lunes, 2 de diciembre de 2019

¿De qué va “Facha”, el libro que leía el conseller frente a un diputado de Vox?

  • El autor del libro, Jason Stanley, ha estudiado durante años los mecanismos que usa el fascismo para convencer a millones de personas, también en EEUU y en la actualidad
  • Uno de los análisis más curiosos del libro es cuando expone la obsesión de los fachas por la masculinidad
  • Para Stanley una clave para el auge del fascismo es el discurso facilón, el lenguaje infantil, el mínimo nivel intelectual

Les Corts Valencianes. Debate sobre la ley de acompañamiento a los presupuestos. PP, Cs y Vox exigen la devolución de dicha ley al Govern de la Generalitat, mientras que la izquierda, en el Gobierno, pide que la tramitación siga adelante. Mientras interviene José María Llanos, diputado de Vox, el conseller de Educación y Deportes de la Generalitat, Vicent Marzà, exhibe, sentado en su escaño, un libro con una provocadora portada: Facha.
¿Qué leía Marzà? El autor del libro es Jason Stanley, profesor de filosofía en la Universidad de Yale y cuyo padre se escapó de la Alemania nazi cuando tenía solo seis años. Llegó a Nueva York un verano de 1939 y la familia todavía conserva un álbum familiar con las fotografías de la Estatua de la Libertad. Stanley ha estudiado durante años los mecanismos que usa el fascismo para convencer a millones de personas, también en Estados Unidos y en la actualidad.
Todos conocemos esas disputas dialécticas en las que alguien te replica: “Hombre, fascistas no son, el fascismo es otra cosa”. Lo recuerda Isaac Rosa en el prólogo: “Este es un libro anticipatorio: señala dónde podéis acabar si no os tomáis en serio el ascenso de los nuevos movimientos ultras. Si os entretenéis en discusiones terminológicas mientras sus discursos van ganado la batalla”. También recuerda que en la era de las fake news y en plena incertidumbre económica están prosperando el antisindicalismo, el antifeminismo y la xenofobia de manera tan preocupante como que esas “ideas” tienen ya a 52 diputados en el Congreso.
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Uno de los análisis más curiosos de Stanley es cuando expone la obsesión de los fachas por la masculinidad. Y lo define como “ansiedad sexual”, típica del fascismo en política, un fascismo enfrentado a la igualdad de género porque ataca a la jerarquía patriarcal. El facha está obsesionado con los roles de género, se siente amenazado por ellos. Stanley pone un ejemplo: en Polonia el partido Ley y Justicia ganó las elecciones con una aplastante mayoría. Su obsesión actual es el regreso a las tradiciones cristianas de la Polonia rural. Y en su pack facha incluyen el odio a los homosexuales, los inmigrantes y el aborto.
Otra característica del facha es la invención de un pasado mítico nacional e ideal. Una invención que llegó a ser hasta reconocida por el infame Mussolini, padre del fascismo, en 1922: “Hemos creado nuestro mito. Y ese mito es una fe, una pasión. No hace falta que sea una realidad”.
El pasado nacional para el facha solo es positivo, ejemplar, rechaza toda página oscura en la historia de su nación, que por supuesto es muy superior a otras. En España tenemos nuestros defensores de la paz y el progreso franquista, del bravío imperio español y de la heroica conquista de América, pero no tenemos la exclusiva de la memez nacionalista. Stanley recuerda que en la actual Polonia está castigado (con penas de hasta tres años de cárcel) sugerir que buena parte de la población polaca fue cómplice del terror nazi y el Holocausto en el país, algo absolutamente cierto y documentado. Pero podemos irnos hasta África para recordar la amenaza que supone una mujer libre. En 1990, cuatro años antes de su espantoso genocidio, en Ruanda se publicaron “Los 10 mandamientos Hutus”. El segundo rezaba: “Todo hutu debe saber que el papel de mujer, esposa o madre de familia es más adecuado para nuestras hijas hutu. ¿Nos son acaso hermosas, buenas ayudantes y más honestas?”.
Otro país europeo fascista, Hungría (país que también fue cómplice de los nazis en el exterminio judío, en el que fueron especialmente salvajes), tiene una nueva Constitución en la que se puede leer: “Hungría protegerá la institución del matrimonio, entendida como la unión voluntaria entre hombre y mujer. Fomentará el compromiso de tener hijos. Una ley cardinal regulará la protección de la familia”.
Portada del libro. / Blackie Books
