miércoles, 27 de noviembre de 2019

Moltes gracies, Ximo Bosch, magistrado, por poner luz y transparencia en la oscuridad del infundio


Desmontemos el bulo de las denuncias falsas

En el barullo de tergiversaciones esgrimidas por los difusores del bulo se percibe una tremenda confusión entre denuncia falsa y ausencia de condena. Una denuncia solo es falsa cuando hay una invención de los hechos. En cambio, la denuncia no es falsa cuando se dicta una resolución absolutoria por no haberse podido probar los hechos

La utilización del bulo desde la esfera política representa una grave irresponsabilidad. Se trata de una indecente maniobra de estigmatización social, que dificulta aún más que las mujeres se atrevan a dar el paso de denunciar, lo cual incrementa el riesgo para su integridad e incluso para su vida








Concentración en Madrid en apoyo a la víctima de 'La manada' / MB
Concentración en Madrid en apoyo a la víctima de 'La manada' / MB
Los bulos suelen tener un origen, una finalidad y unos propagandistas. Estas características también concurren en la leyenda urbana sobre las hipotéticas denuncias falsas masivas de mujeres en el ámbito de la violencia de género. Se trata de un infundio que no resiste el contraste con los datos oficiales. Además, no debemos olvidar que mentir al presentar una denuncia no supone solo una conducta éticamente reprochable. Denunciar en falso es un delito. Y las infracciones penales están registradas en las estadísticas oficiales.
La última memoria anual de la Fiscalía General del Estado ha vuelto a confirmar que las denuncias falsas en el ámbito de la violencia machista son numéricamente muy escasas. En concreto, las condenas por este delito se sitúan cerca del 0,01 % del total de denuncias presentadas.




