domingo, 19 de julio de 2020

Gracias, Elisa! Cómo se agradece la lucidez de estas reflexiones en un domingo veraniego y confinado por una realidad sin paliativos que la puedan camuflar de lo que se acabó: la ilusión de eternidad sin fronteras para un mundo ciborg tan digno de Huxley como de Silicon Valley

Merecemos la extinción



Nuevas restricciones en Barcelona


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“Nadie está a salvo si no estamos todos a salvo”
J.Padilla y P. Gullón. Epidemiocracia 
 
El hombre no solo es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra sino el que sabiendo cómo no volver a tropezar obvia tal sabiduría para volver a estamparse. La humanidad patria la formamos individuos especialmente duchos en tal materia. A las pruebas me remito. Me muevo entre la preocupación y la rabia porque los nubarrones que asoman ya en torno a la pandemia no proceden de un mal inesperado sino de nuestra imprevisión, nuestra frivolidad, nuestro egoísmo y nuestra debilidad. No sé si ninguna otra especie sería capaz de encaminarse hacia el abismo con la determinación, el arrojo y la liviandad con que lo hace la nuestra. 
No todos, es cierto, pero eso es irrelevante. El mero hecho de que subsistan bolsas de contagio volverá a ponernos en riesgo a todos. Por eso me entra la rabia cuando veo que el esfuerzo común se estrella contra ese muro de incivismo, estulticia, falta de pericia y narcisismo egótico. Rabio porque mi libertad y la de todos los que escrupulosamente continuamos vigilantes se irá por el sumidero de su estupidez suicida o de su imprevisión dolosa. Ahora sabemos qué debemos hacer, o mejor, qué no debemos hacer. No hay ya excusas sino responsables. Sabemos qué hay que cambiar para detener la pandemia y también para detener la destrucción del planeta o las alteraciones del entorno natural y el clima que nos harán invivible nuestras tierras y, sin embargo, no levantamos un milímetro el pie del acelerador de la autodestrucción. Afortunadamente somos del reino animal los que nos hemos adornado con el arma evolutiva del raciocinio. Es sarcasmo puro, claro. 
Mientras la vida y la economía nos han mantenido en la pura ilusión de la individualidad, casi despachábamos con un encogimiento de hombros todas aquellas actitudes de nuestros congéneres que nos resultaban atrabiliarias o meramente estúpidas. Allá ellos. Los ojos de la pandemia han cambiado nuestra percepción. Ahora nos estremecen las imágenes de ese hacinamiento que es base de nuestra sociedad. Descubrimos que hay seres que no pueden vivir sin dar botes y abrazarse y gritar bien para festejar porque toca o porque un equipo ha ganado un cierto número de partidos o porque no saben socializar de otra forma. Ahora no solo piensas que debe ser muy triste y muy pobre tu existencia para sentirte vacío si no contienes esos gustos unos meses más; ahora piensas que esa falta de esencia te va a costar la libertad y puede que la salud o la vida a ti y a tantos como tú y entonces ya no puedes mirar con displicencia sin arder de indignación. 
Más allá de las actitudes grupales e irracionales está la falta de previsión de las autoridades. Los efectos de la pandemia han chocado con las principales crisis que sufre nuestra sociedad y los gobernantes, al asumir sus nuevas responsabilidades, tenían la obligación de prever sus efectos. El coronavirus ha impactado directamente sobre la crisis de gobernanza en la que estamos sumidos, sobre los daños que ha dejado la nefasta gestión de la crisis financiera y sobre una importante crisis de derechos humanos que afecta a nuestras sociedades. No está siendo así. Cataluña es un ejemplo de cómo esa crisis de gobernanza no ha sido capaz de coordinar y prever la necesidad de darle músculo a una sanidad y a una vigilancia sanitaria deteriorada y a unos problemas derivados de la falta de derechos de tantos trabajadores que son absolutamente necesarios para nuestra subsistencia común. La Generalitat, como el resto de gobiernos autonómicos tan ansiosos por hacerse con el timón, debería de haber previsto los puntos más conflictivos de su realidad social y haberse empleado en desactivarlos. Para eso vale estar sobre el terreno, para conocer dónde tendrás temporeros y dónde están hacinados y en condiciones inhumanas y correr a dotarles de infraestructuras que permitan mantener la salud pública y evitar darle al virus un entorno para replicarse a placer. Para eso, y sin tecnología, hay que pagar batallones de rastreadores y, a pesar de todo, siempre hay que temer que pierdan la pista y que el control se escape entre los dedos como a un niño el hilo de una cometa.
No deberían haberse abierto todos los sectores económicos. Todo es un equilibrio imposible de resolver sin daños, pero el ocio nocturno no parece esencial para la nación y era obvio que iba a convertirse en un foco de transmisiones de gran alcance. Eso nos remite a los jóvenes, a los que no temen, a los que viven como si todo esto hubiera sido una gran performance, como si no les quedara un mañana, ¡ellos que los tienen todos! Es muy posible que no teman por su vida ni les importe en el fondo un bledo qué suceda con los demás –esos pollaviejas que solo parecen molestar– pero alguien debería recordarles que el agujero negro de la deuda, la caída del sistema económico, la regresión en bienestar va a afectarles en su desarrollo futuro mucho más que a los que están o estamos ya de salida. Dicen que no hay que criminalizarlos pero son ellos como colectivo, aunque haya excepciones, los que están poniendo un clavo en el ataúd de sus esperanzas cada vez que se marcan un gusto para el cuerpo. 
Así las cosas, verán que no soy optimista ni complaciente, solo queda resistir hasta que llegue de forma masiva la vacuna. Resistir cada uno. Cuidar de nosotros y de los nuestros con celo, con responsabilidad y con sacrificio si fuera necesario. Seguir las recomendaciones de las autoridades y de los expertos y, más aún, seguir el sentido común y el instinto de supervivencia que tantos parecen haber perdido. 
Los dinosaurios tuvieron su meteorito y nosotros tenemos nuestro egoísmo y nuestra estupidez.
Somos carne de extinción. 

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