Lo mismo ocurre con el facherío norteamericano (el libro recuerda que Hitler se inspiró en la leyes confederadas de Jim Crow). En los Estados Unidos es incómodo y antipatriota recordar que su gran nación está cimentada en el genocidio de los indios y la esclavitud de los negros. Lo mismo ocurre con los turcos (una dictadura ante la que Europa mira hacia otro lado) y el atroz genocidio del pueblo armenio, del que muy poco se sabe comparado con otros cinematográficos o literarios exterminios.
No acaba ahí la infamia. Jean-Marie Le Pen fue condenado por negar el Holocausto, del que los franceses fueron testigos y también cómplices. Hay que recodar que su hija Marine fue segunda en las elecciones presidenciales francesas de hace dos años. Poca broma con esto y también con los propios alemanes, que no han escarmentado: Alexander Gauland, cabecilla del partido de ultraderecha Alternativa para Alemania, llegó a decir: “Si hay un pueblo al que se le haya asignado un pasado falso por antonomasia, ese el pueblo alemán. Los alemanes podemos enorgullecernos de los logros de nuestros soldados en las dos guerras mundiales”. Es difícil ser más imbécil.
Para Stanley otra clave para el auge del fascismo es el discurso facilón, el lenguaje infantil, el mínimo nivel intelectual. Porque su discurso va dirigido a la clase obrera desclasada (el obrero de derechas) y al mundo rural. Y en este capítulo vuelve a recordar a Hitler, que en su Mein Kampf escribe: “Cuanto más grande es la masa a la que hay que convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental”. Tampoco conviene olvidar que el Partido Obrero Alemán es el embrión del Partido Nazi.
Y el peor enemigo para sus mensajes simplones, torticeros y engañosos es la prensa que analiza y denuncia esos mensajes. Solo hay que comprobarlo en la actualidad: Santiago Abascal, presidente de Vox, ha insistido en que su partido seguirá vetando a medios de comunicación en sus sedes porque no van a permitir “mentiras”. Los de Abascal no son los únicos, ni su rabieta es nueva. Esto es muy habitual: si cuestionas mis falsas conspiraciones (la “avalancha de inmigrantes”, el “poder gay en la sombra”, la “dictadura de género”, el “caos en las calles” por los inmigrantes...) te veto, no vuelves a mis ruedas de prensa o a mis actos de propaganda. Y como escribe Stanley, los fachas “disparan la paranoia de que hay una “quinta columna” o unos grupos “izquierdosos” entre nosotros que utilizan el vocabulario de los derechos humanos para destruir las tradiciones nacionales”.
¿De dónde surgen partidos como Vox? Jason Stanley lo explica hablando de otros partidos igual de peligrosos: “En un ambiente de graves desigualdades, la situación se complica. A algunos electores sencillamente les atrae más un sistema que favorece su religión, raza, genero o estatus. El rencor que resulta de unas expectativas que no se cumplen puede redirigirse a unos grupos minoritarios que no comparten las tradiciones predominantes. Algunos votantes culpan a estas minorías, y no al comportamiento de las élites económicas, de que sus expectativas no se cumplan”. ¿No les suena familiar?
Igual que el creciente fascismo, su propaganda no es algo del pasado, solo hay que leer algunos diarios o sintonizar algunas radios o cadenas televisivas para ver cómo la demagogia facha llega a millones. Como comenta Stanley, “en La República de Platón Sócrates dice que las personas no sienten una inclinación natural por el autogobierno, sino que buscan a un dirigente fuerte a seguir. Y como la democracia permite la libertad de expresión, el demagogo se aprovecha de esa necesidad de contar con un líder potente”. El mismísimo ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels pensó lo mismo: “Una de las mayores bromas de la democracia es que les dio a sus más acérrimos enemigos los medios necesarios para destruirla”.
Facha nos presenta los mecanismos del fascismo para lograr el poder mediante la propaganda, el pasado mítico, la sexualidad y el victimismo. El fascismo está ahí y ha regresado para quedarse, si es que algún día se fue. En España, desde luego, no. Isaac Rosa lo recuerda en el libro: “La española es la única democracia de Europa que no se construyó sobre la derrota del fascismo, la única que no nació antifascista. Aún más: el único país donde “antifascista” (asimilado a violento, radical y antidemocrático) levanta más recelo que el término “fascista”.
Si no tomamos consciencia de lo que denuncia Jason Stanley en su libro, las consecuencias pueden llegar a ser terribles.

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