Son datos que coinciden con lo que podemos observar a diario en los órganos judiciales. En mi experiencia personal, durante más de 15 años en distintos juzgados de instrucción, habré tramitado 7 asuntos por denuncia falsa en violencia de género. Por fijar un elemento de comparación, en el último mes habré incoado más de 20 causas relativas a denunciantes que simulan haber sufrido el robo del teléfono móvil para cobrar fraudulentamente de la compañía aseguradora. Sin duda, las denuncias falsas por violencia de género deben perseguirse con firmeza, al igual que el resto de delitos, pero también hay que verificar su escasa presencia numérica y no alentar patrañas sin fundamento.
Para explicar estos números tan exiguos, los propagandistas aseguran que los fiscales y los jueces no impulsan de oficio (por motivos oscuros o inexplicados) los supuestos miles de casos en los que las mujeres denunciantes incurren en estas conductas. Este argumento tampoco supera el más mínimo análisis. Las denuncias se presentan contra hombres que pasan a tener la condición procesal de investigados, por lo que disponen de asistencia letrada. Si se consideran perjudicados, ¿por qué no interponen denuncias o querellas contra las mujeres denunciantes que les habrían dañado fraudulentamente? La respuesta más lógica es que no lo hacen porque las denuncias no eran falsas. La respuesta más hilarante sería que los propios abogados de los hombres encausados formarían parte de la gran conspiración.
En el barullo de tergiversaciones esgrimidas por los difusores del bulo se percibe una tremenda confusión entre denuncia falsa y ausencia de condena. Una denuncia solo es falsa cuando hay una invención de los hechos. Por ejemplo, si una mujer denuncia que su marido la ha agredido en un determinado lugar y este último acredita que ese día y a esa hora se encontraba en otro sitio. En cambio, la denuncia no es falsa cuando se dicta una resolución absolutoria por no haberse podido probar los hechos. Eso ocurre en violencia de género y en todos los delitos, sobre todo en aquellos que no se materializan en espacios públicos y en presencia de testigos o de otros elementos probatorios. Los hechos denunciados pueden haber ocurrido o no, pero prevalece la presunción de inocencia.
Mientras no se pruebe que los hechos fueron inventados, la denuncia por violencia de género no puede ser falsa por la circunstancia de que una mujer acabe perdonando al denunciado y se acoja a su derecho a no declarar contra él. Esta es una conducta muy frecuente, a causa de las múltiples situaciones de dependencia que surgen en este tipo de relaciones personales, sin olvidar los supuestos de miedo al agresor.
La disparidad entre el número de denuncias y de condenas está muy relacionada con las particularidades de cada figura delictiva. Las denuncias por robo se archivan en más del 90% de los casos, por las dificultades para identificar a los autores, sin que esto suponga falsedad en las declaraciones de los denunciantes. En los delitos contra la seguridad vial por alcoholemia el porcentaje de condenas resulta muy elevado, porque suelen incoarse a partir de un test que representa una prueba objetiva difícil de desvirtuar.
Los porcentajes de condena de la violencia de género son similares a los de otros delitos equiparables. Si examinamos los datos de los juicios sobre violencia de género del INE correspondientes a 2018, con medida previa de protección, observaremos que hubo un 84% de hombres condenados (27.972 sentencias condenatorias de un total de 32.997 acusaciones). Las infracciones penales más cercanas son las de violencia doméstica, que afectan a denuncias de padres contra hijos, hermanos entre sí o maridos contra esposas, entre otros. Y en estos casos el porcentaje de resoluciones condenatorias es del 82% (6.724 condenas sobre 8.199 acusaciones), bastante similar al de la violencia de género. En el cómputo total de juicios, según los datos del CGPJ, en violencia de género las sentencias condenatorias fueron del 70% y en violencia doméstica, del 58%. También es parecida la cifra de archivos y absoluciones en los juzgados de instrucción: en los casos de violencia de género se produce un 45% y en los supuestos de violencia doméstica, el porcentaje es del 44%.
A pesar de las diferencias entre estos dos delitos por sus magnitudes totales y por sus motivaciones, existe un rasgo procesal común: en ambos casos concurre el derecho de la víctima a no declarar contra el denunciado, por razones de parentesco. El contexto de los lazos familiares suscita todo tipo de presiones, reconciliaciones o intentos de no perjudicar al denunciado. Y el ejercicio de este derecho a no declarar (junto a la no ratificación de las denuncias) acaba generando numerosos sobreseimientos. Obviamente, esto no significa que las denuncias iniciales fueran falsas, mientras no se demuestre que los hechos fueron inventados.
El criterio de calificar como falsas las denuncias que acaban en archivos o sentencias absolutorias nos llevaría al absurdo de considerar falsos los relatos de los padres que denuncian a sus hijos o de los hermanos que se denuncian entre ellos. Y, efectivamente, también nos llevaría a proclamar que son falsas cerca de la mitad de las denuncias que presentan los maridos contra sus esposas (todos los casos sin condena), lo cual sería el delirante resultado final de aplicar el bulo hasta sus últimas consecuencias.
En esos datos oficiales podemos descubrir el origen del mito de las denuncias falsas. Cerca de 30.000 hombres fueron condenados por violencia de género en 2018. En los últimos años han sido condenados más de 250.000. Se trata de cifras de considerable impacto social, a lo que debe añadirse que los penados cuentan con familiares, vecindario y amistades. Por otro lado, se generan en escenarios colectivos en los que históricamente ha existido poca conciencia de actuación delictiva y demasiada minimización de la gravedad de las agresiones contra las mujeres. En consecuencia, resulta comprensible que se haya producido esa exaltada repulsa de determinados sectores hacia el avance de las medidas de protección, que ha llevado a arremeter contra la legislación que las posibilita y contra las mujeres que han presentado denuncias.
Además, ese malestar ha sido jaleado ruidosamente por el machismo organizado, siempre receloso de los progresos en materia de igualdad, y ha sido instrumentalizado en el ámbito político partidista, porque se trata de un espacio de bastante entidad numérica como para obtener ganancias electorales. La reacción visceral del entorno de los afectados por las actuaciones judiciales de protección no puede resultar sorprendente. En cambio, la utilización del bulo desde la esfera política representa una grave irresponsabilidad. Se trata de una indecente maniobra de estigmatización social, que dificulta aún más que las mujeres se atrevan a dar el paso de denunciar, lo cual incrementa el riesgo para su integridad e incluso para su vida. Sin denuncias no hay posibilidad de amparo institucional.
Más vale dejarlo claro: no existen en nuestro país denuncias falsas masivas de mujeres en violencia de género. Sí que existe demasiado sufrimiento y más de 1.000 mujeres asesinadas en los últimos quince años, una realidad difícilmente rebatible. Contra los bulos maliciosos, la mejor respuesta será siempre la aportación de los datos veraces.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

  Cuando una mujer del pueblo, sin privilegios de casta, denuncia a un maltratador no lo hace por deporte ni por dar el campanazo, ni por vengarse sino porque no puede más; nadie se mete en juicios ni demandas de las que las mujeres, las víctimas precisamente, se llevan la peor parte de la movida y sus vidas pasan a ser un riesgo constante. Basta con la realidad diaria para verlo. Cada dos o tres días muere alguna mujer a manos de un verdugo más macho que hombre, que la mata porque la quiere... como felpudo concubino y chica para todo. No por ella misma, sino por la explotación que supone tenerla bajo la bota y con el añadido de contar su hazaña en las redes con videos explicativos. Y si hay niños por medio, pues aporellosoé, que ya puestos, más vale que sobre crueldad macheras y que por ellos no quede. 

