George Orwell: «En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario».
domingo, 2 de agosto de 2015
Elegía por un café
En las ciudades nació la prehistoria de la modernidad, esa prehistoria
en la que todavía seguimos instalados aunque nos disfracemos de
posmodernos. Cuando el mundo cometió la impertinencia de declarar que el
tiempo no era sagrado, lo convirtió en una mercancía o en un objeto de
usar y tirar. Desde entonces rueda como una bola de nieve, va cada vez más rápido y salta por donde menos se piensa. Es que no hay tiempo para pensar, me argumentaba un camarero amigo, así que el tiempo está a sus anchas en el vértigo. En su Diálogo de la moda y la muerte, Giacomo Leopardi nos avisó de que la condición de la novedad es hermana de la guadaña. Ahora le ha tocado al Café Comercial.
Las escaleras, las mesas, los espejos y los grandes ventanales del café
Comercial han salido por la puerta giratoria del presente para
refugiarse en la memoria de sus parroquianos. Un café con camareros de
nombre conocido y citas para la conversación pertenece a la piel de la
vida cotidiana. La marea pública encuentra en los cafés un lugar para la
intimidad porque son una parte de la calle en la que la gente puede
sentirse como en su propia casa. Antes de que se extendiese la
calefacción por los domicilios particulares, los escritores y los conversadores estaban en los cafés incluso mejor que en el invierno de sus casas.
Es buena la costumbre de encontrar lugares que nos ayuden a identificar
la calle como parte de nuestra casa. Me parece el mejor ejemplo del bien
común y la vida amable. El bar de la esquina, las tiendas del barrio, el rincón de la plaza y el café de la glorieta son la versión sincera, no burocrática, del carné de identidad.
Otorgan una sensación humana de ser y estar, regalan un modesto derecho
a la pertenencia mucho más fiable que el ofrecido por las banderas y
los patriotismos.
El mes de junio se llevó a La Duquesita, la pastelería de siempre. El mes de julio se lleva el café de siempre. Qué
poco valor tiene ahora la palabra siempre, nos falta sosiego para
entender su significado. La mercancía y la especulación exigen el
vértigo. Un café no es negocio rentable porque la gente va a estar,
reconocer la lentitud, conversar, recordar, discutir sin gritos,
compartir, y todo eso se apoya en la fragilidad de una pequeña
consumición, sin demasiado margen para los beneficios. Ni siquiera los
bebedores de whisky hemos salvado las cuentas. En un café hay desayunos,
sobremesas, palabras, es decir, está la gente, y la gente ha dejado de
ser la protagonista de las sociedades o las protagoniza sólo en forma de
mercancía humana y espectáculo.
El modo de cerrar el café, por sorpresa y con alevosía,
en medio del verano, sin avisar a los trabajadores, hace pensar en una
gran oferta económica que los propietarios no han querido rechazar.
Pronto veremos en la glorieta de Bilbao un lugar a la moda, rentable,
que borrará muchos recuerdos particulares.
Es importante saber que en el café Comercial se sentaban Antonio Machado, Tomás Segovia o Rafael Sánchez Ferlosio,
saber que se rodaron películas y se fraguaron libros y canciones. Pero
lo más importante es saber que la gente de Madrid va a perder un lugar
que merecería ser conservado porque formó parte de su vida cotidiana
durante más de un siglo. A la vida cotidiana de un Madrid que desaparece
es a la que debemos darle el pésame.
La modernidad tiene pendiente una discusión sobre la palabra audacia. Sin duda resulta necesario ser audaces para inventar, renovar, abrir caminos, fundar, conquistar, lograr…
Pero también hay que ser audaces para decidir lo que no puede perderse,
lo que merece la pena ser conservado. Las leyes, que son el único
cortafuego de los débiles frente al poder, deben cortarle el paso a
algunas inversiones o aceleraciones del tiempo que apuntan al corazón.
Las sociedades democráticas tienen también derecho a sus melancolías.
