llamar normalidad.
En este contexto la diferencia entre los de arriba y los de abajo, entre el interés del demos y los de la oligarquía financiera, vuelve a mostrarse con toda crudeza. Especialmente cuando instituciones y líderes europeos son incapaces de sintonizar la misma onda que las mayorías sociales trabajadoras, que necesitan respuestas y soluciones y las necesitan pronto. Deben estar muy sordos, para no escuchar los aplausos que cada noche se ganan sanitarios, cajeras, trabajadoras de la limpieza, reponedores, camioneros o aquellos que remueven la tierra para que comamos; primera línea de defensa de la sociedad. Lo más paradójico es que esta crisis demuestra de modo muy claro, y sin posibilidad de tergiversarla, una verdad universal: cuando hace realmente falta, la heroicidad la demuestran quienes soportan más maltrato por parte de aquellos que toman las decisiones que gobiernan sus vidas. Sus ingresos. Sus derechos laborales o al descanso. Como nos enseñó a cantar Violeta Parra hace muchos años, el pueblo aguanta la patria a sus espaldas, construye la patria, y la reconstruye si es preciso las veces que haga falta, con un amor que siempre es muy mal correspondido.
La amenaza invisible y ubicua del virus nos ha puesto de golpe en una situación que contradice la lógica más profunda del capitalismo: una donde las necesidades de la vida de todas y todos se entienden como un fin en sí mismo, como algo sagrado y prioritario, y no como un efecto colateral del beneficio de las empresas. El objetivo número uno para la fase de reconstrucción económica es alargar esta excepcionalidad política. Que la prioridad siga siendo el cuidado de los cuerpos concretos y vulnerables frente a los derechos de propiedad de los inversores y el reparto de dividendos.
No negamos que el mercado tendrá un papel importante que jugar en la reconstrucción económica y en el mundo que esta dará a luz. Al igual que la cultura del emprendimiento y la iniciativa privada. Pero siempre subordinándolo al servicio de la prosperidad común. Y por tanto limitándolo y regulándolo. Un mercado sin capacidad para triturar y chantajear esa cualidad que, si no se cumple en derechos materiales concretos, convierte la democracia en una palabra vacía: la soberanía vital de las personas. Un mercado que vuelva de nuevo a embridarse dentro de los cauces de la sociedad, de donde nunca debió salir.
Para ello nuestro horizonte debe ser promover, en los próximos meses, una enorme operación de redistribución de riqueza. Al menos tan importante como la que se dio al fin de la segunda guerra mundial. La Renta Básica Universal, con su reforma fiscal consecuente, puede ser el dispositivo perfecto para avanzar en esta conquista.
Pero no podemos olvidar que la crisis, que primer es sanitaria y después será socioeconómica, nos sitúa en un escenario de alta complejidad. Dos elementos extra merecen ser mencionados:
En primer lugar, estamos viviendo en toda su crudeza una crisis moral. Se nos está muriendo una generación que se echó nuestro País (y Europa) a la espalda y la reconstruyó ladrillo a ladrillo. Ni tuvieron derecho a la infancia ni lo han tenido a una muerte acompañada por sus seres queridos. No hemos estado a su altura.
No podemos salir de esta crisis con el mismo sistema asistencial, abrumadoramente privatizado, que ha resultado letal para las abuelas y abuelos en nuestros días. Les debemos todo, nuestros derechos y libertades, las vacaciones y los sindicatos, un nivel de vida y de formación del que se privaron para que lo disfrutásemos las generaciones siguientes. Esa es la generación a la que no hemos sabido cuidar. Si algo merece que cambiemos de arriba abajo el modelo socioeconómico es garantizar un buen final de vida a de aquellos que se le han dejado a jirones en el camino para que nosotros viviéramos mejor. La deudas con los fondos buitre o con los bancos nos hace prisioneros. Pero las deudas con nuestros padres y madres, con nuestras abuelas y abuelos, nos hace humanos.
Como también nos hace humanos la deuda con nuestros hijos e hijas, con nuestras nietas y nietos. Y es que, en segundo lugar, la crisis sanitaria es también expresión y vuelta de tuerca de la crisis ecológica. Expresión porque el incremento acelerado de las pandemias, que hemos conocido en el siglo XXI, está íntimamente relacionado con el incremento de nuestra presión sobre los ecosistemas. Los virus saltan más rápido de animales a los humanos cuando asediamos la naturaleza hasta extenuarla. O cuando la concentramos en proporciones nunca vistas en macrogranjas industriales, que son laboratorios perfectos para la generación espontánea e incontrolable de nuevas superbacterias. Y no es descartable que los estudios posteriores nos indiquen que el coronavirus ha causado una mortandad mayor en aquellas ciudades donde el aire estaba especialmente contaminado.
