lunes, 9 de diciembre de 2019

Qué reflexión tan buena y justa. Gracias por la lucidez, Santiago Alba Rico

Greta Thunberg y la rareza común

  • "Me pregunto por qué nos preocupa el sufrimiento y la rareza de Greta Thunberg más que la verdad universal que ella enuncia" 

Si fuese el padre o la madre de Greta Thunberg estaría muy preocupado. Cuando mis hijos eran pequeños y sufrían por la guerra en Iraq o por las amenazas ecológicas me sentía mitad culpable y mitad orgulloso y su sufrimiento se me clavaba en el corazón como un cuchillo. Me preocupaba su sufrimiento, que en todo caso estaba relacionado con una verdad que yo ni podía ni quería ocultarles. Si hubieran sufrido -como a veces lo hicieron- por una pequeñez inmensa, su sufrimiento también me hubiera llenado de angustia, como me ocurrió cada vez que la lluvia arruinaba su fiesta de cumpleaños o lloraban un amor adolescente contrariado. El sufrimiento de los hijos nos preocupa siempre a los padres, tenga o no tenga alguna relación con la verdad y la justicia de nuestro mundo, y por eso la dificultad de ser padre -recordemos al del príncipe Sidarta- consiste en encontrar una fórmula para amortiguar sus dolores -y hacerles lo más felices que sea posible- sin separarlos del destino común de la humanidad.
Greta Thunberg sufre; es una niña, además, bastante rara. Sus padres sin duda están preocupados y lo han estado siempre. Su rareza y su sufrimiento están pegados por razones del todo contingentes -en el sentido de que el sufrimiento de un niño es puro y absoluto- a una verdad que, sin embargo, nos atañe a todos. Leyendo estos días algunos comentarios, me pregunto por qué nos preocupa el sufrimiento y la rareza de Greta Thunberg más que la verdad universal que ella enuncia. Resulta cuando menos extraño ver de pronto a muchos españoles que ignoran con banal legitimidad el sufrimiento de los menores inmigrantes o el de los hijos adolescentes del vecino del 4º ejercer estos días de padres responsables de Greta Thunberg con una mezcla de compasión impostada y de ceño censor inverosímil. ¿Por qué no dejamos esa preocupación a sus padres o, si es que preferimos la moral a la supervivencia, no les mostramos un poco de afecto agradecido y solidaridad positiva? Nunca hemos ejercido, por ejemplo, de padres de Mozart, que sufría un montón, o de Carson McCullers o de Leopardi o de Rimbaud, que fueron jóvenes raritos y desesperados que dieron muchos quebraderos de cabeza a sus familias. Al contrario: la música de Mozart, los versos de Rimbaud y Leopardi, la prosa maravillosa de McCullers nos hacen olvidar cruelmente tanto sus sufrimientos como la inquietud de sus padres. ¿Cruelmente? No lo creo. Es que su “mensaje” vale tanto la pena que no es crueldad individual sino derecho de todos fijarnos únicamente en sus sinfonías o en sus versos y no en sus cuitas personales o en las de su familia. 
El sufrimiento y la rareza que hace sufrir a los padres de Greta nos pone delante de los ojos el sufrimiento potencial de toda la humanidad. ¿No es eso tan relevante como su felicidad espiritual? Estoy convencido de que la música y los versos son tan importantes para la humanidad como las condiciones materiales sin las cuales es imposible su existencia. Hay, con todo, una diferencia: si no podemos sentir el dolor musicalizante de Mozart ni lo necesitamos para disfrutar de su Requiem, sí deberíamos sentir todos el dolor admonitorio de Greta, imprescindible para conservar el mundo común. Lo raro es que nos parezca raro que alguien sufra por el cambio climático en lugar de reprocharnos nuestra insensibilidad, y que atribuyamos ese sufrimiento a una irregularidad o una anomalía en lugar de asombrarnos de nuestra propia anomalía irresponsable; sería más fácil salvar a nuestra especie en peligro, desde luego, si todos fuésemos tan normales como Greta y nuestras emociones estuvieran a la altura de -o en correspondencia con- los peligros reales que nos acechan. A veces hace falta una anomalía para sentir normalmente en un mundo en el que lo estúpidamente normal es ignorar los peligros
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Ahora bien, la razón, órgano en este caso inferior a la emoción, puede también entender lo que Greta siente y proclama. La humanidad es así: comodona, miope, socarrona. Los humanos somos así: nos gusta seguir bailando mientras se hunde el Titanic. Tenemos derecho a que Greta nos resulte antipática o cargante, a condición de que escuchemos lo que tiene que decirnos. Y tenemos derecho incluso a bromear sobre su precocidad o su rareza, a condición de que las bromas tengan gracia y no nos impidan mantener abiertos los ojos. El humorismo revela la fragilidad humana, que es tan universal como el mensaje de Greta; y no hay nada tan sagrado, ni siquiera nuestra supervivencia como especie, que no se haga más vinculante con un chiste. No deberíamos escuchar ni seguir en ningún caso a un mensajero que no fuera frágil; ni apoyar una causa que nos exigiera dejar de reír. Pero del mismo modo que la impostada preocupación paternal por esa hija ajena, las bromas de mal gusto dirigidas contra esa fragilidad infantil no indican ni sensibilidad ni ingenio: revelan más bien las resistencias ideológicas o psicológicas de muchas de las víctimas menos valientes de la catástrofe en ciernes. No me preocupan las rarezas y el sufrimiento de Greta; eso es cosa de sus padres; yo escucho el doloroso mensaje que nace dolorosamente de ellas. Lo que sí me preocupa, y de un modo casi paternal a mi vez, es el temblor de piernas de los que se preocupan por Greta y no por su mensaje, así como el ingenio desesperado de los que se burlan de su rareza y no de nuestro aturdimiento y frivolidad. Me enternece un poco, sí, esa humanidad perdida que nos perderá a todos, pero también -lo confieso- me irrita un poco, y no porque vaya a perdernos a todos. Es que no soporto el mal gusto, la irracionalidad voluntaria, el bullying y la mentira.
   

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