Los dueños del futuro y la especulación están ahora dedicados a
arrebatarnos la audacia de conservar, para controlar a sus anchas y sin
escrúpulos la otra audacia, la de crear. La catástrofe como producción entró en el diálogo entre la moda y la muerte para contaminarlo todo. Una
idea especulativa del progreso quiere las manos libres para cerrar lo
que no pertenece a sus prisas. El mundo de la memoria, las
conversaciones y la lentitud están de duelo y escriben la elegía del
café Comercial.
sábado, 1 de agosto de 2015
Matar a un rey león
por David Torres
31 jul 2015
La versión africana del “hombre muerde perro” ha saltado esta
semana a los medios con la variante “dentista mata león”. Sin embargo,
se matan a diario demasiados felinos, búfalos y elefantes como para que
este leonicidio específico ocupase los altares de la actualidad. ¿Por
qué Cecil sí y tantos otros leones y leopardos anónimos no
merecen ni un triste tuiteo, ni el píxel de una lágrima? Porque la
noticia, desgraciadamente, no es que un dentista pijo de Minnesota
matara y desollara a un león: la noticia es que era el león más bello de
Zimbabue. Para salir en los papeles siempre hay que pasar por la
peluquería.
Como explica John Barth en Sabático a propósito de una
violación, una frase no significa nada: lo real son los detalles. Los
detalles de la carnicería de Walter L. Palmer no son tan brillantes ni
heroicos como dejan suponer los relatos de Hemingway o de Isak Dinesen,
dos ilustres aficionados a la caza mayor que nos deleitaron con duelos a
pleno sol repletos de garras, rifles, astucia, honor y whisky. El
cazador blanco que tanto ensalzó Hemingway (cuya habilidad depredadora
provocaba chistes entre los cazadores y guías profesionales, por cierto)
tiene muy poco que ver con la pareja de matones que acorraló y mató a Cecil.
Primero lo atrajeron fuera de la reserva con un cebo, lejos de su
manada de leonas y cachorros, luego lo cegaron con los faros del jeep
y entonces Palmer lo traspasó de un flechazo. El león, gravemente
herido, logró escapar y los dos machotes lo persiguieron durante dos
días, guiándose por el rastro de sangre, hasta que lo encontraron echado
en la sabana, desfallecido y sin fuerzas. Le pegaron un tiro e
intentaron quitarle el chip que tenía alojado en el cuello pero al final
lo desollaron y lo decapitaron.
En España la noticia logró una resonancia inesperada al propagarse el
bulo de que el matarife era español. El bulo creció como una bola de
nieve y a los dos días ya temblaba la sospecha de que, además de
español, fuese borbón, olvidando que la especialidad del monarca son los
elefantes. De cualquier color. Pero la potencia de la superchería era
demasiado fuerte como para resistirse a su embrujo: un rey león
abdicando en otro rey león.
John Wilson, el trasunto de Huston en Cazador blanco, corazón negro, le decía a su joven guionista que matar a un elefante no era un delito sino algo mucho peor: era un pecado. “Es el único pecado que puedes cometer comprando una licencia. Y no me preguntes por qué quiero hacerlo porque ni yo mismo lo entiendo”. Cuando le preguntaron a Mallory por qué quería escalar el Everest, su respuesta (probablemente apócrifa) condensó el ansia del hombre por dominar el mundo: “Porque está ahí”. Palmer mató a Cecil porque podía pagarlo, lo mismo que anteriormente había comprado la satisfacción de masacrar docenas y docenas de animales salvajes. Mientras podamos y queramos seguir matando criaturas libres e indefensas seguiremos siendo el rey de la creación, aparte del dentista. Lástima que el planeta no sea una república.
John Wilson, el trasunto de Huston en Cazador blanco, corazón negro, le decía a su joven guionista que matar a un elefante no era un delito sino algo mucho peor: era un pecado. “Es el único pecado que puedes cometer comprando una licencia. Y no me preguntes por qué quiero hacerlo porque ni yo mismo lo entiendo”. Cuando le preguntaron a Mallory por qué quería escalar el Everest, su respuesta (probablemente apócrifa) condensó el ansia del hombre por dominar el mundo: “Porque está ahí”. Palmer mató a Cecil porque podía pagarlo, lo mismo que anteriormente había comprado la satisfacción de masacrar docenas y docenas de animales salvajes. Mientras podamos y queramos seguir matando criaturas libres e indefensas seguiremos siendo el rey de la creación, aparte del dentista. Lástima que el planeta no sea una república.
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