Pero la crisis sanitaria es también una vuelta de tuerca a la crisis ecológica porque, ante el derrumbe económico, la tentación va a ser ponérselo fácil a la economía a costa de dañar más nuestro planeta. Trump ya ha anunciado una batería de desregulaciones que beneficiarán a la industria del petróleo. El gobierno de Andalucía, supeditado a los votos y el rumbo que impone de Vox, ha tomado nota sobre las posibilidades de una doctrina del shock antiecologista. Y ha aprobado un decreto-ley, sin control parlamentario, que cambia 21 leyes y 6 decretos con el fin de flexibilizar la ordenación urbanística y ambiental para promover nuevos complejos turísticos y campos de golf. Un cheque en blanco para seguir exprimiendo uno de los litorales más destrozados de Europa.
Los cielos limpios de nuestras ciudades, las imágenes de los delfines en los canales de Venecia, o el hecho de que 2020 puede ser el primer año de la historia de la sociedad industrial donde las emisiones se reduzcan sustancialmente, no son tanto buenas noticias como señales muy nítidas de nuestra tragedia: una economía cáncer, que solo funciona en guerra contra la vida que la sostiene. La vida que emana de la biosfera y sus ciclos, y la vida que sostienen esos cuidados imprescindibles, que el patriarcado ha colocado tradicionalmente en la espalda de las mujeres.
Por ello la reconstrucción económica posterior tiene que tener en la transición ecológica socialmente justa y feminista el núcleo de su programa. El Plan Marshall que viene debe ser un Plan Marshall verde y violeta. La propuesta del Green New Deal nos enseña qué es lo que tenemos que hacer. Técnicamente ya sabemos lo que funcionaría: descarbonizar la economía, rehabilitar edificios, multiplicar la vida de los materiales, expandir el transporte público en ciudades y el ferroviario para mercancías, facilitar los consumos compartidos y os bienes comunes, promover la transición agroecológica que repueble nuestro campos, reforestar, otorgar una renta justa al cuidado de los territorios y de los cuerpos, tener una cultura y un ocio de proximidad. Había dudas sobre cómo pagarlo. Y lo que es casi lo mismo, cómo comprometer a los ricos en esta tarea común. Este intenso comienzo de 2020 nos ha dejado dos interesantes lecciones: si hace falta, el dinero se crea. Y si no nos salvamos todos, no se salva nadie. Lo que se aplica al coronavirus hoy se puede aplicar mañana, y elevado al cubo, a la emergencia climática.
Estamos situados en una encrucijada histórica fascinante, aunque también desorientadora y peligrosa. En todo este complejo cruce de caminos, hay un punto cardinal que merece convertirse en el norte de nuestras brújulas: la idea de ecosocialismo democrático. Unas coordenadas que si bien han sido muy trabajadas en lo teórico, necesitan ahora más que nunca de sus traductores, de sus pioneras, de sus movimientos sociales y de sus liderazgos políticos audaces, que la sometan a la prueba del algodón de la historia, que no es otra que la praxis.
Socialismo porque llegó la hora de volver a poner la economía al servicio de un interés general entendido con justicia. Ecosocialismo porque en el siglo XXI esto solo puede significar una profunda y compleja transición técnica, productiva y cultural para volver a vivir dentro de los límites de un planeta finito, que hemos sobrepasado peligrosamente, en simbiosis con otras especies. Democrático porque, tras los errores del siglo XX, hemos aprendido que flaco favor hacemos a la lucha por la igualdad si esta nos lleva a suprimir el marco de derechos y libertades democráticas que salvaguardan algunos valores y prácticas esenciales. Sin estos la vida individual vale menos. Y la vida social se pudre en gregarismo, mediocridad burocrática y chivateo.
El tiempo del neoliberalismo ha pasado. Pensar lo que vendrá después es la tarea que nos imponen estos meses extraños y en la que no podemos fallar. Se empieza a escuchar la metáfora de unos nuevos Pactos de la Moncloa, que recordemos fueron de ajuste y fueron por arriba. Esto es, otra vez el capital gana por enésima vez el premio gordo y deja al pueblo la pedrea. Aceptamos que para avanzar nos hacen faltan consensos que incluyan a los grandes poderes económicos. Pero puestos a pactar, nuestra inspiración es otra: el pacto social de posguerra que se dio en Europa a partir de 1945, donde fue el capital el que se movió más en favor de otorgar sanidad pública, educción, sanidad, pensiones a los trabajadores masacrados en los campos de batalla y los campos de concentración.
Algunos nos llamarán ingenuos o idealistas, porque hoy no existe la amenaza geopolítica de la Unión Soviética, que sin duda ayudó en 1945 a que las élites europeas firmaran ese pacto como quién firma un seguro contra la revolución. Somos conscientes. Pero también somos conscientes de que en 2020 existe una amenaza biológica- y una climática-, en este virus y en los que vendrán después. Esta no afecta por igual a todas las clases sociales. Pero sí da golpes suficientemente indiscriminados (un virus “bien democrático” lo llama Luciana Cadahia) como para ofrecer incentivos, históricamente inéditos, a la búsqueda de soluciones comunes con acento popular. Para lograrlas, el ecosocialismo democrático nos ofrece un buen punto de partida. No como un sistema ideológico cerrado que contenga todas las respuestas, sino como una caja de herramientas dispuesta a ponerse manos a la obra para construirlas.

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