Lo más horrible es que estos crímenes no son cosa de ahora, ha sido siempre así, la diferencia actual es que ahora hay más conciencia despierta y por ello se ha roto el tabú patriarcal del silencio por miedo al qué dirán y por imposición cultural de la machocracia tradicional, sobre todo en las culturas derivadas de religiones teocráticas e imperiales, que identifican el poder y la guerra constante con una insostenible y disparatada divinidad. Un dios padre, ¡por supuesto!, con la sartén por el mango, y una humanidad esclava (esclava/esposa del señor) a la que castigar constantemente si desobedece las órdenes de sus sicarios, -machos, por supuesto- que es el modelo histórico, ya insostenible, gracias a 'no-dios', a estas alturas de la evolución. 

¿Cómo podría una energía amorosa y portectora que crea y reparte la vida, castigar, torturar y asesinar sin piedad lo que supuestamente ha creado? Ya va siendo hora de que se vaya destapando lo que en metáforas explica muy bien al Apocalipsis, que no significa exterminio ni catástrofe, sino "revelación", descubrimiento y anámnesis de una verdad que ha permanecido oculta miles de años dentro de los seres humanos, y sólo se revela desde dentro del sí mismo, mediante el crecimiento personal que depende exclusivamente de la libertad de elección de cada ser humano. Desde la plena y verdadera gestión y maduración de la experiencia vital y sus sincronicidades constantes en todo el universo; la consciencia es cuántica y para ello, previamente cualitativa. Y cuanto más cualitativa, más energía cuántica/transformadora genera tal estado esencial. Muchísima gente ya lo experimenta sin saber cómo se llama; lo comentan en el autobús, en el metro o en la sala de espera del médico. Y quienes escuchan se animan y relatan que también lo ven, loperciben y lo sienten así...El 15M es una muestra clarísma del fenómeno. El error ha sido tratar de ideologizar y explotar desde la cúpula del poder lo que ha nacido como servicio liberador, comunitario, fraterno, justo, igualitario y libre en el mejor y más constructivo sentido de la palabra Libertad. El pobre y deficitario reconocimiento político de esa energía ha tenido como resultado que la fuerza del vino nuevo esté reventando los odres y toneles viejos, ya visiblemente incapaces de absorber la potencia inevitable del caldo que fermenta en la nueva vendimia antropológica. 

Aunque el Apocalipsis sea el último libro de la Biblia cristiana, -nada es casual-  en realidad el fenómeno no pertenece a ninguna religión, lo mismo que los Evangelios. No son dogmas, son experiencias vivas, relatos constatables desde dentro de la propia historia y del propio ser humano porque no son algo meramente temporal si pueden experimentarse en tiempos tan distantes y cultural e históricamente diversos. No se trata, entonces,  de creer imposibles, sino de experimentar personal y colectivamente el fenómeno de la salida de la caverna de Platón, para inaugurar el sexto continente: la Consciencia Colectiva. La bifurcación desde la entropía, como define la experiencia el Nobel de Física Prigogine, hacia una nueva creación en marcha, con parámetros más evolucionados y adaptados a la experiencia creciente de una humanidad que ya no es la misma de hace un millón de años, que fue seguramente adiestrada por visitantes a los que consideró "dioses" porque venían "del cielo" en sus carros de fuego, y que ahora las potencias "científicas" pero carentes de conciencia, de esta humanidad, utilizan para explorar un universo que ya no es el mismo. La única solución al problema del finiquito global es cambiar la mirada sobre los efectos para poder ver la realidad de las causas. Es algo menos complejo de lo que el elitismo de la "ciencia" actual se imagina. La realidad lo está aclarando constantemente. Solo hay que aprender a ver cambiando el ansia de control por la humildad de la inteligencia. Y atar cabos para poder soltar amarras.

No hay comentarios: