domingo, 29 de diciembre de 2019

La ética no es una ideología, no es un credo ni una ocurrencia de Atristóteles y Kant, ni del evangelio ni del budismo, ni una asignatura caprichosa, empeñada en que cambiemos la visión del mundo desde dentro de cada uno porque no hay otro modo de hacerlo que de verdad sirva para algo mejor de lo que nos hemos acostumbrado a llamar "normal"; la ética no es una Señorita Rottenmayer gruñona y maniética, sólo es el producto natural de la evolución del primitivismo a la consciencia. Simplemente eso. La historia es testigo y notaria fidedigna de esa realidad y del retraso y miseria que supone su ausencia en las sociedades pre-humanas, que es lo que hasta ahora conocemos y experimentamos en todos los aspectos sociales. El Profesor Pérez Tapias nos lo recuerda en esta reflexión. Mil gracias y feliz camino!

Tribuna

Mirada “marrana” sobre España

Poco ha variado respecto a los modos de manejar las lógicas de inclusión y exclusión que se daban en épocas pasadas. Las izquierdas no son capaces de poner eficazmente en cuestión esas lógicas, tan enquistadas en el imaginario colectivo

<p>La investidura.</p>
La investidura.
MALAGÓN
27 de Diciembre de 2019
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Si no cambiamos la forma de mirar, seguiremos viendo lo mismo, incluso nuestros más viejos fantasmas. Y lo cierto es que de hecho no cambiamos la forma de mirar nuestra realidad, lo cual en estos momentos, como sociedad, nos es tan urgente como imprescindible, aunque hay que reconocer que no es fácil. Pero será imposible si no nos aplicamos a ello. ¿Por qué y cómo una mirada “marrana” sobre España puede ser un conveniente, incluso insoslayable, cambio de perspectiva para mirar nuestra realidad política? ¿Qué supone volver sobre la experiencia de aquellos judíos conversos, llamados despectivamente “marranos”, que tras el decreto de expulsión de los Reyes Católicos en 1492 trataron de adaptarse, mediando una tremenda renuncia a la religión y modo de vida de sus ancestros, a un nuevo marco sociopolítico sin por ello dejar de estar en el punto de mira de la Inquisición?
Nuevas miradas frente a ojos que no quieren ver
Empecemos por algunas consideraciones generales: en muchos terrenos se nos impone la necesidad acuciante de un cambio de mirada para ver de otra forma, paso previo para nuevos modos de acción. Afortunadamente, va creciendo la conciencia compartida acerca de cómo replantearnos la relación con una naturaleza de la que formamos parte, por más que le hayamos sobrepuesto el mundo de la cultura, pensando precisamente desde nuestra cultura que ella era objeto de dominio y resultando, al llevar esa pretensión hasta el extremo, que la ponemos y nos ponemos en peligro por la consiguiente amenaza de catástrofe climática. De manera análoga a ese cambio de perspectiva –en verdad aún no consolidado-, un nuevo mirar la realidad social viene exigido por un mundo de estrechas interrelaciones en el contexto de la globalización, pero en el que crecen las desigualdades y no disminuyen los conflictos, ante lo cual se manifiesta la radical insuficiencia de las instituciones políticas en las que nos hemos movido hasta ahora. Y qué decir de un movimiento feminista que traspasa fronteras y pone en cuestión el orden simbólico patriarcal y unas relaciones humanas asentadas hasta el momento sobre pautas machistas, con mayor o menor dosis de violencia contra las mujeres en las distintas sociedades y culturas. También exige una nueva mirada sobre humanos, cuerpos, sexos y géneros.
En el contexto en que estamos no debiera sorprender, por tanto, que para afrontar la realidad de la España actual sea igualmente necesario abordarla, para empezar, con una nueva mirada que nos permita atisbar alguna solución a nuestros conflictos y una salida a la crisis del Estado. Sin embargo, no logramos que la compleja realidad de nuestro país sea vista de otro modo, enmarcada, como suele decirse con lenguaje al uso, bajo un paradigma diferente al que hasta el día de hoy sigue imponiéndose. Si este paradigma es el que acompaña al Estado nacional moderno, por más que la conformación del mismo en la realidad hispana haya sido compleja desde su origen, conflictiva en su construcción –a veces hasta el extremo de guerras civiles-, y deficitaria en sus resultados –aun con sus logros-, lo que los hechos nos están mostrando es que dicho paradigma político, con el soporte social de un fuerte componente identitario en términos de nacionalismo españolista muy enfático, ya no da cobertura suficiente para resolver las cuestiones cruciales que hemos de solventar para despejar el horizonte de la digna convivencia política que nos merecemos.
El lastre político de un paradigma obsoleto
Cuando la ciudadanía española observa expectante, bien es verdad que un tanto hastiada unas negociaciones que, con su opacidad, mantienen en suspenso la vida de una comunidad política que a estas alturas espera con notable escepticismo que por fin haya gobierno, la cuestión de fondo no se reduce al ajuste de piezas ministeriales o de contenidos programáticos entre PSOE y Unidas Podemos como partidos dispuestos a coaligarse. Tampoco se agota el problema, sabiendo todos lo que está en juego, en qué se pacte con ERC para que acceda por fin a una investidura por la que parece que ha optado, facilitándola con su abstención a fin de que el candidato socialista Pedro Sánchez alcance la mayoría necesaria. Los obstáculos a superar en el recorrido hacia tal objetivo, con los bloqueos padecidos en las diversas etapas, las inmediatas y las anteriores, cuentan con la raíz común de una visión ya obsoleta del Estado, un concepto de soberanía inservible por sacralizado, unas identidades nacionales concebidas –y vividas– de manera de suyo anacrónica, por más que pertenezcan a este tiempo.
A causa de la atadura a esa señalada raíz común, las derechas permanecen varadas en una idea de España sobre la que se acumulan mitificaciones insostenibles y lastres impresentables –los vínculos con el franquismo no se acaban de romper-; las izquierdas no terminan de perfilar un proyecto federal creíble, entre otras cosas por no asumir consecuentemente la plurinacionalidad de nuestro espacio político; y los independentistas catalanes, debido a la trampa de una pretensión sostenida especularmente respecto al Estado, permanecen paradójicamente dependientes del mismo concepto de Estado que está vigente en España, aunque pretendan otro distinto por vía de secesión. Es decir, estamos inmersos en un conflicto en el que las partes se encuentran situadas, con sus antagonismos, bajo un mismo paradigma, sin que se abra una perspectiva innovadora que sólo puede instaurar una nueva mirada.
Aun en medio de una situación inédita, con el país en suspenso a la vez que atónito ante unas prisas por el gobierno en funciones y su presidente-candidato en cuanto a resolver, a trancas y barrancas y en plenas fiestas navideñas, lo que antes no se quiso despejar durante meses, nos topamos a cada paso con declaraciones en las que aparece la marca del viejo paradigma, con rasgos que hacen patentes los sesgos ideológicos que lleva consigo. La derecha conservadora no deja de apelar a los constitucionalistas, entre los que se autoubica a la cabeza de manera bien chocante, cual nueva formulación de la tan manida expresión referida a “los españoles de bien”, que puede apreciarse como reciclada fórmula de aquella con la que se identificaban los “cristianos viejos”; la derecha fascista acentúa su tendencia a la exclusión tratando a los inmigrantes como chivo expiatorio, a la vez que llama despectivamente “progres” a los que otrora metía en el saco de los rojos. Poco ha variado respecto a los modos de manejar las lógicas de inclusión y exclusión que se daban en épocas pasadas. Las izquierdas no son capaces de poner eficazmente en cuestión esas lógicas, tan enquistadas en el imaginario colectivo.
Tanto es así que, por ejemplo, ante el discurso de Navidad del Jefe del Estado en este 2019, un discurso “real” del que cabe decir que se limitó a surfear sobre la realidad –es, por lo demás, lo que puede dar de sí una Corona que subraya lugares comunes en cuanto a concordia y funcionamiento democrático, pero que no ahonda en cuestión alguna e incluso olvida lo que no debe dejarse de recordar-, emergen diversos intentos de disputarse su liviano contenido con el fin de legitimar las respectivas posiciones políticas en una suerte de disputa de poca monta entre partidos en pugna. De ese modo, las derechas tratan de apropiarse de palabras del Rey sobre la Constitución y la unidad de la nación española, en momentos de turbulencias judiciales a raíz de la sentencia del Tribunal de Justicia de la UE sobre la inmunidad del líder independentista Oriol Junqueras como europarlamentario electo, corrigiendo al Tribunal Supremo. A la vez, el PSOE y Unidas Podemos subrayan de manera tan superficial como oportunista el mero enunciado de ciertas cuestiones cruciales en el discurso de Felipe VI, desde el cambio climático hasta la desigualdad salarial entre hombres y mujeres –el Rey omitió referencia alguna a la violencia machista y a las mujeres asesinadas, lo cual fue sorprendente, aunque no lo es menos la llamativa ausencia de comentarios acerca de tal “vacío”, incluso por organizaciones feministas de las que cabía esperar una palabra-; se supone que lo hacen pensando que esas palabras refuerzan la legitimidad del pacto de gobierno pendiente de salir adelante. Las fuerzas independentistas, como era previsible, se reservan, esta vez en exclusiva, el papel de crítica sumaria al discurso “real”. Lo relevante en lo profundo es esto: posiciones diversas, pero en el mismo campo de juego, el cual es no sólo el que hay que iluminar, sino el que habría que diseñar de nuevo.
La necesaria mirada de los otros (“marranos” en este caso) para un Estado plural y una democracia inclusiva
Si ahora volvemos al enfoque que puede proporcionar una mirada “marrana” veremos que en España no sólo tenemos agotado el Estado de las autonomías y muy tocado el “régimen del 78” –algunos decidieron aparcar su diagnóstico al respecto-, sino que seguimos estando lastrados por una concepción del Estado y una idea de la nación que vienen de muy atrás. Si el Estado-nación es invento del siglo XIX, en cada caso se buscó legitimidad en hechos del pasado, siempre mitificados para nutrir una identidad colectiva que debía funcionar como factor fundamental de cohesión social. En ese remontarse a hechos del pasado como –en nuestro caso- la unión dinástica de Castilla y Aragón, con la anexión de Navarra y la conquista del reino nazarí de Granada, todo ello punto de arranque de la Monarquía Hispánica, tales hechos pasan a ser considerados, junto con otros, factores fundacionales. Al ser ensalzado ese constructo histórico queda en la penumbra, como mera cuestión marginal, la expulsión de los judíos. Si eso fue una catástrofe para una gran comunidad sefardí –no fue ni el único, ni el primer caso de expulsión de los judíos en países europeos-, fue también una pérdida incuantificable para la sociedad española, que por otra parte habría de configurarse con ese desgarro inicial. La identidad colectiva se conformó, pues, excluyendo, de forma que poco más de un siglo después a la expulsión de los judíos le seguiría la de los moriscos.
Importante es que no todos los judíos marcharon; quedaron los que se convirtieron, los “marranos”, entre los que se dieron diferentes grados de integración, no siendo pertinente para la época hablar de inclusión. Los “marranos”, como de manera magistral trata la filósofa italiana Donatella Di Cesare en su libro titulado precisamente Marranos, quedaron en el seno de la sociedad española, ahormada bajo la férula del catolicismo contrarreformista, como “los otros” que a su vez, en tanto que rompieron con su comunidad de origen, representaban una doble alteridad excluida: “los otros de los otros” (los judíos en general). En consecuencia, esos “otros de los otros”, con su identidad fluctuante y sus biografías marcadas por la represión, portando la memoria de vidas profundamente dañadas por sobrevivir, a veces memoria perdida en el curso de generaciones y por las presiones de la aculturación, representaron el núcleo vacío de una identidad conformada a través del rechazo, cuando no la persecución, de los “cristianos nuevos” –prolongada en la posterior marginación o exclusión de gitanos, protestantes, liberales, rojos…, y todos cuantos eran vistos como heterodoxos respecto de la ortodoxia dominante-.
Recuperar el punto de vista de los “marranos” –y del marranismo provenían Teresa de Jesús, Fernando de Rojas, Cervantes… y tantos y tantas- es hacer valer la mirada de quienes veían a España de otra manera, de quienes la quisieron plural y tolerante, convivencial e inclusiva. Y de quienes hoy deben y pueden activar el recuerdo de aquello que para unos fue un estigma y para la sociedad hispana en su conjunto una herida abierta por autolesión nunca sanada. Si hoy observamos a la España actual con mirada “marrana” podremos relativizar ideologías y criticar dogmas que siguen dando cobertura a la exclusión y sacrificando la pluralidad, también la pluralidad nacional, herejía política para los que siguen respirando nostalgias “imperiofílicas” o atascados en soberanías impracticables. Una mirada “marrana”, con la sensibilidad propia para tener presente a quienes fueron víctimas en la historia o a quienes la historia de los vencedores dejó fuera en exilios exteriores o interiores, nos haría ver a España de otra manera, como igualmente supondría ver Cataluña desde dentro también con una voluntad inclusiva que hoy no es descollante, y promover dinámicas de reconocimiento en las múltiples direcciones en las que debemos hacerlo.
Es verdad que no podemos aguardar de la inmediatez de una negociación para un pacto de gobierno y un acuerdo de investidura que ella produzca por sí misma un cambio de mirada, pero si no se tiene en cuenta esa imperiosa necesidad para lo que viene después de poco servirá la investidura y no irá muy lejos la acción de gobierno, dada la tarea mayor de reconstruir democráticamente un Estado que por la fuerza de los hechos ha de ser plurinacional e inclusivo de los diferentes que, como ciudadanas y ciudadanos, formamos parte de él.

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